LA TETA Y LA LUNA

LA TETA Y LA LUNA. 1994. 90´. Color.

Dirección: Bigas Luna; Guión: Cuca Canals y Bigas Luna; Dirección de fotografía: José Luis Alcaine; Montaje: Carmen Frías; Música: Nicola Piovani; Diseño de producción: Aimé Deudé; Producción: Andrés Vicente Gómez, para Lolafilms- Hugo Films-Sogepaq (España-Francia).

Intérpretes: Biel Durán (Tete); Mathilda May (Estrellita); Gérard Darmon (Maurice); Miguel Poveda (Miguel); Abel Folk (El padre); Laura Mañá (La madre); Genís Sánchez (Stallone); Xavier Massé (El abuelo); Xus Estruch, Jane Harvey, Victoria Lepori, Vanessa Isbert.

Sinopsis: Un niño, que se siente abandonado por su madre debido a la llegada de un hermano, busca a una mujer que sustituya a su progenitora y le amamante. La encuentra en la figura de una bella bailarina francesa.

Después del éxito comercial, que no de crítica, obtenido con la adaptación cinematográfica de Las edades de Lulú, Bigas Luna se embarcó en la denominada trilogía ibérica, intento del director de mostrar, a su personalísimo modo, los usos y costumbres de este extraño rincón del mundo. El primer lado del triángulo, Jamón jamón, triunfó en las taquillas y sigue siendo una de las películas más celebradas de Bigas Luna, pero esa acogida no se repitió con las obras posteriores. En La teta y la luna, film que cierra la trilogía y en el que el cineasta barcelonés incluyó diversos elementos autobiográficos, el director se centra en su patria chica, Cataluña, con resultados tan irregulares como los de casi toda su filmografía.

El guión navega por el siempre difícil territorio de los adultos jugando a volver a ser niños, pues el relato está narrado en primera persona por una criatura de nueve años. Hablamos de Bigas Luna, así que lo que el espectador se va a encontrar es una película de iniciación bastante sui generis, en la que el niño, anxaneta de una colla castellera y celoso de su hermano recién venido al mundo, trata de reencauzar su complejo de Edipo en otra teta, pues la de su madre está íntegramente destinada a la alimentación del bebé. Incluso en un territorio habitado por una mayoría aplastante de individuos sexualmente reprimidos como Cataluña, la obsesión por los pechos femeninos daría para varias películas, por lo que no es de extrañar que un erotómano como Bigas Luna haga girar la suya alrededor de ella. La luna hace caso al chico y le envía la teta perfecta, perteneciente a una hembra que apenas lo es menos. Esa mujer, una bailarina llegada de Francia, ama a un hombre mucho mayor que ella, que se ha hecho un hueco en el mundo del espectáculo gracias a su enorme habilidad para tirarse pedos, y enamora hasta el tuétano a Miguel, un joven electricista charnego que canta flamenco de maravilla. Por todo ello, al niño no le será fácil conseguir la teta perfecta en exclusiva.

Bigas Luna sitúa la acción en un pueblo cualquiera de la Cataluña interior, y se diría que plantea una visión romántica de algo esencialmente nocivo como el apego al terruño, aunque por otro lado ejerce de barcelonés y presenta al català de poble, simbolizado por el padre del niño protagonista, como al ser primario, limitado de entendederas y marcado a fuego por la testosterona que, con escasas excepciones, es. Siempre entre lo lírico y lo escatológico, Luna plantea una película mucho más interesante en su arranque que en su conclusión, marcada por la presencia de escenas reiterativas. Si tenemos en cuenta que todos y cada uno de los personajes principales son, en esencia, símbolos, no hay nada en ellos en el último tercio de la película que enriquezca la narración o le aporte nuevos elementos de interés. Y es una lástima, porque el film, con sus excentricidades de corte felliniano, su tino a la hora de mostrar que sexualidad y raciocinio se llevan fatal y su manera de dar cobijo a lo poético y lo vulgar (los pedos lo son, pero ojalá dedicáramos los mismos esfuerzos a eliminar la estupidez que los que empleamos en hacer ver que la vulgaridad nos es ajena), posee no pocas virtudes, y algunas escenas muy bellas, hasta que se pierde dando vueltas sobre sí mismo. Al final, lo que más brilla es la fotografía de José Luis Alcaine, bajo cuyos focos la luna parece más luna, así como la juguetona partitura musical de Nicola Piovani.

Bigas Luna nunca me pareció un gran director de actores, amén de que su forma de escoger a los intérpretes de sus películas es, cuanto menos, curiosa. Aquí, lo más destacable es que lo peor a nivel interpretativo no es el niño, pues Biel Durán, que con los años se ha labrado una carrera como actor bastante digna, cumple con creces con su rol. Mathilda May, actriz de carrera internacional y por entonces en el esplendor de su belleza, es quien merece la mejor nota de todo el reparto, pues Gérard Darmon se limita a cumplir en un papel más interesante a priori que sobre el terreno, y Miguel Poveda deja claro que hizo bien aparcando el cine y dedicándose a ser el formidable cantaor que es desde hace varios lustros. Correcto, a secas, Abel Folk en el rol de paleto nostrat, y desaprovechados Laura Mañá y Xavier Massé en papeles que podrían haber dado más de sí.

Director capaz de alternar lo brillante y lo bochornoso en escenas contiguas, Bigas Luna nos ofreció aquí un film que pudo haber sido notable y se malogra por su reiterativo tercio final. No siempre la voluntad de estilo y el raro hecho de poseer un universo propio se traducen en resultados excelsos.

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