DESCALZOS POR EL PARQUE

BAREFOOT IN THE PARK. 1967. 103´. Color.

Dirección: Gene Saks; Guión: Neil Simon, basado en su propia obra de teatro; Dirección de fotografía: Joseph LaShelle; Montaje: William Lyon; Dirección artística: Hal Pereira y Walter Tyler; Música: Neal Hefti; Decorados: Robert Benton y Arthur Krams; Producción: Hal B. Wallis, para Paramount Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Robert Redford (Paul Bratter); Jane Fonda (Corie Bratter); Charles Boyer (Víctor Velasco); Mildred Natwick (Ethel Banks); Herb Edelman (Harry Pepper); Mabel Albertson (Tía Harriet); Fritz Feld (Dueño del restaurante); Ted Hartley (Frank); James Stone, Billie Bird, Paul E. Burns, Doris Roberts.

Sinopsis: Una pareja de recién casados se instala, en pleno apogeo de su enamoramiento, en un minúsculo e inhóspito apartamento meoyorquino. Las estrecheces hacen que afloren las diferencias entre sus distintos caracteres.

Descalzos por el parque fue un bombazo teatral que incrementó de forma notoria la fama de su autor, Neil Simon. El inevitable paso a la gran pantalla se dejó en manos de un director debutante, Gene Saks, que no lo era tanto, pues en su faceta de actor ya conocía bien las tablas de Broadway. La película resultante fue también un éxito, y hoy es recordada como uno de los últimos hitos de la comedia romántica clásica.

En muchos sentidos, el film es heredero de la screwball comedy, subgénero en el que la acción física y la guerra de sexos eran dos elementos fundamentales de la diversión. Aquí se le intenta dar un barniz más moderno al asunto, pero el fondo es casi idéntico, pues el eje de la obra es la incompatibilidad de caracteres de un hombre y una mujer que se atraen profundamente. Siempre he pensado que las personas se emparejan, sobre todo, por atracción física y por miedo a la soledad. El primer factor es, sin duda, el más decisivo durante la juventud, y el segundo va ganando terreno a medida que pasa el tiempo. En este caso, los protagonistas son jóvenes y guapos, y están literalmente enganchados el uno al otro. Ahora bien, cuando la realidad les hace desengancharse, lo que quedan son dos caracteres antagónicos. Esto, en la vida real, suele acabar con mucho ruido, que diría Sabina, pero en la comedia acostumbra a funcionar muy bien, en especial si quien está detrás del entramado es un tipo ingenioso y con chispa como Neil Simon. El gran mérito del autor en esta obra reside en ser consciente de que la historia de la pareja protagonista tiene un interés limitado para el espectador, y en sacarse de la chistera como método para combatir ese posible desinterés a un fabuloso ramillete de personajes secundarios, además de en aprovechar al máximo las posibilidades cómicas del espacio, pues el liliputiense apartamento que ha de convertirse en el nido de amor del matrimonio Bratter es un personaje más, y da pie a las situaciones más divertidas, empezando por la agonía que supone llegar a él para todos los personajes, excepto para la desinhibida y patológicamente optimista Corie, y para el veterano y adorable playboy Víctor Velasco. Dicen que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana, pero en este caso, la huida puede hacerse por el agujero del tragaluz.

Se supone que lo que se busca es que el público se identifique con Corie, un verdadero torbellino de energía y verborrea, en lugar de en el serio y estirado Paul, pero a mí me ocurre lo contrario, pues la joven esposa me resulta insufrible en la mayor parte de las escenas, primero por ñoña y después por malcriada. Y esto último tal vez no sea culpa de su madre, pues Ethel Banks me parece un personaje magistral, por mucho que acabe por sucumbir a los encantos de ese simpático vividor que es Velasco. Ellos son los que salvan el final de una obra en el que Simon tensa la cuerda dramática sin terminar de salir bien parado. Pasa muchas veces que la pretendida escena cumbre no llega a serlo, y eso es lo que sucede en Descalzos por el parque. Lo que ocurre es que, antes de eso, hay algunas escenas maravillosas (las dos en las que aparece Harry Pepper, el operario de la empresa telefónica, sin ir más lejos), que la gran agilidad narrativa hace que el metraje se pase en un suspiro, y que, como dije, en el tramo final son los secundarios quienes salvan la función y evitan que ésta se convierta en un pastelazo que arruine buena parte de lo logrado con anterioridad.

Gene Saks juega a ser un director invisible, y juega bien, haciendo que todo se centre en el texto y, con la inestimable ayuda de un cameraman de categoría como Joseph LaShelle, sacando un excelente partido de los claustrofóbicos escenarios. El afán de recordar las comedias rodadas un cuarto de siglo antes se extiende a la música, muy en la onda de la que ilustraba las grandes comedias del Hollywood dorado, y con el gran Johnny Mercer como coautor del tema principal.

Robert Redford me parece el más flojo del cuarteto protagonista. Soy consciente de que Paul Bratter es un tipo que, de tan serio, acaba siendo estirado, pero diría que el envaramiento del actor, al que tampoco veo en su mejor momento cuando su personaje está bajo los efectos del whisky, va más allá del de su personaje. Jane Fonda, por entonces en los mejores años de su carrera, pues acababa de ganar el Oscar y de coincidir con Redford en la magnífica La jauría humana, está mejor que su partenaire aunque, sobre todo al final, le ocurre lo mismo que a él: que su interpretación se hace excesiva y acaba por hacer a su personaje más insufrible de lo que era en el texto. Quien está impresionante es Charles Boyer, que despliega todo su carisma en una de sus últimas apariciones en la gran pantalla, y no le va a la zaga Mildred Natwick, una excelente actriz que no en vano trabajó varias veces a las órdenes de John Ford. Por su parte, Herb Edelman está divertidísimo, siendo el mejor de un notable elenco de secundarios.

En cierto modo, Descalzos por el parque ya era una película antigua cuando se rodó, pues en 1967 el planeta Hollywood estaba girando de manera evidente y definitiva. No obstante, se trata de una comedia muy divertida, escrita con gracia y que, aunque chirríe algo en su tramo final, puede verse con agrado en estos cínicos días.

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