VIERNES 13

FRIDAY THE 13 TH. 1980. 92´. Color.

Dirección: Sean S. Cunningham; Guión: Victor Miller; Dirección de fotografía: Barry Abrams;  Montaje: Bill Freda; Música: Harry Manfredini; Diseño de producción: Virginia Field; Producción: Sean S. Cunningham, para Sean S. Cunningham Productions-Paramount Pictures-Warner Bros. (EE.UU).

Intérpretes: Betsy Palmer (Mrs. Voorhees); Adrienne King (Alice); Jeannine Taylor (Marcie); Robbi Morgan (Annie); Kevin Bacon (Jack); Harry Crosby (Bill); Laurie Bartram (Brenda); Mark Nelson (Ned); Peter Brower (Steve Christy); Rex Everhart (Camionero); Walt Gorney (Ralph); Ronn Carroll, Ron Millkie, Willie Adams, Debra S. Hayes, Sally Anne Golden, Ari Lehman.

Sinopsis: Un grupo de jóvenes monitores llega a un campamento que va a ser reinaugurado, muchos años después de su clausura a causa de una sangrienta tragedia.

Viernes 13 ocupa, en mi opinión, un lugar destacado en la galería de éxitos cinematográficos difíciles de explicar. Este hito adolescente del subgénero slasher fue la gallina de los huevos de oro para Sean S. Cunningham, un cineasta mediocre que ni antes ni después dirigió un film estimable… ni falta que le hizo: Viernes 13 arrasó en las taquillas de medio mundo y marcó el punto de partida para una franquicia cinematográfica de escasa calidad e indiscutible tirón comercial.

Por aquello de ir dejando claros los conceptos, Viernes 13 es un poco distinguido híbrido entre Psicosis y La noche de Halloween, protagonizado por adolescentes y destinado a ese público quinceañero que va (o iba) al cine con la sana intención de darse el lote entre susto y susto. En el guión es complicado encontrar algún elemento mínimamente original: lo del lugar maldito en mitad de la nada al que van a parar unos muchachos despistados ya estaba muy visto en 1980, y la idea de no mostrar al asesino hasta la parte final del film, confiando todo el efecto terrorífico anterior a la cámara subjetiva, ya fue explotada con mucha mayor maestría por Jacques Tourneur en La mujer pantera allá por los años 40 (y, ni que decir tiene, por Steven Spielberg en Tiburón). Además, no hablamos de una película que haya envejecido demasiado bien, por la endeblez de su guión y porque, a la hora de mostrar los asesinatos, juega la carta del efectismo, la cual es obvio que funcionó en su época, mucho más discreta a la hora de obsequiar con sangre y vísceras al espectador, pero que hoy, con lo que ya hemos visto, no impresiona en absoluto.

Ojo, la película no es torpe en cuestiones técnicas, lo que la diferencia del sinfín de subproductos similares que por aquel entonces intentaron, casi siempre sin éxito, llegar a lo que Cunningham sí consiguió. Al menos, el director y sus principales colaboradores se muestran, si no creativos, sí al menos competentes en el apartado visual, pese a que la primera escena, que muestra los hechos acaecidos en 1958 en el campamento de Crystal Lake, hace temer lo peor. La música de Harry Manfredini es intrusiva y redundante, por lo que parece que el compositor tomaba las mismas drogas que el guionista. Vayamos por partes: una vez expuesto el carácter maldito del lugar en el que transcurre la acción, a la película le cuesta arrancar, perdida a la hora de mostrar a unos adolescentes que aprovechan su condición de monitores del campamento, y el hecho de estar aislados en el campo, para dar rienda suelta a su comprensible subidón hormonal. Una vez comienzan los asesinatos, la cosa se pone interesante, pero tanto la identidad del asesino como el modo de justificar las futuras secuelas son, por decirlo con suavidad, trucos baratos y carentes de entidad, que no pueden sino provocar el rechazo de cualquier espectador cuyo nivel de exigencia no esté bajo mínimos.

El capítulo interpretativo tampoco es que mejore mucho el conjunto: Betsy Palmer, actriz televisiva que llevaba dos décadas prácticamente retirada de las pantallas cuando Cunningham la reclutó, intenta ser la Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane? y consigue un resultado más cercano al papel de una de las Súper Tacañonas del Un, dos, tres. Que a su personaje no hay quien se lo crea tampoco ayuda, dicho sea en descargo de la actriz. La muchachada no es que brille mucho más, sino todo lo contrario: el desempeño de Adrienne King como reina del grito es más bien pobre, y tampoco es que sus compañeros la dejen en evidencia, pues su nivel es, en general, flojo. Eso sí, Viernes 13 será recordada en este aspecto por haberle brindado a Kevin Bacon uno de sus primeros papeles importantes, pero si la carrera de este actor llegó mucho más lejos que las de quienes le acompañan en el elenco, no creo que fuera por lo demostrado aquí.

No es que Viernes 13 sea peor que sus referentes, que lo es, y de forma manifiesta, sino que palidece al lado de películas como La matanza de Texas o la posterior Pesadilla en Elm Street, por nombrar a algunas que están en una posición similar en el imaginario colectivo. Lo mejor del film de Cunningham es que, por lo menos, entretiene, aunque lo que en la parte central apunta maneras acaba por convertirse en un despropósito en los minutos finales.

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