LA GRAN HAMBRUNA

BLACK `47. 2018. 96´. Color.

Dirección: Lance Daly; Guión: Lance Daly, P.J. Dillon y Pierce Ryan; Director de fotografía: Declan Quinn;  Montaje: Julian Ulrichs y John Walters; Música: Brian Byrne; Diseño de producción: Waldemar Kalinowski; Dirección artística: Christian Olander y Padraig O´Neill (Supervisión); Producción: Tim O´Hair, Macdara Kelleher, Arcadiy Golubovich y Jonathan Loughran, para Fastnet Films-Primeridian Entertainment-Irish Film Board-Premiere Picture-Samsa Film-Sea Around Us (República de Irlanda).

Intérpretes: Hugo Weaving (Hannah); James Frecheville (Feeney); Stephen Rea (Coneely); Freddie Fox (Teniente Pope); Barry Keoghan (Hobson); Moe Dunford (Fitzgibbon); Sarah Greene (Ellie); Jim Broadbent (Lord Kilmichael); Ronan O´Connor (Red); John Cronin, Ella Grace Lee, Keanu Parks, Brandon Maher, Aidan McArdle, Peadar Cox, Ryan McAllister, Dermot Crowley, Philip Dutton, Fiach Kunz, Laurence O´Fuarain.

Sinopsis: En una Irlanda que sufre la mayor hambruna de su historia, un oficial inglés, sobre el que pende una grave pena por matar a un prisionero en un interrogatorio, recibe la oferta de ver conmutado su castigo a cambio de colaborar en la captura de un antiguo compañero de armas, un irlandés que busca venganza contra quienes arruinaron a su familia.

Aunque la condición de Lance Daly como estrella emergente en el firmamento cinematográfico decreció a raíz de su filmografía posterior a Kisses, lo cierto es que el director irlandés resurgió con fuerza con Black´47, un drama en clave de western que aborda el período más negro del país natal de Daly, que se sitúa justo en la mitad del siglo XIX y que asoló a la isla hasta el punto de que, en el corto período de cuatro años, ésta perdió más de una cuarta parte de su población, condenada a emigrar o víctima de la hambruna a la que alude el título español de la película. En general, este oscuro drama rodado en inglés y gaélico gustó bastante a las plateas, hecho que comparto.

Black´47 es la tragedia de un país, explicada a través de la historia de dos hombres que sirvieron a Inglaterra en las guerras coloniales en Asia y, pasado el tiempo, se reencuentran en las peores circunstancias posibles. Uno de ellos está en la policía, pero se limita a combatir su creciente descreimiento con alcohol y mano dura, tanta que acaba asesinando a un guerrillero irlandés con sus propias manos durante un interrogatorio. El otro vive un doble drama: el desprecio que reciben en su país quienes han combatido a favor de Inglaterra por parte de sus paisanos, y que el regreso a su tierra le suponga el trauma de verla convertida en un lugar donde la gente muere de hambre y en el que sólo quienes actúan como esbirros de los ingleses logran esquivar el drama general. Este hombre, al que conocemos por su apellido, Feeney, descubre que su madre y su hermano fallecieron durante su ausencia, que un pariente aprovechado se quedó con sus escasas propiedades, y que su cuñada y sus hijos, que luchan a duras penas contra el hambre y el frío, van a ser desahuciados por orden del terrateniente del lugar, un lord inglés. Durante el desahucio, el hijo adolescente de su cuñada es tiroteado por resistirse, y Feeney llevado hasta la comisaría bajo idéntica acusación. Allí, el antiguo soldado recurre a esa habilidad para matar que desarrolló al servicio de la reina de Inglaterra y consigue fugarse, dejando tras de sí unos cuantos cadáveres de policías, sólo para comprobar que lo que quedaba de su familia ha perecido víctima de las heladas. Feeney inicia la caza de quienes han provocado esa tragedia, y los ingleses, por su parte, se lanzan a la captura del fugitivo. Para ello, no dudan en reclutar al policía reo de asesinato.

