ELLE

ELLE. 2016. 130´. Color.

Dirección:  Paul Verhoeven; Guión: David Birke y Harold Manning, basado en la novela Oh…, de Phillippe Djian; Director de fotografía: Stéphane Fontaine;  Montaje: Job ter Burg; Música: Anne Dudley;  Diseño de producción: Laurent Ott; Vestuario: Nathalie Raoul; Producción: Said Bem Said y Michel Merkt, para SBS Productions-Twenty Twenty Vision Filmproduktion Gmbh-Entre Chien et Loup-France 2 Cinéma (Francia-Alemania).

Intérpretes: Isabelle Huppert (Michèle Leblanc); Laurent Lafitte (Patrick); Anne Consigny (Anna); Charles Berling (Richard); Virginie Efira (Rebecca); Judith Magre (Irène); Christian Berkel (Robert); Jonas Bloquet (Vincent); Alice Isaaz (Josie); Vimala Pons (Hélène); Raphäel Lenglet (Ralf); Arthur Mazet (Kevin); Lucas Prisor (Kurt); Hugo Conzelmann (Phillip Kwan); Stéphane Bak, Hughes Martel, Anne Loiret.j

Sinopsis: Una madura y exitosa empresaria, marcada por un trágico suceso ocurrido en su infancia, es violada en su propia casa por un hombre enmascarado.

Alejado desde hace años de los focos de Hollywood, Paul Verhoeven regresó al primer plano del panorama cinematográfico con Elle, turbio drama basado en una novela de Phillippe Djian que satisfizo más a los críticos profesionales que a una audiencia quizá confundida por el hecho de que el film fuera vendido como el thriller que gira alrededor de la venganza que está lejos de ser. Con todo, Elle obtuvo buenos resultados en las taquillas del Viejo Continente y logró diversos galardones, entre los que cabe mencionar el Goya a la mejor película europea, y nos devuelve al Verhoeven personal y polémico de su etapa holandesa.

Comenzar una película con una violación es lo que se llama asumir riesgos, algo que Paul Verhoeven ha hecho casi siempre en su carrera. Pronto comprobamos que lo que vamos a ver es algo mucho más complejo de lo que aparenta, porque Michèle, la mujer agredida sexualmente, está muy lejos de ser una víctima al uso. Se trata de una persona hecha a sí misma, que ha logrado el éxito profesional pese a arrastrar el estigma de ser la hija de un asesino condenado a cadena perpetua. A través de este personaje, y apoyado en un notable guión, muy preciso a la hora de mostrar lo malsano, el director holandés realiza un retrato de la burguesía que le emparenta a Chabrol, por el humor negro y la forma de enseñar la ciénaga que se oculta bajo los buenos modales, si bien a medida que la historia gana en crueldad el nombre que a uno le viene a la cabeza es el de David Cronenberg.

La violación sufrida, y en concreto la búsqueda de su agresor, es el detonante que hace que Michèle afronte el regreso de los fantasmas de su infancia, provocado por el hecho de que su padre haya solicitado que se le conceda la libertad condicional, y se replantee las relaciones con su entorno, marcadas por dos denominadores comunes: la mentira y el desprecio. La protagonista dirige con mano de hierro su empresa de videojuegos (queda claro que, en situaciones de poder, las mujeres suelen adoptar formas muy masculinas), en la que sólo uno de los empleados parece tener con ella una relación que vaya más allá del odio o el temor; se acuesta con el marido de su mejor amiga, está divorciada de un escritor fracasado, ahora unido a una joven profesora de yoga, odia a su padre, desprecia a su madre, que planea casarse con su amante veinteañero, y no tiene mucha mejor opinión de su hijo, un ser abúlico y sin iniciativa emparejado con una hippie de fuerte carácter. Su relación con sus nuevos vecinos está marcada por el deseo que siente hacia el hombre y por el desprecio que le inspira su esposa, católica practicante. Hay en ese afán por redefinir sus relaciones mucha más higiene mental que buenismo redentor, porque Michèle es una persona dura y retorcida, muy hábil a la hora de manipular a quienes la rodean. Verhoeven sabe hacer que la película también posea ambas características, creando una atmósfera turbia que se contagia incluso a las escenas más livianas y haciendo gala de un humor cáustico cuando muestra que la perversidad femenina es más inteligente que la masculina, mucho más primaria. La cena navideña, en la que se da cita la práctica totalidad de los principales protagonistas, es uno de los momentos álgidos de la película, junto a ese destello de aguda inteligencia que es la postrera conversación entre Michèle y la esposa de Patrick. Los diálogos son muy ácidos, pero no parecen impostados, y es importante mencionar que ni sobra, ni falta nada en los 130 minutos de metraje. Los aires europeos, y quizá la edad, nos traen a un Paul Verhoeven menos efectista y más pausado, pero igual de provocador. En mi opinión, la fotografía se limita a ser correcta, el montaje es excelente, y el dónde se usa el primer movimiento de la Pastoral de Beethoven revela a un cineasta de categoría.

Nadie mejor para dar vida a Michèle Leblanc que Isabelle Huppert, una de las grandes actrices de las últimas décadas. Una vez más, su trabajo es impresionante al interpretar a un personaje que le permite demostrar que sus registros dramáticos son casi infinitos. El resto de intérpretes, cuyos muy bien escritos personajes oscilan entre lo cruel y lo patético, aprovechan las bondades del material literario para no quedar oscurecidos por el brillo de Huppert. Incluso los actores más discretos, como Raphäel Lenglet o el mismo Jonas Bloquet, resultan adecuados para los papeles que interpretan. Laurent Lafitte, actor de calidad, logra dar siempre la sensación de que su en apariencia equilibrado personaje es en verdad otra cosa, y Charles Berling ofrece una buena actuación como ex-marido fracasado de Michèle. Con todo, los mayores parabienes deben ser patrimonio del plantel de actrices, en especial Virginie Efira y Judith Magre, que da vida a la patética madre de la protagonista. Anne Consigny supera el desafío de hacer creíble el salto que da su personaje cuando empiezan a aflorar las verdades, y también es necesario destacar la aportación de Arthur Mazet en el rol de empleado adulador de Michèle.

Elle supone un gozoso e inspirado reencuentro con un gran cineasta europeo como Paul Verhoeven, pues sin duda estamos ante una de las mejores obras del director holandés, capaz de nuevo de llevar a su terreno (con profusa utilización de los noticiarios televisivos incluida) turbio y provocador un material literario ajeno y de gran nivel. Cine europeo turbador, inquietante y a contracorriente, dirigido con estilo y muy bien interpretado, que muestra las deshilachadas costuras de un espectro social culto, elegante y profundamente enfermo. .

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