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TITUS

TITUS. 1999. 160´. Color.

Dirección: Julie Taymor; Guión: Julie Taymor, basado en la obra de teatro de William Shakespeare Tito Andrónico; Director de fotografía: Luciano Tovoli;  Montaje: Françoise Bonnot; Música: Elliot Goldenthal;  Dirección artística: Pier Luigi Basile (Supervisión); Diseño de producción: Dante Ferretti; Diseño de vestuario: Milena Canonero; Producción: Julie Taymor, Jody Allen y Conchita Airoldi, para Clear Blue Sky Productions-Urania Pictures, S.R.L.-Overseas FilmGroup-NDF International (Reino Unido).

Intérpretes: Anthony Hopkins (Tito Andrónico); Jessica Lange (Reina Tamora); Harry Lennix (Aaron); Angus Macfadyen (Lucio); Alan Cumming (Saturnino); Laura Fraser (Lavinia); Colm Feore (Marco); Matthew Rhys (Demetrio); Jonathan Rhys Meyers (Quirón); James Frain (Basiano); Kenny Doughty (Quinto); Blake Ritson (Mucio); Osheen Jones, Raz Degan, Colin Wells, Ettore Geri, Constantine Gregory, Geraldine McEwan, Giacomo Gonnella, Emanuele Vezzoli.

Sinopsis: El veterano general Tito Andrónico regresa a Roma después de derrotar a los godos. Una vez en la capital, el emperador muere, y el viejo soldado apoya el acceso al trono de Saturnino, lo que le acarreará innumerables desgracias.

Como mandan los cánones, la directora teatral británica Julie Taymor dio el salto a la gran pantalla mediante la adaptación de una obra de Shakespeare. En esencia, el proyecto no era otro que llevar al cine una pieza que Taymor ya había dirigido sobre las tablas y que de la que apenas podían encontrarse huellas visibles en el séptimo arte. Titus, el film resultante, no gozó en general del beneplácito de la crítica y fue básicamente ignorado por el público estadounidense.

Taymor, que en lo narrativo se mantiene bastante fiel al texto original, sitúa la acción en un indeterminado marco temporal que acaba siendo un batiburrillo entre la Roma clásica y la edad contemporánea en el que, al margen de algunos momentos visuales chocantes, se echa en falta una mayor coherencia. Quienes hayan leído la obra (que, imagino, serán además quienes no se rasguen las vestiduras ante la gran violencia de lo narrado) serán conscientes de que modernizarla no es tarea sencilla, pero el doble juego de la directora en este punto no termina de convencer, pues no apuesta de un modo lo bastante decidido ni por el respeto absoluto al original ni por la versión libre.

Sin duda, la moraleja de la obra es que, si uno quiere tener una vejez tranquila, es mejor que no permita gobernar a sus enemigos. La tragedia de Tito Andrónico es la de quien, en su afán por salvaguardar las tradiciones, atrae hacia sí grandes desgracias por situarse a sí mismo y a los suyos en un nido de serpientes, lo que da pie a una sucesión de venganzas encadenadas, cada vez más crueles, cuyo origen está en dos acciones del anciano militar: el sacrificio ritual del primogénito de la reina de los godos, Tamora, y su decisión de apoyar en la sucesión al trono al pusilánime y cruel Saturnino frente a la candidatura del leal Basiano, que además es el prometido de la hija del general. Este último acto causa un cisma familiar que se resuelve en falso y deja a Tito Andrónico y a sus allegados a merced de la mujer que le ha jurado venganza, proclamada emperatriz por la fuga de Basiano y Lavinia, y del malvado moro que, además de asesor, es amante de Tamora.

Titus apunta maneras de gran película, a la manera de las mejores adaptaciones shakespearianas de Kenneth Branagh, pero no termina de confirmar sus bondades a causa de algunas elecciones de la directora que, como le ocurre al protagonista de la obra, no terminan de ser afortunadas. Ya he mencionado la cuestión temporal, pero en la fastuosa puesta en escena, cuyo responsable es el gran Dante Ferretti, se suceden enormes aciertos visuales (toda la escena en la que Tito Andrónico ruega a los tribunos por la vida de dos de sus hijos, o la manera de mostrar la suprema desgracia de Lavinia) con concesiones al esteticismo vacuo, como las escenas oníricas o el mismo plano final, y con alambicados e innecesarios movimientos de cámara que no son más que tics de cineasta novel con ganas de demostrar demasiado y que lastran una escena tan brillante como la de la bacanal interrumpida por las flechas que Tito Andrónico y los suyos hacen caer sobre la residencia imperial. Tampoco la opción de la comedia negra, tono por el que se opta para mostrar la sangrienta carnicería que marca el clímax de la obra, me parece la más acertada de las posibles. Quizá sea un modo de intentar relativizar la extrema violencia de esas escenas, pero si, como creo, lo que busca el autor es mostrar la maldad intrínseca del ser humano, expresada de un modo radical en y por el personaje de Aaron, así como los efectos devastadores de la venganza, dudo que el enfoque de Taymor sea el mejor de los posibles. Eso sí, en el afán de que su película no aburra al espectador, la directora triunfa de un modo absoluto, al igual que lo hace la banda sonora de un Elliot Goldenthal que demuestra saber moverse en el terreno de la épica y de la tragedia desaforada.

Otra de las cosas que pueden discutírsele a Julie Taymor es la dirección de actores, lo que tratándose de la adaptación de una obra de Shakespeare no es un problema menor. Lo menciono porque abundan el histrionismo y la sobreactuación, y cuando eso sucede en la mayoría de los personajes es que nos hallamos ante una directriz superior más que ante una decisión personal de cada uno de los intérpretes. El gran Anthony Hopkins, que borda su papel durante la mayor parte del metraje, al final parece estar volviendo a interpretar a Hannibal Lecter, permitiéndose algún guiño explícito a su personaje-fetiche que, en otro contexto, podría hasta resultar humorístico. Quien sale muy bien parada es Jessica Lange, actriz de gran calibre a la que Hollywood no siempre ha ofrecido los papeles que merecía. Su mirada y su expresión transmiten el odio que siente su personaje de un modo inequívoco. A Harry Lennix, que interpreta a uno de los personajes más malvados de la literatura, le puede a menudo una tendencia a la sobreactuación que arruina la labor de Alan Cumming, una especie de Nerón con peinado de Adolf Hitler, y convierte en insufribles las apariciones en pantalla de Matthew Rhys y Jonathan Rhys Meyers. Mucho mejor está Angus Macfadyen, y un escalón más arriba, el siempre acertado Colm Feore y una sufridora Laura Fraser.

Titus me parece una notable película, no apta para estómagos sensibles, que podría haberse convertido en todo un clásico si su directora se hubiera contenido más en ciertos aspectos, porque la película, rodada en Italia y Croacia, posee la grandeza que cabría esperarse en una obra mayor.

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