¡MADRE!

MOTHER! 2017. 118´. Color.

Dirección : Darren Aronofsky; Guión: Darren Aronofsky; Dirección de fotografía: Matthew Libatique; Montaje: Andrew Weisblum; Diseño de producción: Philip Messina; Dirección artística: Isabelle Guay (Supervisión); Producción: Ari Handel y Scott Franklin, para Protozoa Pictures-Paramount Pictures (EE.UU.)

Intérpretes: Jennifer Lawrence (Madre); Javier Bardem (Él); Ed Harris  (Primer visitante); Michelle Pfeiffer (Mujer); Domhnall Gleeson (Hermano mayor); Brian Gleeson (Hermano menor); Kristen Wiig (Editora); Jovan Adepo, Amanda Chiu, Patricia Summersett, Eric Davis, Raphael Grosz-Harvey, Emily Hampshire, Laurence Leboeuf, Abraham Aronofsky, Luis Oliva, Stephanie Ng Wan, Chris Gartin, Stephen McHattie, Ambrosio De Luca, Gregg Bello, Arthur Holden, Henry Kwok, Alex Bisping.

Sinopsis: Un escritor en pleno vacío creativo y su joven esposa viven una existencia aparentemente idílica en una solitaria casa de campo. La llegada de un hombre, que dice ser médico, modifica el estado de cosas de forma irreversible.

Tras el tropiezo que supuso Noé para su carrera, Darren Aronofsky hizo lo que no haría cualquiera: continuar en la misma línea con su siguiente trabajo, Mother!, un inclasificable drama de notorias reminiscencias bíblicas que creó una gran controversia en el momento de su estreno y volvió a demostrar que Aronofsky es uno de esos cineastas capaces de generar pasiones encontradas entre la cinefilia.

De entrada, opino que hay que agradecerle a Aronofsky su valiente y arriesgada propuesta, máxime en una época en la que lo más complejo que suele ofrecer el cine manufacturado en Hollywood es el carácter algo turbio de un tipo con superpoderes y vestido con un traje ridículo. En este momento, considero que la pretenciosidad en un director de cine es más una virtud que un defecto aunque, como es el caso, los resultados no alcancen la grandeza buscada. Porque lo que pretende Aronosfsky no es moco de pavo: explicar la historia de la humanidad, observada desde una perspectiva actual, en un film de dos horas, y tomando como punto de partida el libro más leído de todos los tiempos. Porque lo que vemos, como ya se nos ha contado más de una vez, es el Génesis: tenemos el Paraíso, tenemos al Creador, tenemos a la Madre Tierra… y tenemos una criatura defectuosa que viene a joderlo todo. Hay una misantropía muy poco disimulada en la visión del mundo que proyecta Aronofsky, lo que acredita la inteligencia de este director. Véase, por ejemplo, el contraste entre la belleza entre el propio acto de crear vida y la forma tan sucia y caótica en que finalmente ese acto tiene lugar, al margen de la agria forma en la que se nos muestra en qué se convierten esas vidas aparentemente sagradas e inocentes con el paso de los años o, por decirlo de otra manera, la amargura que se trasluce al ilustrar los efectos del “creced y multiplicaos”.

En la primera parte de la película, las alusiones bíblicas son más evidentes, por cuanto todos conocen la historia de Adán y Eva. Después de la primera catarsis, consecuencia de la tragedia de Caín y Abel, y del interludio que supone el propio acto de creación, la conclusión es clara: entre la Tierra y los hombres, el Creador ha escogido a éstos; la consecuencia de ello es el caos más absoluto, ese en el que, de una manera más o menos consciente, vivimos cada día. Aronofsky equipara la creación en sentido absoluto con la de la obra artística, pues el artista no es otra cosa que el Dios de su obra. El papel otorgado a la madre no es otro que el de la abnegación y el sacrificio, concepción que, en cierto modo, emparenta esta película con el grueso de la obra de otro cineasta tan brillante como controvertido: Lars Von Trier. Puede decirse que el Creador opera en círculos (y, por tanto, su pesar ante la destrucción de su obra se ve muy atenuada a causa de su propia capacidad de crear), y que el devenir de la Tierra y de sus millones de pequeños, salvajes, perversos, insaciables y codiciosos pobladores, se desarrolla en línea. Y esta historia está cerca del final, nos dice Aronofsky de una forma harto explícita.

El enfoque narrativo y filosófico de la película me parecen, en gran parte, muy acertados. No puedo decir lo mismo del apartado visual, que malogra más que aporta. Pienso que los primeros planos funcionan muy bien como recurso puntual, pero utilizarlos de una manera tan abusiva como hace Aronofsky, de quien ya sabemos que además es un director de cámara inquieta, incluso febril por momentos, no tarda en resultar cargante. Amigo del exceso, tal vez el director hubiera debido pensar que una historia como la que quiere contar llegaría mejor al público si se explicara con mayor sobriedad en la puesta en escena y menos tics efectistas. La no presencia de la música, una de las cosas que me impiden desear la aniquilación de toda mi especie, es una opción que respeto aunque puedo no compartir, pero la fotografía es mejorable, teniendo en cuenta que la búsqueda del impacto visual no queda precisamente en segundo plano. En cambio, el montaje sí me parece acertado, y denota una clara visión de lo que se quiere contar. La manera de contarlo es el talón de Aquiles de esta película.

Jennifer Lawrence, actriz dotada de talento y belleza pero demasiado aficionada a protagonizar bodrios, realiza aquí su mejor trabajo interpretativo hasta la fecha: el rodaje no debió de ser fácil para ella, por cuanto su papel es muy exigente, pero el resultado es muy satisfactorio. Ella es capaz de hacernos partícipes de la luz, de la perplejidad, del miedo y de la rabia que ha de mostrar su personaje, así que su trabajo merece una nota muy alta. A similares parabienes se hace acreedor un Javier Bardem que casi vocaliza mejor en inglés que en español: actor de raza, Bardem vuelve a brillar en una película de verdad como no lo había hecho en más de un lustro. Muy bien, como casi siempre, un Ed Harris en el papel de desastrado Adán, y en la misma línea una Michelle Pfeiffer a la que la cirugía ha estropeado su bello rostro. El resto de los actores apenas tiene presencia, salvo los hermanos Gleeson y una eficaz Kristen Wiig.

“El libre albedrío nos hará desaparecer”, podría ser la moraleja de Mother!, una película que no deja indiferente a nadie. En mi caso, aplaudo la propuesta y aplaudo el resultado, aunque alguien debería decirle a Aronofsky que, cuando se tiene algo interesante que contar, casi siempre funciona mejor la templanza.

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