DÉJAME SALIR

GET OUT. 2017. 103´. Color.

Dirección : Jordan Peele; Guión: Jordan Peele; Dirección de fotografía: Toby Oliver; Montaje: Gregory Plotkin; Música: Michael Abels; Diseño de producción: Rusty Smith; Dirección artística: Chris Craine; Producción: Jason Blum, Edward H. Hamm, Jr., Jordan Peele y Sean McKittrick para Universal Pictures (EE.UU.)

Intérpretes: Daniel Kaluuya (Chris Washington); Allison Williams (Rose Armitage); Catherine Keener  (Missy Armitage); Bradley Whitford (Dean Armitage); Caleb Landry Jones (Jeremy Armitage); Marcus Henderson (Walter); Betty Gabriel (Georgina); Keith Stanfield (Andre); Stephen Root (Jim Hudson); Lil Rel Howery (Rod Williams); Ashley LeConte Campbell, John Wilmot, Karen Larkey, Julie Ann Doan, Erika Alexander, Rutherford Cravens, Geraldine Singer, Yasuhiko Oyama, Richard Herd.

Sinopsis: Un joven negro viaja a conocer a los padres de su novia, una choca blanca de familia rica. Lo que empieza siendo un típico encuentro familiar degenera en una espiral de sucesos inquietantes.

Déjame salir supuso el paso a la dirección de largometrajes de un cómico estadounidense poco conocido por estos lares, Jordan Peele, que decidió trasladar por sí mismo a la gran pantalla un guión propio que cabalgaba entre el thriller terrorífico y el film de denuncia racial. La operación se saldó con un rotundo éxito, pues la película obtuvo un sinfín de reconocimientos, entre ellos un Óscar al mejor guión original para su máximo artífice, además de un beneplácito casi unánime por parte de la crítica y una buena respuesta de la taquilla.

Que una película se beneficie de lo que denuncia demuestra que su creador es un tipo inteligente. Peele confirma esta presunción gracias a su habilidad para jugar con elementos escasamente originales y crear un producto que funciona muy bien como filme de género y como alegato contra unos prejuicios raciales demasiado presentes todavía, incluso en las sociedades más avanzadas, sin ser en sentido estricto ni una cosa, ni la otra. Que un idílico y urbanita romance interracial se transforme, una vez el novio acuda a terreno enemigo para superar el doloroso trance de ser presentado a sus futuros suegros, en un infierno sin salida aparente ha dado lugar a diversas comedias, en general poco logradas, y a algún experimento más adulto aunque no demasiado memorable. Jordan Peele, que se revela como un talentoso guionista y un director competente, juega con no pocos estereotipos del cine de terror (una mansión aislada, un sinfín de elementos inquietantes -el constante repiqueteo de la cucharilla contra la taza de té, las agujas de un reloj que suena cada segundo, dos criados de apariencia normal y comportamientos sospechosos-…) y sumerge a su protagonista en una atmósfera de tensión que, centrada en lo racial, acaba por ir más allá. Aunque asumo que un hombre negro pueda tener una opinión distinta al respecto, entiendo que, en las sociedades occidentales contemporáneas, el color de la piel es sólo un agravante para quienes (y esto es lo que hace el sufrido protagonista, Chris Washington) se montan en el ascensor social y pulsan, con la mejor de sus intenciones, el botón de “subir”. En otras palabras: en toda sociedad, en tanto que estructura piramidal, existe una clase dominante, por razón de su origen, que acapara el poder económico y político. Los miembros de esos selectos clanes utilizan en su beneficio las ganas que tenemos los plebeyos de acceder a sus exclusivos círculos, y la rueda del mundo sigue girando más o menos igual que siempre, porque esos plebeyos son, a la par que sustituibles, tolerados por los seres superiores en tanto les resultan útiles. Volviendo a la cuestión racial, que es la manera que se utiliza en la película para abordar este asunto, Jordan Peele acierta en algo fundamental: que la tolerancia es una capa de barniz, más o menos espesa según los individuos y lo que las modas de lo socialmente tolerable marcan en cada época, pero que nuestra naturaleza, nuestro yo interior, nos dice otra cosa: que rechacemos al elemento extraño, a quien no forma parte. Todo lo que en la película cuelga de esta premisa raya a una altura sobresaliente.

Ahora bien, esto se quedaría en algo más lúcido que divertido si la película no funcionara como historia de terror. Aquí, el director no duda en recurrir a los típicos sustos creados desde la banda sonora, a los traumas de la infancia, a la hipnosis y a las apariciones inesperadas de personajes en la oscuridad, pero esta sucesión de tópicos ayuda a mantener el interés del espectador y le lleva en volandas hacia un final que no termina, pese a algunos momentos brillantes, de colmar las expectativas creadas. Todo el ingenio que hay a la hora de ir revelando la tenebrosa realidad en la que se ha metido el protagonista se echa en falta a la hora de narrar su sangrienta huida. En este punto, la película no es superior a cualquiera medianamente decente del género, y eso, después de lo visto, sabe a poco.

En el apartado visual, Jordan Peele se muestra como un cineasta aplicado, que sabe mover la cámara con soltura y procura no enredarse con soluciones técnicas demasiado complejas. Las conversaciones entre los personajes, casi siempre muy inteligentes, se muestran a través del típico plano-contraplano, y a la hora de aprovechar las posibilidades de ese reducido espacio en el que transcurre la acción se nota que Peele no es Polanski, pero el neoyorquino supera la prueba con un aprobado bastante alto, en el que también tiene que ver la labor de Toby Oliver, un director de fotografía hasta ahora desconocido para mí.

De un actor que se pasa a la dirección se espera que consiga sacar lo mejor del reparto, y Jordan Peele, que se apoya en unos actores muy poco conocidos para el gran público, no decepciona en este aspecto. Destacan el principal protagonista, Daniel Kaluuya, que desde la sobriedad es capaz de transmitir el abanico de emociones que debe mostrar su personaje, y una brillante y malévola Catherine Keener. El trabajo de Allison Williams me deja con la sensación de que su personaje daba para más, mientras que al joven Caleb Landry Jones le veo, por el contrario, algo pasado de vueltas. Bradley Whitford consigue una interpretación muy lograda, según mi parecer, y en Betty Gabriel veo a una actriz con bastantes posibilidades. En cambio, a Lil Rel Howery, que interpreta al mejor amigo (y Pepito Grillo) del protagonista, no creo que le veamos nunca en mi lista de actores favoritos, sin que ello signifique que su trabajo aquí no me parezca correcto.

Déjame salir no es una obra maestra, pero en sus mejores momentos llega a parecérsele bastante. Un último apunte: me parece una película a la que los modernos guardianes de la virtud podrían calificar de misógina, así que gracias también a Jordan Peele por poner a los apóstoles de la correción política ante una encrucijada insoluble. Veremos hacia dónde es capaz de llevar este director el talento que en su ópera prima ha demostrado poseer.

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