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US. 2019. 114´. Color.

Dirección: Jordan Peele; Guión: Jordan Peele; Dirección de fotografía: Mike Gioulakis; Montaje: Nicholas Monsour; Música: Michael Abels; Diseño de producción: Ruth de Jong; Dirección artística: Cara Brower; Producción: Jason Blum, Ian Cooper, Jordan Peele y Sean McKittrick para Monkeypaw Productions-Universal Pictures (EE.UU.)

Intérpretes: Lupita Nyong´o (Adelaide Wilson/Red); Winston Duke (Gabe Wilson/Abraham); Elisabeth Moss  (Kitty Tyler/Dahlia); Tim Heidecker (Josh Tyler/Tex); Shahadi Wright Joseph (Zora Wilson/Umbrae); Evan Allen (Jason Wilson/Plutón); Yahya Abdul-Mateen II, Anna Diop, Cali Sheldon, Noelle Sheldon, Madison Curry, Alan Frazier, Lon Gowan, Napiera Groves.

Sinopsis: Al volver de un día en la playa, una familia descubre que en la puerta de su casa hay otra familia idéntica.

Jordan Peele continuó la senda abierta en su triunfal debut como director, Déjame salir, con una nueva película de miedo, Nosotros, en la que el tema central es el doppelgänger, de larga tradición en el género. El neoyorquino volvió a recibir el aplauso casi unánime de la crítica, pero el público fue algo menos entusiasta y, en general, se adhirió a la numerosa concurrencia que acostumbra a saludar una segunda obra con la frase la primera era mejor. En este caso, la plebe acierta.

No es tarea sencilla valorar una película que lo tiene casi todo, pero carece de algo tan fundamental como un guión que se sostenga. En la historia de la familia Wilson, que empieza en los años 80, cuando una niña se aventura en la playa en mitad de la noche sin la compañía paterna, y se encuentra en el salón de espejos de una atracción con otra niña igual a ella, suceden demasiadas cosas por capricho como para que el libreto resista una disección mínimamente profunda. Además, Peele introduce de nuevo el discurso social que ya exhibió en Déjame salir, al principio de un modo más sutil, y en el desenlace de un modo demasiado explícito y, por lo mismo, menos efectivo. Uno tiene la impresión de que el director intentó construir un enorme castillo con fundamentos muy débiles, que van cercenando de forma paulatina la credulidad del espectador. Le reconozco a Jordan Peele mucha habilidad en esa disciplina tan difícil que consiste en lograr que incluso el espectador bregado se centre en lo que sucede en la pantalla mucho más que en el por qué sucede, o en por qué la acción no discurre de una forma menos reñida con la coherencia, pero los motivos son importantes, en especial si pretendes que el espectador sienta miedo y, a la vez, se trague la píldora de la parábola social. Ya el hecho de que la madre de familia, y gran protagonista de la película, acceda a regresar a la playa donde sufrió su mayor trauma infantil, se aguanta con alfileres; después de la aparición de los dobles de los Wilson, que salta a la vista que no han venido con intenciones muy pacíficas, el disfrute de la película es directamente proporcional a la capacidad del espectador para sumergirse en ella sin hacerse preguntas. Repito que Peele ayuda mucho a eso con su capacidad para crear tensión, su sentido del ritmo y eficaz puesta en escena, pero debió haberse buscado un buen coguionista. Me llama la atención que gran parte de la crítica haya pasado por alto elementos tan esenciales y se haya volcado en elogios hacia Nosotros. Tengo dos posibles respuestas para eso; una, la bondadosa, es que, en efecto, el trabajo de dirección de Peele es francamente bueno, y eso ha obnubilado a los profesionales del examen del trabajo ajeno. La respuesta malvada (todos tenemos un doble, que vive dentro de cada uno de nosotros) dejaré que el lector perspicaz la deduzca por sí mismo.

Dejando al margen que la escena del traslado en coche de la familia Wilson a la playa de Santa Cruz no aporta gran cosa, en el resto de la película se cuenta lo que se tiene que contar. Otra cosa es cómo se cuenta: la progresión trauma del pasado-calma chicha-aparición del miedo presente-lucha/huida y, por fin, resolución del conflicto, no deja de ser la adecuada, salvo por el hecho de que por el camino quedan muchos cabos sueltos. Los espléndidos aspectos técnicos, en los que además del inspirado trabajo del director hay que destacar la iluminación de Michael Gioulakis, un profesional que en esta década ya ha demostrado con creces lo bien que se le dan las tinieblas, no pueden dejarse pasar por alto en ningún momento porque son los que hacen que la película enganche.

En el capítulo interpretativo, todo gira en torno a Lupita Nyong´o, actriz que lleva todo el peso de la película y que, aunque se pasa de intensa en alguna de las escenas cumbre, realiza en general una labor excelente. Winston Duke me parece un actor del montón, que interpreta a dos personajes pasmados sin otro logro que el de cumplir el expediente sin gloria ni miseria, y de los dos jóvenes que interpretan a los hijos de los Wilson igualmente tampoco tengo demasiado que decir en uno u otro sentido. Elisabeth Moss interviene poco y no me acaba de quedar claro que entendiera a sus personajes, mientras que el rol de Tim Heidecker es del todo insustancial, en la línea de lo que vienen siendo sus apariciones como actor.

El segundo largometraje de Jordan Peele es una gran película que pudo haber sido y no es. La atmósfera no sólo salva el film, sino que llega a hacerlo interesante. Por ello, creo que la carrera como director de Jordan Peele será muy destacada… si decide dedicarse a filmar buenos guiones ajenos. Como escritor, se le perciben demasiadas flaquezas después de sólo dos películas.

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