IRRATIONAL MAN

IRRATIONAL MAN. 2015. 93´. Color.

Dirección : Woody Allen; Guión: Woody Allen; Dirección de fotografía: Darius Khondji; Montaje: Alisa Lapselter; Música: Miscelánea. Temas de Johann Sebastian Bach, Ramsey Lewis Trio, etc.; Diseño de producción: Santo Loquasto; Producción: Letty Aaronson, Stephen Tenembaum y Edward Walson, para Gravier Productions-Perdido Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Joaquin Phoenix (Abe Lucas); Emma Stone (Jill); Parker Posey (Rita Richards); Jamie Blackley (Roy); Ethan Phillips (Padre de Jill); Betsy Aidem (Madre de Jill); Sophie Von Haselberg (April); Susan Pourfar (Carol); Paula Plum, Robert Petkoff, Tamara Hickey, Tom Kemp, Kate McGonigle.

Sinopsis: Un profesor de Filosofía en aguda crisis existencial halla por pura casualidad una fuerte motivación para seguir viviendo.

Como era habitual antes de que cierta caza de brujas moderna que se disfraza de progresista se cebara con él, Woody Allen acudió a su cita anual con la cinefilia en 2015 llevando bajo el brazo Irrational man, fábula filosófico-criminal que ahonda en una temática ya tratada por el cineasta neoyorquino en films como Delitos y faltas, Match Point y El sueño de Casandra. La crítica valoró la película como una obra menor, y esta vez no fue del todo desencaminada.

El colocar como protagonista a un profesor de Filosofía da pie a Allen para volcar en esta obra, de marcado tono negro, buena parte de su misantropía y de su visión pesimista de la existencia. No obstante, al ver la película me queda la sensación de que los conocimientos de Allen sobre la materia no son demasiado profundos. Eso no significa que Irrational man no sea prolija en ideas susceptibles de hacer reflexionar al espectador; lo que quiero decir es que no se percibe un conocimiento enciclopédico de las ideas de los grandes pensadores de la Historia. Y, por cierto, me parece muy extraño que, teniendo en cuenta de lo que trata la película, ni siquiera se cite a Nietzsche en ella.

El crimen perfecto, sus causas y sus consecuencias son temas de singular riqueza intelectual, aunque opino que, con una sola y genial novela, Dostoievski agotó la práctica totalidad de las posibilidades intelectuales de la cuestión. Está claro que Woody Allen no piensa lo mismo, porque ha tratado ese asunto en varias oportunidades, si bien nunca de la magistral manera con la que lo hizo por primera vez. Aquí, tenemos a un idealista sumido en el desencanto más absoluto, en un hombre al que la acumulación de hechos traumáticos ha convertido en un muerto en vida, en alguien incapaz de encontrar sentido a su existencia. Reclutado por una universidad para impartir un seminario veraniego, el profesor despierta la atención de una de sus alumnas más despiertas, y también la de una profesora madura e infeliz en su matrimonio. Nada de eso saca a Abe, que así se llama el catedrático, de su hastío vital. Sí lo hace una conversación oída por casualidad en una cafetería, en la que una mujer destrozada explica cómo está a punto de perder la custodia de sus hijos por culpa de un juez corrupto. Abe decide ayudar a la desconocida del modo más radical, y con ello recupera el amor a la vida. Sin embargo, no hay crimen perfecto, sino gente imperfecta dedicada a esclarecerlo…

Una vez más, Allen presenta un film más interesante por lo que plantea que por cómo lo resuelve. La realización es rutinaria, plana, lejos de pasados esplendores. El piano de Ramsey Lewis me parece el más destacable de los elementos extraliterarios de la película, y eso no dice mucho del resto de apartados técnicos, en los que hay tanta aplicación como poco gancho. Por otra parte, el modo de resolver la ecuación hastío-redención a través del crimen-ausencia de remordimiento me parece torpe, una imitación de Hitchcock (que es el gran referente de Allen en esta película) no demasiado certera. No es que muchas de las grandes obras del genio londinense sean relojes de precisión narrativos, pero en ellas hay una atmósfera y un talento visual que aquí no encuentro. Y no es que falten elementos capaces de fascinar al espectador, ni una negra y valiente forma de plasmarlos en el guión. Tenemos a un hombre que ha sufrido mucho y al que, analizando su existencia con objetividad, no le faltan motivos para la desesperación. De todos ellos, el decisivo, el que de verdad le desasosiega, es la consciencia de su insignificancia, el ver que ni sus libros, ni sus múltiples acciones humanitarias han mejorado un ápice la situación del mundo. Por eso, es la emoción de asesinar a alguien que utiliza su poder para hacer el mal (es decir, de alguien que haría del planeta un lugar mejor simplemente muriéndose) la que le resucita. No el ser deseado/amado por una atractiva profesora y por una alumna bella e inteligente porque… ¿en qué mejora eso el mundo a nivel global? El amor/sexo es la más interesante de las formas de la nada, parece decirnos Allen. El hecho de que la recuperación del apetito sexual por parte de Abe sea posterior al surgimiento de sus planes homicidas deja esto bastante claro, según creo. Ahora bien: ¿podrá el hombre que encuentra la redención saltándose uno de los límites más estrictos de la moral burguesa (y que parece haber interiorizado un libro que no cita: La genealogía de la moral) conseguir que su crimen purificador no sea descubierto? La paradoja es que para ello necesitaría una perfección en el raciocinio y la ejecución que su propia irracionalidad le niega.

No creo que Abe Lucas sea la mejor creación criminal de Allen (ese puesto queda para el doctor Judah Rosenthal, con diferencia), pero sí que el actor que lo interpreta, Joaquin Phoenix, ya convertido por méritos propios en el desequilibrado mental por excelencia del cine estadounidense, hace un trabajo excelente. Emma Stone es una gran actriz, pero creo que en otras películas reseñadas en este blog, comenzando por su anterior película a las órdenes de Woody Allen, está más inspirada, aunque tal vez parte de la responsabilidad sea del propio director, mucho más interesado en el perfil psicológico de Abe que en el resto. Bien Parker Posey, y algo menos un Jamie Blackley tan soso como su personaje.

Un Allen menor, sí, pero no un film menor, pese a sus imperfecciones y al autoplagio.

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