REMANDO AL VIENTO

REMANDO AL VIENTO/ ROWING WITH THE WIND. 1988. 93´. Color.

Dirección: Gonzalo Suárez; Guión: Gonzalo Suárez; Dirección de fotografía: Carlos Suárez; Montaje: José Salcedo; Música: Alejandro Massó; Diseño de producción: Wolfgang Burmann; Producción: Andrés Vicente Gómez, para Iberoamericana-Ditirambo Films-Viking Films (España-Noruega)

Intérpretes: Hugh Grant (Lord Byron); Lizzy McInnerny  (Mary Shelley); Valentine Pelka (Percy Shelley); Elizabeth Hurley (Claire Clairmont); José Luis Gómez (Polidori); Ronan Vibert (Fletcher); Virginia Mataix (Elisa); José Carlos Rivas (Monstruo); Jolyon Baker (Edward Williams); Terence Taplin (Godwin); Kate McKenzie (Jane Williams); Karen Westwood (Fanny); Josep Maria Pou, Bibi Andersen, Aitana Sánchez-Gijón, Miguel Picazo.

Sinopsis: La escritora Mary Shelley rememora sus pasadas vivencias, íntimamente relacionadas con su más célebre creación, Frankenstein, durante un viaje por el Ártico.

De Gonzalo Suárez siempre se ha dicho que es un literato que con frecuencia se viste de cineasta, y bajo el tópico, como suele suceder, se esconde no poca verdad. Su irregular filmografía, que en general ha apostado más por lo intelectual que por lo popular, abarca varias décadas con la literatura como eje fundamental. No es de extrañar, por ello, su interés por los grandes nombres del romanticismo decimonónico británico, germen de Remando al viento, una de las mejores películas de Suárez y, sin duda, la más galardonada de todas ellas, pues obtuvo seis premios Goya, entre ellos el de mejor dirección.

Película muy poco española tanto por los hechos narrados como por las localizaciones, a lo que hay que sumar que su reparto está encabezado por actores ingleses, su punto de partida son los recuerdos de Mary Shelley, mujer de ideas muy avanzadas para su época que alcanzó la celebridad gracias a una novela, Frankenstein, sobre la que Suárez hace girar su historia en un doble sentido: por un lado, recreando el conocido episodio de su concepción, en una villa suiza en la que residió durante unos meses junto a su marido, el poeta Percy Shelley, el médico y escritor John Polidori y el mismísimo Lord Byron, quienes eran, por su talento y modo de vida, algo así como las estrellas del rock de su época; en un segundo plano que de forma progresiva va adueñándose de la narración, Suárez se vale de uno de sus habituales ejercicios metaliterarios para explicar cómo la propia escritora ve a su más célebre criatura literaria como la plasmación de una relación con la muerte que marcó su vida desde su mismo comienzo, pues su madre falleció al dar a luz a la futura narradora, que también perdió a tres de sus cuatro hijos a edades muy tempranas y enviudó de Percy Shelley pocos años después de su matrimonio… que tuvo lugar una vez se supo que la esposa legal de Shelley se había suicidado.

Suárez se toma muchas licencias respecto a los hechos históricos (por ejemplo, la figura de Polidori apenas se ajusta a la realidad en cuanto al desprecio que Byron sentía hacia él como literato), pero construye una narración muy bien hilvanada que demuestra que su conocimiento del romanticismo como corriente literaria dominante en las primeras décadas del siglo XIX no es precisamente superficial. El film se estructura como un largo flashback, que culmina con la muerte de Percy Shelley en las aguas de la costa italiana. Suárez siempre fue un director frío, y ni siquiera en una narración sobre personajes de acciones tan arrebatadas se desprende de esa característica intrínseca a su cine. Esto perjudica al relato, ambicioso pero falto de un fuego que estaba muy presente en la vida y la obra de sus protagonistas.

Se trata de una película oscura, salvo en algunas de las escenas ambientadas en Italia, en cuya fotografía y encuadres se perciben claras influencias de la pintura romántica. Paisajes helados, mares embravecidos (el agua, y el propio monstruo de Frankenstein, actúan como ejecutora y precursor de varias de las muertes que acontecen en la película) e interiores sombríos marcan una puesta en escena cuidada y llena de esa elegancia decadente tan propia de la época. Se utilizan de forma adecuada diversas obras de Paganini o Beethoven, que contribuyen a crear una atmósfera turbia, en la que los personajes miran cara a cara a la muerte, desafiándola con frecuencia aun sabiendo que, para ella, nada es un juego.

El muy cosmopolita reparto está encabezado, como ya se ha dicho, por actores británicos. Lizzy McInnerny, actriz que ha desarrollado la práctica totalidad de su carrera en la televisión, interpreta de forma más que convincente a una Mary Shelley enérgica y atormentada. Hugh Grant siempre me ha parecido un actor blando e insípido, y ni siquiera en la piel de un personaje como Lord Byron, que es un caramelo para cualquier actor, logra hacerme cambiar de idea. Tampoco se luce especialmente Valentine Pelka, que da vida a Percy Shelley. Una de las curiosidades de la película radica en ver a una casi debutante Elizabeth Hurley antes de que eligiera ser una celebridad antes que una actriz, decisión en la que aprecio no poca inteligencia. Destacable José Luis Gómez como el intrigante doctor Polidori, y muy bien Terence Taplin como Godwin, el padre de Mary Shelley. En roles más secundarios, encontramos a un desaprovechado Josep Maria Pou en el papel de un funcionario de aduanas, y a una Aitana Sánchez-Gijón cuyo talento empezaba a emerger.

Remando al viento permanece como la mejor película de Gonzalo Suárez porque en ella lo literario complementa, más que solapa, lo cinematográfico, por su inteligencia narrativa y por la belleza de muchas de sus imágenes. Falta eso que los flamencos llaman duende, pero aun así estamos ante una película notable.

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