Antes de entrar en otro tipo de valoraciones, hay que decir que la película es profundamente antiinglesa. En general, digiero mal el maniqueísmo, en el arte y en la vida, pero tengo el suficiente conocimiento de la historia de Irlanda como para saber que la acción de los ingleses en ese lugar a lo largo de los siglos es muy poco defendible. En concreto, el film no yerra al mostrar que lo que encontraron los campesinos irlandeses, reducidos a la miseria por la pérdida de sus cosechas, no fue otra cosa que hostigamiento y represión. Feeney es, pues, un vengador al uso, visto cientos de veces en el cine, y por supuesto en el western; pero es un justiciero con causa, pues no se lanza a combatir a los ingleses en abstracto, al modo terrorista, sino que su acción se dirige directamente contra quienes arruinaron, o directamente asesinaron, a sus parientes. Incluso si los culpables son irlandeses. Por ello creo que, desde el punto de vista ético, el film es un panfleto bien hecho. Daly nos lo ofrece en clave de drama sombrío y violento, aunque hay que decir que, en las distintas escenas en las que corre la sangre, el director huye de una exposición demasiado explícita de la vertiente más despiadada del ser humano: por ejemplo, el estrangulamiento de Hannah, el antiguo militar metido a policía, a su joven prisionero irlandés lo vemos sólo a través del rostro y las manos del asesino. Este es el modo de hacer a lo largo de la película por parte de un director que, con buen criterio, considera que la historia no necesita de mayores artificios para dejar huella en sus espectadores.

Es de aplaudir el trabajo de Declan Quinn, que en consonancia con la historia muestra el lado más sombrío de los bellos paisajes irlandeses, otra muestra más de la apuesta por el realismo que impregna toda la película. Brilla también el retrato de la extraña tropa que persigue a Feeney, formada por Hannah, un joven y arrogante oficial inglés, un buscavidas irlandés dotado de ingenio y cierta cultura, y un soldado adolescente e inexperto en las grandes cuestiones de la vida. A todos ellos les transforma la visión de lo que está sucediendo, pero sólo uno de ellos deja de ser lo que era, con trágicas consecuencias para él. La música de Brian Byrne, de obvias raíces celtas, es bella en distintas ocasiones, en concordancia con un conjunto del que, puestos a resaltar algo, recomiendo especialmente la escena en la que Feeney interrumpe una misa en la que un pastor anglicano ofrece comida a los famélicos lugareños a cambio de su conversión. No es que la desigual batalla con la que concluye el film sea demasiado creíble, pero hasta llegar ahí, el film merece un notable alto.

Hugo Weaving, actor conocido por sus apariciones en sagas como Matrix o El señor de los anillos,luce en una película en la que destaca la parquedad gestual, muy western, de sus dos principales protagonistas. Esta característica es aún más acusada en el caso de James Frecheville, al que vemos prácticamente convertido en un animal salvaje, pero sin que eso signifique (véase la escena en la que su personaje se reencuentra con Hannah a la luz del fuego) que no sepa actuar. Stephen Rea da vida al personaje más extrovertido, lo que, junto al hecho de que le correspondan algunas de las mejores frases del guión (en especial, su reflexión acerca de la belleza de las mujeres inglesas en comparación con las irlandesas), y a su indiscutible talento, hace que se apodere de no pocas de las escenas en las que interviene. Al joven Freddie Fox y al siempre notable Jim Broadbent les corresponden los dos papeles más estereotípicos, situación que el primero resuelve con corrección y el segundo con maestría. Tratándose de un film eminentmente masculino, hay que decir que la breve aparición de Sarah Greene deja claro el saber hacer de esta actriz.

Verdadero viaje a las tinieblas de una época aciaga en la historia de un país que, por diversas circunstancias, está muy presente más allá de sus fronteras, Black ´47 educa y entretiene, que es lo que se le debe exigir, y queda como un recomendable neo-western celta que deja en buen lugar a sus creadores, pese a su indiscutible sesgo ideológico.

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