EL SASTRE DE PANAMÁ

THE TAILOR OF PANAMA. 2001. 112´. Color.

Dirección: John Boorman; Guión: Andrew Davies, John Le Carré y John Boorman, basado en la novela de John Le Carré; Dirección de fotografía: Philippe Rousselot; Montaje: Ron Davies;  Diseño de producción: Derek Wallace; Música: Shaun Davey; Dirección artística: Sarah Hauldren (Supervisión); Producción: Kevan Baker y John Boorman, para Columbia Pictures (Reino Unido-EE.UU).

Intérpretes: Pierce Brosnan (Andy Osnard); Geoffrey Rush (Harry Pendel); Jamie Lee Curtis (Louisa); Brendan Gleeson (Mickie Abraxas); Leonor Varela (Marta); Harold Pinter (Tío Benny); Catherine McCormack (Francesca); Daniel Radcliffe (Mark); David Hayman (Luxmore); Mark Margolis (Rafi Domingo); John Fortune (Maltby); Jon Polito (Ramón); Jonathan Hyde (Cavendish); Dylan Baker (Dusenbaker); Harry Ditson (Elliot); Martin Savage (Stormont); Lola Boorman, Martín Ferrero, Edgatdo Molino, Paul Birchard, Ken Jenkins.

Sinopsis: Un agente del servicio secreto británico es enviado a Panamá, donde entabla contacto con un sastre inglés de dudoso pasado que viste a algunas de las más altas personalidades del país.

El británico John Boorman dirigió algunas películas realmente importantes en los inicios de su carrera, pero su obra había caído en la irrelevancia en los años 90 hasta que resurgió con la excelente El general. Su siguiente proyecto fue la adaptación de El sastre de Panamá, una novela de John Le Carré que debe mucho a Nuestro hombre en La Habana y en la que el escritor se implicó con firmeza, ejerciendo como coguionista y productor ejecutivo de una obra que no fue, en general, bien recibida por la crítica y pasó bastante inadvertida para las grandes audiencias.

El sastre de Panamá podría haberse titulado Farsa y tragedia del espionaje internacional, y creo que en esta dualidad se explica el relativo, y a mi entender inmerecido, fracaso de la película, porque el film de Boorman es una comedia muy trágica, o una tragedia muy cómica, y esa mezcla de tonos, además de ser susceptible de confundir al público, no se lleva tan bien en el último tramo de la película como en las primeras tres cuartas partes de la misma. Por otra parte, se da la circunstancia de que la trama es en verdad poco verosímil, pero los personajes protagónicos lo son de veras. Como admirador de John Le Carré que soy, veo ese idealismo desencantado tan característico del autor, consecuencia inevitable de unir dos grandes cualidades humanas, pasión y agudeza analítica, con las cicatrices propias de la experiencia. Por concretar, el personaje de Mickie Abraxas es la perfecta imagen de lo que les ocurre a esas escasas personas que desean cambiar el mundo por principios, y no únicamente por mejorar su propio estatus personal. No obstante, Abraxas es más un contrapunto que un leitmotiv, pues el tono de la historia lo marcan dos personajes, Andy Osnard y Harry Pendel, en cuyos retratos predomina sin duda la ironía. El primero es un playboy decadente, a sueldo del MI6, que es enviado a Panamá como castigo a su afición por fornicar con las esposas de los embajadores, y el segundo es un sujeto que se ha construido una muy buena vida basada en la mentira. El encuentro entre el espía cínico y hambriento de notoriedad con el sastre que aprendió su oficio en la cárcel y que, tras cambiar de continente, forjó para sí un perfil modélico y logró ser el modisto de cabecera de las altas personalidades de un país latinoamericano de singular importancia estratégica, da lugar, cómo no, a un engaño que va adquiriendo grandes proporciones a medida que los responsables de los servicios secretos británicos se lo van creyendo, y que termina por devorar a sus artífices. Es importante señalar la distinta reacción de los protagonistas cuando la bola de nieve se ha hecho demasiado grande: el expresidiario busca redimirse, mientras el agente del Gobierno pone todo su empeño en sacar el máximo beneficio personal de la situación creada. La moraleja está clara: los juegos de Occidente son la pesadilla cotidiana del Tercer Mundo. El modo de llegar a ella no siempre es el más coherente, aunque subrayar, de la forma en que se hace en esta película,  que dos grandes defectos humanos, como son la codicia y la estupidez, están muchas veces detrás de la toma de grandes decisiones, es un gran punto a favor.

John Boorman es un cineasta enérgico, que aquí demuestra no haber perdido su brío y tener una acreditada capacidad para no aburrir. Como sucede en otras de sus películas, se pone especial énfasis en mostrar el contraste entre el modo de vida de los ricos y el de quienes están condenados a pelear por sus sobras, entre la frialdad de los despachos, la luminosidad y amplitud de los espacios en los que se mueven los seres superiores y la oscuridad y estrechez de los barrios bajos, que son, y así se subraya también con las imágenes, donde la vida, y los estragos causados por los poderosos, se hacen palpables. Llama la atención el hábito de filmar las escenas de sexo en planos muy cortos, que acentúan el efecto tórrido mostrando lo mínimo. Falta quizá un punto de inspiración en los aspectos técnicos más importantes, lo que unido al hecho de que al final la trama se vuelva más enrevesada y opte, quizá en exceso, por acentuar su faceta dramática en detrimento de la satírica, hasta entonces preponderante, impide que la película llegue a alcanzar la excelencia que por momentos insinúa.

Para Pierce Brosnan, que por entonces acababa de finalizar su periplo encarnando a James Bond, debió de resultar muy liberador interpretar un personaje que no deja de ser una versión mucho más veraz del espía británico más famoso del cine. Su don para ejercer de seductor cínico es innegable, y por ello su trabajo a las órdenes de Boorman está entre los mejores de su irregular carrera. Que le acompañe un gran actor como Geoffrey Rush, muy cómodo en un personaje que ha hecho de la impostura un arte, es un plus para la película. También resulta muy adecuada para su papel la principal intérprete femenina, Jamie Lee Curtis, que se desenvuelve muy bien como esposa engañada, pero ni de lejos estúpida. Un actor de raza, habitual en el cine de Boorman, como Brendan Gleeson, está soberbio como ese Mickie Abraxas heroico y patético a la vez. Leonor Varela, la actriz que da vida a Marta, la mano derecha del sastre, logra no verse eclipsada con tanta estrella alrededor. Curiosa la presencia, nunca mejor dicho, del dramaturgo Harold Pinter en el papel del tío y mentor de Harry Peele. Aparece también un joven Daniel Radcliffe pre-Harry Potter, pero los secundarios más distinguidos son Catherine McCormack, Mark Margolis, Dylan Baker, Jon Polito y uno de esos actores que jamás decepciona, David Hayman.

El sastre de Panamá, sin ser perfecta, ni la mejor adaptación cinematográfica de una novela de John Le Carré, sí es un film estimable, bastante mejor de lo uno podría creer si lee muchas de las críticas que se le dedicaron. Es más, opino que es una película digna del talento de un notable director como John Boorman, y que, a diferencia de lo que ocurre con otras obras que en su momento gozaron de mayor prestigio, está envejeciendo muy bien. O, por ser más precisos, en casi dos décadas no lo ha hecho en absoluto.

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