POLLO DE LOS MUERTOS

CHICKEN OF THE DEAD. 2018. 10´. Color.

Dirección: Julien David; Guión: Yacine Badday y Florent Guimberteau; Montaje: Julien David; Música: Jean-François Oliver; Producción: Alwa Deluze y Florent Guimberteau, para Anoki-Melting Prod (Francia).

Intérpretes: Gilbert Lévy (Voz de Bernard Lapique); Julie Jacovella (Voz de Marlène); Pascal Benjamin (Voz del alcalde).

Sinopsis: Un empresario cárnico es condecorado en su municipio. Sin embargo, su nuevo producto provoca una catástrofe en la población.

En un puñado de cortometrajes del todo desconocidos para quien esto escribe se resume la carrera como director de Julien David antes de llegar a Pollo de los muertos, gamberra obra ecologista-zombi que llamó la atención de esas personas con buen olfato que suelen frecuentar el festival de Sitges y que por ello ha conseguido difusión en este confinado país nuestro.

Para que queden claras las intenciones de director y guionistas, al principio se alternan las imágenes de pollos sacrificados de forma cruel en una nave industrial con las del dueño de la empresa, que acude en automóvil, acompañado de su esposa, a un acto en su honor. El individuo está orgulloso de su nueva creación, un producto basado en elementos transgénicos, pero resulta que quien prueba ese manjar, sabroso al gusto, se transforma automáticamente en un pollo gigante hambriento de sangre. Este argumento, que sin duda proviene de una fumada colectiva, tiene múltiples antecedentes en el subgénero zombi, algunos de los cuales se remontan al hombre que lo llevó a la modernidad, George A. Romero, aficionado a la crítica social y a condenar la codicia, defecto muy característico de los sujetos más poderosos de nuestra especie. La cuestión es que el cortometraje es frenético, y que en apenas diez minutos tiene tiempo para organizar un apocalipsis en toda regla mientras subraya un mensaje en el que hay demasiado margen para la demagogia y el maniqueísmo típicos de ciertos grupos radicales de izquierda, que comparten demasiados tics con los de derecha para gozar de mis simpatías.

La animación, idea de Christophe Blanc, busca ser transgresora y es correcta sin despuntar, mientras que el trabajo de Julien David es, en general, más que aceptable. Está muy conseguido, por ejemplo, el momento en el que el empresario vuelve al salón de banquetes después de ir al lavabo, y lo encuentra convertido en algo parecido al baile de graduación de Carrie en clave catastrófico-avícola. Ahí se huelen buenas maneras. El final también tiene su gracia, qué duda cabe, y lo bueno es que hasta llegar a él no hay excesivo margen para el parpadeo. Es palmaria la condena a la industria cárnica y la apología del veganismo, demasiado genérica la primera y demasiado doctrinaria la segunda, pero en fin, las religiones es lo que tienen. Lo bueno es que los aspectos meramente cinematográficos están bastante bien. Por ejemplo, Gilbert Lévy hace un notable trabajo poniendo voz al siniestro empresario, enésima demostración de que en los papeles de malvado se distingue mejor a los actores de nivel. Con eso me quedo: Pollo de los muertos posee un ingenio y una mala leche dignos de aprecio, aunque le falten matices a la hora de plasmar su mensaje.

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