EL CAMINO DE CUTTER

CUTTER´S WAY. 1981. 109´. Color.

Dirección: Ivan Passer; Guión: Jeffrey Alan Fiskin, basado en la novela de Newton Thornburg Cutter and Bone; Director de fotografía: Jordan Cronenweth;  Montaje: Caroline Ferriol; Música: Jack Nitzsche; Diseño de producción: Josan F. Russo; Producción: Paul R. Gurian para Gurian Entertainment-United Artists (EE.UU).

Intérpretes: Jeff Bridges (Richard Bone); John Heard (Alex Cutter); Lisa Eichhorn (Mo); Ann Dusenberry (Valerie Durán); Arthur Rosenberg (George Swanson); Stephen Elliott (J.J. Cord); Nina Van Pallandt, Patricia Donahue, Frank McCarthy, Katherine Pass, Geraldine Baron, George Planco, Billy Drago.

Sinopsis: Richard Bone, un playboy alérgico a cualquier tipo de responsabilidad, es interrogado la policía como testigo del asesinato de una joven estudiante. Cuando Bone le cuenta la historia a su amigo Alex Cutter, un veterano de Vietnam mutilado y alcohólico, éste sospecha que el autor del crimen pudo ser un poderoso empresario local.

Ivan Passer fue uno de los muchos artistas que huyeron de Checoslovaquia como consecuencia de la represión que vino después de la primavera de Praga. Sin poseer el formidable talento de su compatriota Milos Forman, Passer realizó varios films estimables, entre los que se encuentra El camino de Cutter, una obra que mezcla diversos géneros y que, aunque pasó bastante desapercibida en su época, ha sido reivindicada con posterioridad por un sector de la crítica cinematográfica como uno de los tesoros ocultos del cine norteamericano de los 80.

Estamos, sin duda, ante una película extraña, como extraña es la relación entre sus dos protagonistas: Richard es la indolencia personificada, mientras que el rasgo predominante en Alex es el nihilismo. Él representa el drama de los veteranos de Vietnam, muchos de los cuales volvieron de la guerra mutilados en lo físico y lo emocional, encontrándose con el desprecio de sus compatriotas una vez regresaron a su tierra. Tenemos, pues, a un hombre carente de agallas que es amigo de un tipo al que ya todo le da lo mismo. Sus respectivos caracteres saldrán a la luz cuando ambos se vean envueltos en una trama criminal que se mezcla con unos festejos que se celebran en la localidad californiana en la que viven, en conmemoración del pasado español y mexicano del lugar. Después de dejar a uno de sus ligues ocasionales en la habitación de un céntrico hotel, Richard se marcha en su destartalado coche, hasta que el vehículo le deja tirado en un tétrico callejón. Cuando el hombre opta por seguir su camino a pie y bajo la lluvia, está a punto de ser atropellado por un lujoso automóvil. Después, mientras Richard bebe junto a Alex, quien hace gala de su espíritu autodestructivo, unos basureros encuentran el cadáver de una joven estudiante en el callejón en el que Richard abandonó su automóvil. Como es lógico, lo primero que se le ocurre a la policía es interrogar al dueño del vehículo.

Opino que la película, que huye de los cánones del thriller convencional y se centra en las extrañas relaciones personales que se dan entre sus protagonistas, está mejor planteada que resuelta. Aunque es Richard quien da pie a que germine la fantasía de Alex, al afirmar con bastante seguridad que el hombre que casi le atropelló en el lugar del crimen es un magnate de la localidad, es el veterano de guerra quien asume la tarea de desenmascarar al presunto culpable como un deber (con cierto regusto de revancha) ineludible, en especial cuando aparece en escena la hermana de la fallecida. Alex y ella deciden chantajear al empresario como manera de demostrar su culpabilidad antes de entregarle a la policía. Richard acepta a regañadientes participar en el complot, al que se opone Mo, la esposa de Alex, una mujer dominada por la abulia y el alcoholismo. Obviamente, tocarle las narices a un poderoso no es gratis. Esta trama, como dije, promete, pero da la sensación de avanzar a trompicones. El clímax, en mi opinión, se resuelve de una manera precipitada, y hay aspectos (la desaparición del personaje de Valerie en el momento culminante, o el propio desenlace, precedido por una fiesta en casa del magnate en la que oímos una música que nos hace recordar a Paco de Lucía) que no están lo suficientemente trabajados. La película posee atmósfera, pero le falta alma. El ritmo es a veces lento, y eso impide que el espectador se enganche como debiera a lo que ve en la pantalla. Passer filma muy a la europea, con evidentes ecos de la Nouvelle Vague (que ya se dejaban ver en algunos thrillers de Hollywood cuando Passer todavía estaba en Checoslovaquia) e incluso del Free Cinema. Muchos primeros planos, un particular sentido de la elipsis y cero concesiones al glamour conforman, junto a la mencionada tendencia a centrarse en la descripción de caracteres en detrimento de la trama criminal, los elementos esenciales de una película en la que Passer no acaba de salirse con la suya en cuanto a imprimir su sello personal. Eso sí, hay escenas muy logradas, como la que transcurre en la atracción de feria, y la fotografía de Jordan Cronenweth es de gran categoría.

Jeff Bridges está muy bien en uno de esos papeles de antihéroe que tan bien se le dan, pero hay que destacar el trabajo del otro protagonista, John Heard, un actor al que casi siempre hemos visto en roles secundarios y que aquí se luce como veterano de guerra de-vuelta-de-todo reconvertido en abnegado investigador. La interpretación de Lisa Eichhorn, la mujer que gravita entre Cutter y Bone, no me produce ni frío ni calor, y lo mismo me sucede con el trabajo del resto de secundarios, en mi opinión inferior al llevado a cabo por el dúo protagonista.

Cuando se habla de películas que están bien, pero a las que les falta algo, El camino de Cutter puede ser un buen ejemplo, pues sus muchas virtudes no terminan de cristalizar en una película redonda. Con todo, estamos ante uno de los mejores trabajos de Ivan Passer.

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