VÍCTOR O VICTORIA

¿VICTOR/VICTORIA? 1982. 133´. Color.

Dirección: Blake Edwards; Guión: Blake Edwards, basado en el guión escrito por Reinhold Schunzel; Dirección de fotografía: Dick Bush; Montaje: Ralph E. Winters; Diseño de producción: Rodger Maus; Música: Henry Mancini; Dirección artística: Tim Hutchinson y William Craig Smith; Producción: Tony Adams y Blake Edwards, para Metro-Goldwyn-Mayer (EE.UU).

Intérpretes: Julie Andrews (Victoria Grant); James Garner (King Marchand); Robert Preston (Toddy); Lesley Ann Warren (Norma Cassady); Alex Karras (Squash Bernstein); John Rhys-Davies (André Cassell); Graham Stark (Camarero); Peter Arne (Labisse); Sherloque Tanney, Michael Robbins, Norman Chancer, David Gant, Maria Charles, Malcolm Jamieson, John Cassady, Mike Tezcan, Christopher Good, Jay Benedict.

Sinopsis: En el París de los años 30, una talentosa cantante no consigue empleo y vive en la pobreza, hasta que un artista homosexual que la escucha en una audición le plantea hacerse pasar por un hombre para conseguir actuaciones en los nightclubs de ambiente.

Pocos cineastas pueden presumir de haber obtenido un éxito importante justo después de haberse despachado a gusto contra quienes marcan el día a día en ese nido de víboras llamado Hollywood. Blake Edwards es uno de esos directores privilegiados, y obtuvo tal logro gracias a Víctor o Victoria, revisión de un film alemán estrenado en coincidencia con la llegada de Adolf Hitler a la cancillería del Reich. Esta comedia musical, cuya temática versa sobre la homosexualidad y el travestismo, sirvió a Edwards para construir un vehículo ideal para el lucimiento de su esposa y musa, Julie Andrews, que llevaba más de una década actuando únicamente en las películas dirigidas por su marido (con la excepción de El truhán y su prenda), y consiguió un Globo de Oro como reconocimiento a un trabajo decisivo para que Víctor o Victoria sea considerada de forma casi unánime como la última obra mayor de Blake Edwards.

Por la temática del film, no es difícil adivinar los motivos por los que, de las diversas adaptaciones que se hicieron de la obra de Reinhold Schunzel a lo largo de los años, ninguna tuviera el sello de los grandes estudios norteamericanos. Edwards coge el toro por los cuernos, pues en la primera escena vemos a Toddy, un homosexual maduro, compartiendo cama con su ingrato y joven amante. Como forma de sacarse de encima a los mojigatos de escandalera fácil, me parece magistral. Una vez eliminado de la ecuación el público que no desea tener, Edwards, siguiendo a Toddy, empieza su película, cuya acción traslada a París y sitúa un año después del estreno del film original. Este hombre de maneras atildadas, cuyas preferencias sexuales ya conocemos, acude al local en el que actúa por las noches justo a tiempo para asistir a la fracasada audición de Victoria Grant, una mujer a la que ni siquiera sus rotundas cualidades vocales le dan la posibilidad de obtener empleo. Victoria vive en la miseria, y está cerca de ser desahuciada; Toddy interviene en una monumental pelea que provoca el cierre del local en el que canta, y pierde su empleo. Ambos se reencuentran en un restaurante: les unen el talento y la desgracia. Después, el hombre traza un plan con la ligereza de la que hace gala toda la película: está convencido de que Victoria triunfará en los locales gays si se hace pasar por un hombre. “¿Una mujer aparentando ser un hombre que aparenta ser una mujer?”, pregunta ella, incrédula. “Es tan absurdo que nadie se hará preguntas”, replica el ideólogo. La estrategia triunfa, y en poco tiempo Víctor, el alter ego masculino de Victoria, es la sensación del París noctámbulo.

