ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD

ONCE UPON A TIME IN HOLLYWOOD. 2019. 161´. Color.

Dirección: Quentin Tarantino; Guión: Quentin Tarantino; Dirección de fotografía: Robert Richardson;  Montaje: Fred Raskin; Música: Miscelánea. Piezas de Hugo Montenegro, Bernard Herrmann, Vanilla Fudge, Aretha Franklin, Deep Purple, Los Bravos, Paul Revere & The Raiders, etc.;  Diseño de producción: Barbara Ling; Dirección artística: Richard L. Johnson (Supervisión); Producción: David Heyman, Quentin Tarantino y Shannon McIntosh, para Heyday Films-Bona Film Group- Visiona Romantica-Sony Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Rick Dalton); Brad Pitt (Cliff Booth); Margot Robbie (Sharon Tate); Al Pacino (Marvin Schwarz); Emile Hirsch (Jay Sebring); Margaret Qualley (Pussycat); Timothy Olyphant (James Stacey); Julia Butters (Trudi); Bruce Dern (George Spahn); Dakota Fanning (Squeaky Fromme); Austin Butler (Tex); Nicholas Hammond (Sam Wanamaker); Lorenza Izzo (Francesca); Luke Perry (Wayne Maunder); Damian Lewis (Steve McQueen); Mike Moh (Bruce Lee); Samantha Robinson, Rafal Zawierucha, Costa Ronin, Damon Herriman, Michael Madsen, Kurt Russell, Tim Roth, Lena Dunham, Mikey Madison, James Landry Hébert, Harley Quinn Smith, Clu Gulager, Martin Kove, Zoe Bell, James Remar, Brenda Vaccaro, .

Sinopsis: En el Los Ángeles de 1969, un actor en declive y su doble para las escenas de acción intentan continuar sus respectivas carreras en el cine mientras a su alrededor se suceden acontecimientos que afectan a celebridades de la época.

La novena película de Quentin Tarantino es, a la vez, un compendio de toda su trayectoria y un calculado salto hacia adelante que está consiguiendo buenos resultados comerciales y, en general, goza del respaldo de la crítica. En mi opinión, se trata de una obra brillante en la que, sin embargo, se dan cita algunos de los momentos más flojos en la carrera del director.

Si Los odiosos ocho remitía en multitud de aspectos a Reservoir dogs, esta vez el universo autorreferencial de Tarantino cambia de dirección y vira hacia Malditos bastardos, no sólo en los aspectos más obvios, como el protagonismo de Brad Pitt o el guiño expreso que se le hace a través de una de las películas protagonizadas por Rick Dalton, sino de un modo más profundo. Tarantino sabe que la vida real es, en muchas ocasiones, una puta mierda y, como hizo en su film sobre los nazis, opta de nuevo por contarnos un cuento. El propio título de la película no da lugar a equívocos respecto a este punto. Este cuento es, además, un canto de amor al séptimo arte, pues, para Tarantino (y uno le comprende perfectamente) la vida es cine. En concreto, el cine que te marcó en tu infancia y en tu juventud y te enamoró para siempre. El director sitúa la acción en el momento en el que la época dorada de Hollywood daba sus últimos coletazos y se centra en un actor venido a menos para ofrecernos su particular crónica de cómo era La La Land hace medio siglo. Rick Dalton es un personaje, y es a la vez la suma de muchos, de infinidad de actores que en su momento triunfaron en la televisión, dieron el salto a la gran pantalla y no consiguieron alcanzar el estrellato. Llegados a ese punto, las opciones eran volver a la casilla de salida, pero no ya para interpretar a los héroes de los telespectadores, sino al villano de la función, o emigrar a Europa para protagonizar westerns u otras películas de género de bajo presupuesto. Ahí, Tarantino es una enciclopedia, y lo demuestra. Es fácil perderse en su particular universo, lleno de referencias cinéfilas y musicales que suelen escapar de lo obvio, pero también es bueno trabajar para el espectador con una cierta cultura general, cada vez más abandonado por Hollywood. También es cierto que hablamos de un guionista excepcional que, a la hora de mostrar los extractos de la carrera de Rick Dalton, no da puntada sin hilo, y logra que todos sean importantes para la narración, pese a parecer digresiones, puros divertimentos colocados ahí por un mero capricho de cineasta estiloso. Esos caprichos innecesarios están, pero en otra parte.

