RICARDO III

RICHARD III. 1995. 108´. Color.

Dirección: Richard Loncraine; Guión: Ian McKellen y Richard Loncraine, basado en la obra de teatro de William Shakespeare; Director de fotografía: Peter Biziou;  Montaje: Paul Green; Música: Trevor Jones;  Dirección artística: Richard Bridgland y Choi Ho Man; Diseño de producción: Tony Burrough; Producción: Stephen Baily y Lisa Katselas-Paré, para Baily/Paré Productions-Mayfair Entertainment International (Reino Unido).

Intérpretes: Ian McKellen (Ricardo III); Annette Bening (Reina Elizabeth); Jim Broadbent (Buckingham); Kristin Scott Thomas (Lady Anne); Robert Downey Jr. (Rivers); Jim Carter (Hastings); John Wood (Rey Eduardo); Nigel Hawthorne (Clarence); Edward Hardwicke (Lord Stanley); Maggie Smith (Duquesa de York); Dominic West (Richmond); Roger Hammond (Arzobispo); Adrian Dunbar (James Tyrell); Tim McInnerny (Catesby); Bill Patterson (Ratcliffe); Marco Williamson (Príncipe de Gales); Christopher Bowen, Edward Jewesbury, Matthew Groom, Kate Steavenson-Payne, Donald Sumpter.

Sinopsis: Vencedor en las batallas de la Guerra Civil, el perverso y deforme Ricardo de York decide ocupar el trono de Inglaterra sin importar a quién haya que sacrificar para conseguirlo.

Director curtido en la televisión, pero que llevaba varios años sin realizar ningún largometraje y era bastante desconocido fuera de Inglaterra, Richard Loncraine se alió con Ian McKellen para llevar a la gran pantalla una adaptación actualizada de Ricardo III, una de las tragedias más famosas de Shakespeare, cuya obra había recuperado vigencia en el mundo del cine gracias, sobre todo, a Kenneth Branagh. Este Ricardo III gustó allá donde fue estrenado, sin despertar grandes entusiasmos más allá del capítulo interpretativo.

El punto de partida de esta adaptación cinematográfica es, cuanto menos, peculiar, por cuanto se traslada la acción dramática a la primera mitad del siglo XX, pero se respeta el texto original, lo que da pie a algunos anacronismos, el más llamativo de los cuales tiene mucho que ver con la frase más recordada de toda la obra. Ya el hecho de que el film comience con un cuartel general militar derribado (literalmente) por un tanque, marca la pauta de lo que vendrá. El paralelismo entre el protagonista, el vil y deforme Ricardo de Gloucester, y Adolf Hitler, quintaesencia del caos y la destrucción que sembraron las dictaduras fascistas en el siglo pasado, es tan notorio que no pasa inadvertido ni al espectador más obtuso. Violencia a ritmo de swing, es lo que nos ofrece el tándem Loncraine/McKellen, encargado de la puesta al día del clásico shakespeariano. Y no se puede negar que lo hacen con estilo, buscando y consiguiendo que la narración sea ágil y que la puesta en escena sea lo menos acartonada posible. Rodada casi en su totalidad en interiores, es de resaltar el esfuerzo del director por resaltar las virtudes de la escenografía, que no son pocas, y de ser un testigo cercano, pero no invasivo, del espectacular desempeño del plantel de actores.

Quien conozca la obra (y todos deberían) no necesita mayores explicaciones sobre el argumento porque, como se ha dicho, esta adaptación es fiel al texto original (eso sí, resumido, pues no en vano nos hallamos ante una de las obras más extensas de su autor). Shakespeare supo exponer la crueldad y el resentimiento humanos en su máxima expresión utilizando la figura de un ser cuya deformidad física es fiel espejo de su condición. La batalla final entre Ricardo y Richmond, el futuro rey Enrique VII, está rodada al modo de un film de acción moderno, y aquí he de decir que a las apariciones fantasmagóricas de las víctimas de Ricardo, que le torturan en sueños en vísperas de su caída, les falta esa potencia visual que le daría a la película un mayor empaque. Al loable brío con el que están rodadas tanto las escenas bélicas como las palaciegas (excelente el momento en el que la Duquesa de York maldice a su hijo) le falta ese punto de excelencia que distingue a las grandes películas de las notables, aunque se agradece que los artífices de esta adaptación no se ciñan a lo que ya ofreció décadas atrás, y de forma magistral, Laurence Olivier, y busquen la complicidad de las audiencias más jóvenes.

En la fotografía hay que destacar la viveza de los colores, en especial de ese rojo sangre que marca el reinado de Ricardo. Y no es que la música de Trevor Jones no sea más que correcta, al contrario, pero uno echa de menos a Patrick Doyle, o más bien, esa majestuosa inspiración de la que hizo gala este compositor en aquellos años.

Ricardo III puede presumir de disponer de uno de los mejores repartos que se han visto en la gran pantalla en el último cuarto de siglo. Lo encabeza un soberbio Ian McKellen… al que le voy a poner un defecto, pues le veo demasiado autoconsciente de esa grandeza que sin duda posee, y a veces (esos monólogos a la cámara) se recrea en exceso en sus habilidades. Por eso no le daría la nota máxima que creo que, globalmente, el elenco merece. Destacar a alguien, ya sea a una brillante Annette Bening, a un desvalido Nigel Hawthorne, a un intrigante Jim Carter, a un adulador Jim Broadbent o a un Robert Downey Jr. que, por muy perdido que llegara a estar en la vida, siempre fue un actor de primer nivel, sería injusto… salvo que hablemos de Maggie Smith, porque lo suyo es sublime. Créanme, estamos ante una de esas películas que toda persona que se plantee abrirse camino en el mundo de la interpretación debería ver bastantes veces.

En definitiva, una muy recomendable adaptación de una tragedia con todas las letras, muy entretenida y excelentemente interpretada. Aún hoy, la mejor película de Richard Loncraine. Y sí, en la historia ha habido, y sigue habiendo, muchos tiranos de la calaña del Ricardo de Gloucester descrito por Shakespeare. Por eso, porque la codicia, el ansia de poder y el resentimiento mueven muchos resortes en el ser humano, esta obra nunca dejará de tener vigencia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *