EL CLUB

EL CLUB. 2015. 94´. Color.

Dirección: Pablo Larraín; Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín y Daniel Villalobos; Dirección de fotografía: Sergio Armstrong; Montaje: Sebastián Sepúlveda; Música: Carlos Cabezas; Dirección artística: Estefanía Larraín; Producción: Juan De Dios Larraín y Pablo Larraín, para Fábula Films (Chile)

Intérpretes: Alfredo Castro (Padre Vidal); Roberto Farías (Sandokan); Antonia Zegers (Hermana Mónica); Marcelo Alonso (Padre García); Jaime Vadell (Padre Silva); Alejandro Goic (Padre Ortega); Alejandro Sieveking (Padre Ramírez); Francisco Reyes (Padre Alfonso); José Soza (Padre Lazcano); Diego Muñoz, Gonzalo Valenzuela, Catalina Pulido, Paola Lattus, Gio Fonseca.

Sinopsis: Cuatro sacerdotes viven en una solitaria casa de un remoto paraje chileno tras haber sido apartados por la Iglesia a causa de sus comportamientos pasados. La llegada de un quinto clérigo, contra el que existen acusaciones muy graves, provocará el regreso de antiguos fantasmas.

El club fue la película que afianzó la carrera internacional del cineasta chileno Pablo Larraín, gracias a la fantástica acogida que tuvo el film en la Berlinale, donde logró el Gran Premio del Jurado. El éxito de este drama duro, aunque no exento de humor negro, le abrió a Larraín las puertas del mercado estadounidense, siempre atento a las nuevas hornadas de directores a reclutar.

Lo que le propone Larraín al espectador es un viaje por el lado más terrible del alma humana, aquí representado por un grupo de siervos del Señor para quienes nunca habrá un infierno lo bastante cruel. Las personas informadas ya saben lo que van a encontrar: abusos sexuales y violaciones cuyas víctimas son siempre menores indefensos, robos de niños, apoyo activo a las torturas y los asesinatos políticos… los protagonistas cometieron esos crímenes en el pasado, y por ello la Iglesia católica, tan proclive a ocultar sus fechorías bajo la alfombra, decidió recluirles en una casa situada en mitad de ninguna parte, es decir, en las afueras de una pequeña población costera chilena. Les acompaña una monja, mitad carcelera, mitad sirvienta. Nadie les molesta: comen, beben, rezan, ven la televisión e incluso se lucran con las victorias de un galgo a quien adiestran para ganar carreras. Sin embargo, cuando un quinto desterrado llega a la casa, todo cambia, porque su presencia atrae a una presunta víctima, no precisamente discreta a la hora de airear los abusos que contra él cometió el nuevo huésped. Ocurre la tragedia, y un joven sacerdote llega al lugar para conocer las causas de lo sucedido.

No por casualidad, la película comienza con una cita del Génesis: “Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas”. En adelante, sólo veremos oscuridad: la de una casa donde habita el horror, la de un cielo eternamente gris, la de unos personajes cuya teórica misión consiste en hacer penitencia, algo imposible por cuanto en su interior no anida el más mínimo atisbo de culpa. Lo más repulsivo de un film que busca provocar ese sentimiento en el público no es el cúmulo de maldades que cometieron los personajes (y que vuelven a cometer en cuanto su impunidad se ve amenazada), sino su total ausencia de arrepentimiento. Sus plegarias no son más que fórmulas vacías e hipócritas que repiten por pura inercia: son tan insinceras como inútiles.

Muchas personas han visto ecos del cine de Michael Haneke en El club, aunque la mirada de Larraín está lejos de la frialdad casi clínica que caracteriza al director austríaco. Para mi gusto, la huella más visible es la del Pasolini de Pocilga y Salò, por el estilo visual áspero y por el indiscutible espíritu de denuncia que anida en una película en la que ni uno solo de los personajes merecería esquivar el fuego eterno. Tampoco los que no forman parte del clero (los surfistas, seres superficiales, y los criadores de perros, unas bestias irreflexivas) ni, desde luego, el padre García, ese psicólogo que representa a la nueva Iglesia que nos quieren vender desde que se inició el pontificado de Bergoglio y cuyo espíritu redentor no es, en el fondo, más que cosmética: entre el castigo ejemplar y la salida a la luz de lo que ocurre, el joven sacerdote también escoge las tinieblas…

La oscuridad del conjunto está presente en el muy buñueliano sentido del humor, perceptible sobre todo en las escenas finales; también en una fotografía deliberadamente borrosa, en una música escogida para intensificar el drama e incluso, para el espectador español, en unos diálogos en ocasiones difíciles de seguir por las diferencias entre nuestra forma de hablar el castellano y la utilizada en el Cono Sur. No obstante, lo esencial se entiende a la perfección: véanse los interrogatorios que el padre García realiza por separado a cada uno de los habitantes de la casa; en ellos, encontramos la maldad en estado puro, la de unos seres virtuosos en el arte del autoengaño e incapaces de verse a sí mismos como los delincuentes que realmente son. La escena en la que uno de los curitas justifica los robos de niños en los que participó me parece inmejorable.

La labor del reparto es, en general, eficaz. En concreto, la manera en la que Antonia Zegers es capaz de mostrar la maldad que puede esconderse detrás de una sonrisa devota haría las delicias del gran Christopher Hitchens, uno de los pocos seres que supo hallar la verdadera naturaleza de cierto demonio albanés. Los trabajos de Alejandro Goic y Alfredo Castro me parecen igualmente destacables, estando el resto de intérpretes un escalón por debajo de los mencionados.

El club no es, ni por asomo, una película fácil de ver. Por lo que cuenta, y por lo que deja a la imaginación del espectador. Con todo, me parece una excelente obra cinematográfica, intensa, claustrofóbica, enérgica, cruda y con voluntad de estilo. De altos vuelos.

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