LÍNEA MORTAL

FLATLINERS. 1990. 111´. Color.

Dirección : Joel Schumacher; Guión: Peter Filardi; Director de fotografía: Jan De Bont;  Montaje: Robert Brown; Música: James Newton Howard;  Diseño de producción: Eugenio Zanetti;  Dirección artística: Jim Dultz; Producción: Rick Bieber y Michael Douglas, para Columbia Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Kiefer Sutherland (Nelson Wright); Julia Roberts (Rachel Mannus); Kevin Bacon (David Labraccio); William Baldwin (Joe Hurley); Oliver Platt (Randy Steckle); Kimberly Scott, Benjamin Mouton, Joshua Rudoy, Hope Davis, Jim Ortlieb, Susan French.

Sinopsis: Un grupo de estudiantes de medicina decide realizar unos experimentos para averiguar qué hay después de la muerte.

Joel Schumacher había obtenido un gran éxito con Jóvenes ocultos, film que jugaba con diversos clichés del cine de terror en clave juvenil ochentera. Siguiendo la misma senda, aunque con mayores pretensiones y una óptica más adulta, llegó Línea mortal, en la que el director se rodeó de algunos de los actores jóvenes más en boga en el Hollywood de entonces para dar forma a una obra que funcionó bien en taquilla y no terminó de complacer a la crítica especializada.

La historia del cine está repleta de películas que malogran interesantes puntos de partida, y un buen ejemplo de ello es Línea mortal, un film que, por tratar de las andanzas de varios jóvenes médicos que desafían a la muerte, podría haber dado lugar a algo mucho más parecido a Frankenstein que al inofensivo alegato buenista en el que se acaba convirtiendo por culpa de un guión que confirma que un libreto es mucho más que una sinopsis prometedora. Y eso que la cosa arranca bien, con esos planos de imágenes religiosas y el joven heredero de la tradición creada por Mary Shelley diciendo: “Hoy es un buen día para morir”. Este joven, en un notable ejercicio de vanidad, cree que la raza humana merece una respuesta a una de las preguntas que la inquietan desde la noche de los tiempos y arrastra a un puñado de compañeros para que le ayuden a dársela. Por ello, decide morir durante unos minutos, que sus compañeros le hagan revivir, y documentar todo el proceso. Todo muy sensato, es evidente. Pero he aquí que el experimento funciona, aunque el plácido tránsito hacia el más allá termina por convertirse en una pesadilla para Nelson, quien pone mucho empeño en ocultar el envés de su experimento a sus compañeros, que se apuntan gozosos al espectáculo en vista de lo que para ellos es un éxito rotundo. A partir de aquí, la película cae en una cuesta abajo de la que no llega a recuperarse.

Me permito decir que la Humanidad sabe desde hace muchos siglos qué hay después de la muerte. No es que no sepa la respuesta, es que le desagrada y prefiere no asumirla. Pero esto es Hollywood, aunque metamos a un ateo para despistar: aquí no hay filosofía, sino un batiburrillo pseudo-religioso a mayor diversión de la parte de la muchachada que se cree muy inteligente. Traumas del pasado, culpa y redención de andar por casa y una manifiesta incapacidad para mantener el interés despertado en las primeras escenas caracterizan toda la segunda mitad del film, que se ha quedado tan antiguo como los peinados de sus protagonistas masculinos.

Director con experiencia en el videoclip, inusitada querencia por las luces de neón y poseedor de un talento visual lastrado por su inclinación al efectismo vacuo, Schumacher filma de una forma que hace treinta años era muy moderna y que, por desgracia, ha marcado estilo en las posteriores generaciones de cineastas. La película juega a ser oscura, sombría y pesadillesca, y he de reconocer que las imágenes lo consiguen mejor que las palabras, gracias sobre todo a la excelente labor de Jan De Bont, por entonces el cameraman más solicitado en el cine estadounidense, y seguramente el que mejor captó las tendencias visuales de una época en la que triunfaba lo hortera, o, como dijo alguien con mucho acierto, la estética del nuevo rico. La música de James Newton Howard no es sobresaliente, pero, al contrario que a la película, a la partitura no le envilecen sus pretensiones de trascendencia.

En 1990, las cabezas pensantes de Hollywood ya sabían desde hace años que la fórmula del éxito es atraer a las salas al público adolescente. Los protagonistas de Línea mortal vinieron a ser los sucesores inmediatos del hatajo de mocosos al que Francis Ford Coppola dio la alternativa en Rebeldes. Kiefer Sutherland, que ya había trabajado a las órdenes de Schumacher, ha heredado algo del talento de su padre, pero desde luego no todo, y en esta película demuestra ambas cosas. A su lado encontramos a una Julia Roberts a punto de convertirse en la novia de América gracias al pelotazo de Pretty woman. Los motivos por los que Roberts ha llegado a ser una gran estrella de cine son para mí un absoluto misterio, pues siempre me ha parecido una actriz mediocre de belleza sosa, a la par que discutible. Su papel en Línea mortal deja al descubierto sus limitaciones dramáticas. Kevin Bacon, el mejor actor de cuantos intervienen en la película, lo demuestra en diferentes escenas, aunque le toca protagonizar una de las más ñoñas de todo el film. William Baldwin es, sencillamente, un actor escaso de calidad que ni siquiera consigue dar el pego en el rol de playboy de aspecto somnoliento, y Oliver Platt cumple bien, aunque tampoco es que su papel sea demasiado interesante.

Lo dicho: una película que empieza bien, que pudo haber sido bastante mejor, que ha envejecido mal y que defrauda las expectativas por buscar siempre las soluciones narrativas más facilonas. Joel Schumacher ha dirigido bodrios infumables, películas muy interesantes… y Línea mortal, que no es ni una cosa ni la otra, sino ambas a la vez.

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