El espectador se reencuentra con un Blake Edwards en estado de gracia: las escenas cómicas, en especial la de la cucaracha en el restaurante, poseen una indudable chispa. Como comedia romántica, que es hacia lo que se decanta el film en cuanto el personaje de King Marchand, que regenta algunos de los más glamourosos clubs nocturnos de Chicago, cobra mayor importancia, Víctor o Victoria recupera el encanto de las obras maestras de su director, pese a que la trama se dilata en exceso una vez Marchand ha descubierto el secreto de Víctor, y la mezcla entre sensibilidad y brocha gorda con la que se retrata el mundo homosexual, y por extensión el del artisteo, mantiene siempre a la película sobre el fino alambre entre lo sensiblero y lo chusco. Por aquí y por allá, haciéndose valer de personajes secundarios como el camarero o el huésped del hotel que no puede sacar sus zapatos tranquilo, Edwards añade pinceladas cómicas a una historia que, hasta las tres cuartas partes del metraje, es redonda. ¿Cómo se distingue a un maestro de la comedia? Viendo con atención la escena del restaurante y, desde luego, el modo en el que King Marchand descubre el secreto de Víctor, que me parece todo un ejemplo de planificación. El director incorpora al musical elementos de los dos grandes éxitos de su carrera (La pantera rosa y Desayuno con diamantes) con maestría y un sentido del equilibrio que sólo pierde en un final en exceso almibarado y discursivo que ralentiza un ritmo narrativo hasta entonces prodigioso y que, por suerte, se redime con la actuación de Toddy que cierra la película.

Si hablamos de Blake Edwards, y de un film musical, hemos de hablar de uno de los grandes maestros de la composición de bandas sonoras: Henry Mancini, un hombre al que sólo le faltó seleccionar mejor las películas en las que participaba para haber logrado todavía mayor gloria. Si ya a esas alturas estaba claro que el dúo Edwards/Mancini era capaz de alcanzar niveles de simbiosis pocas veces vistos, aquí estamos ante uno de los mejores trabajos para el cine del músico italoamericano. He de decir que adoro Crazy world, el tema estrella del film, y que considero que los números musicales son excelentes, también por el modo en que están filmados y por las letras, gráciles e ingeniosas, de Leslie Bricusse, a la altura de unos diálogos que siempre fueron uno de los puntos fuertes de Blake Edwards como cineasta y que aquí son, en muchos momentos, soberbios. Esa forma, muy valiente por el contexto y para su época, de jugar con la ambigüedad sexual, sin duda el tema estrella de la película, con momentos tan icónicos como aquel en el que Víctor/Victoria responde a las ovaciones de la platea quitándose la peluca y haciendo partícipe al público de su secreto, denota verdadera inspiración.

Blake Edwards fue actor antes que director, y se nota. A sus órdenes, muchos intérpretes han dado lo mejor de sí mismos. No siempre esa capacidad fue reconocida en su época, pero sí sucedió en esta ocasión, porque el reparto de Víctor o Victoria coleccionó galardones. Hay que empezar, claro está, por la mejor Julie Andrews de toda su carrera. Considero que la película es una declaración de amor de Blake Edwards hacia ella, y su modo de corresponder a ese regalo es magnífico, cuando actúa cantando y cuando actúa sin cantar. Lo mejor, no obstante, es que la protagonista no acapara la película, de la que muchas veces se adueña un Robert Preston en las antípodas de los westerns sobre los que cimentó su prestigio como actor. La actuación de Preston es sobresaliente, no hay más que decir. O sí: es el papel de su vida. Otra que se luce es una provocativa, ingenua, sexy y divertida Lesley Ann Warren. Atrás queda un James Garner que se queda en simplemente correcto y palidece frente a sus compañeros, también en lo que respecta a secundarios como Alex Karras o un cómico habitual en las películas de Blake Edwards como Graham Stark, aquí divertidísimo como cáustico camarero.

Me uno al coro: Víctor o Victoria es la última obra mayor de un cineasta que tiene varias. Un apunte final: Edwards, que nunca fue un tipo pacato, aprovecha muy bien unas coreografías en las que la influencia de Bob Fosse es manifiesta. Así es toda la película: ingeniosa, divertida, sexy y romántica. Casi perfecta.

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