Érase una vez en Hollywood es también un elogio de la amistad masculina. En plena crisis profesional y próximo a caer en el alcoholismo, Rick se aferra a Cliff Booth, un especialista convertido en el bastón que necesita la antigua estrella para no darse de bruces contra el suelo. Cliff es un tipo duro, parco en palabras y que, pese a su carisma y a su presencia física, jamás consiguió pasar del estatus de doble de acción y ha llegado a la madurez con una caravana casi en ruinas, un perro y una acusación no confirmada de haber asesinado años atrás a su esposa. Las vivencias de ambos durante el turbulento año 1969 constituyen el eje de una película que, por momentos, nos sitúa frente al Quentin Tarantino más autocomplaciente de su carrera. Además de ofrecernos la fiesta en la mansión Playboy más sosa que pueda concebirse, es necesario comentar que mola ver a Brad Pitt conducir a gran velocidad a través del Los Ángeles de finales de los 60 mientras escucha por la radio joyas musicales de la época… una vez. Entregado al carisma de su dúo protagonista, y a la vez deseoso de presumir de virtuosismo con la cámara (y de discoteca), Tarantino se recrea en exceso en momentos que, al contrario de lo que ocurre con las películas y los rodajes de Rick Dalton, no aportan demasiado al conjunto y dilatan el metraje de manera innecesaria. El director muestra un dominio técnico aplastante, su entente con Robert Richardson sigue produciendo resultados fantásticos, pero Fred Raskin debió utilizar más la tijera, porque las escenas importantes (la aparición de Marvin Schwarz, por ejemplo) siguen siendo oro puro, y eso acentúa el contraste por tratarse de un cineasta en cuya obra anterior cuesta encontrar tiempos muertos.

Entre las grandes virtudes de la película, encontramos el descacharrante, y gloriosamente incorrecto, sentido del humor de Tarantino, que le da pie a cachondearse de Bruce Lee, de los hippies… y de regalarle a Brad Pitt una escena que habrá encantado a Angelina Jolie, y ese corazoncito que tiene este autor y que hace que sus obras se eleven por encima del pastiche violento que podrían ser: hay auténtico amor al recordar a Sharon Tate, vecina de Rick Dalton. A través de ambos (la crisis de él en su roulotte por haber olvidado sus diálogos a causa de sus excesos con el alcohol, y la luminosa alegría de ella al comprobar que el público la encuentra divertida y adorable en La mansión de los siete placeres), el hombre detrás de la cámara muestra las dos caras de la profesión de actor, una profesión por la que él siente un indisimulado cariño. Lo que siente hacia los hippies es otra cosa, y como se parece bastante a mis propios pareceres al respecto de esa subespecie, no me extenderé demasiado, salvo para decir que un idiota es un problema, un idiota drogado es un problema grave y un puñado de idiotas drogados que se creen en posesión de la verdad son un mal a erradicar antes de que infecten a los especímenes sanos. Llegados a este punto, diré que el final es acojonante, al igual que toda la escena que narra la visita de Cliff al viejo rancho en el que se aloja la familia Manson. No hay otro director de espíritu tan libre como para rodar esta clase de escenas, ni con el talento de filmarlas de manera perfecta.

Que Tarantino es capaz de sacar lo mejor de sus actores es una obviedad, pero sucede con cada nueva película, y es preciso subrayarlo. Leonardo DiCaprio es un intérprete al que la edad y la sabia elección de proyectos están colocando en el trono que siempre pareció destinado a alcanzar, y Brad Pitt hace una de las mejores interpretaciones de su carrera en la piel de un tipo que está de vuelta de todo y posee la gran virtud de la lealtad. Ambos están que se salen, aunque el director abuse de su carisma. Margot Robbie interpreta con maestría a un ángel, y poco más se puede decir al respecto, salvo que esta mujer lo tiene todo para habitar el Olimpo. Las apariciones de Al Pacino y Bruce Dern, otro de los que ya forma parte de la banda de Tarantino, me parecen excelentes, y del resto de actores, mucho menos conocidos, me apetece resaltar la labor de Margaret Qualley, cuyo personaje, además de dar pie a un chiste guarro muy gracioso, muestra que a veces la locura puede ser muy seductora, constituyendo casi el reverso de Sharon Tate. También es de destacar la intervención de Kurt Russell (en una escena hilarante, cosa que también ayuda), el encanto de la joven Julia Butters, la convincente cara de loca de Dakota Fanning y el tributo a clásicos como Clu Gulager o Brenda Vaccaro.

Érase una vez en Hollywood es un gran Tarantino con lagunas, que por momentos muestra que el duro Quentin se nos está aburguesando y a ratos se ama a sí mismo con demasiada locura, pero que es también un maravilloso cuento sobre el cine con final feliz.

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