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LA TORTUGA ROJA

LA TORTUE ROUGE. 2016. 80´. Color.

Dirección: Michael Dudok De Wit; Guión: Pascale Ferran y Michael Dudok De Wit, basado en un argumento de Michael Dudok De Wit; Montaje: Céline Kélépikis; Música: Laurent Pérez Del Mar; Diseño de producción: Michael Dudok De Wit ; Producción: Toshio Suzuki, Vincent Maraval, Pascal Caucheteux y Grégoire Sorlat, para Studio Ghibli-Wild Bunch-Why Not Productions- Prima Linea Productions (Francia-Bélgica-Japón).

Intérpretes: Emmanuel Garijo (Voz del hombre); Barbara Beretta (Voz de la mujer); Tom Hudson (Voz del hijo adulto); Baptiste Goy (Voz del hijo niño); Axel Devillers (Voz del bebé).

Sinopsis: Un náufrago va a parar a una isla desierta. Sus intentos de abandonarla fracasan nada más hacerse a la mar con las naves de madera que construye.

El realizador holandés Michael Dudok De Wit había dirigido varios exitosos cortometrajes (uno de los cuales, Padre e hija, obtuvo el Oscar en su categoría) antes de estrenar, ya convertido en sexagenario, su primer largometraje, La tortuga roja, una obra fruto de diez años de trabajo que vio la luz bajo el patrocinio del estudio Ghibli y cosechó excelentes críticas allá donde fue vista.

Los cinéfilos ya saben lo que significa el sello Ghibli: animación tradicional, minimalismo e historias cargadas de profundidad narradas desde un enfoque humanista. Todo ello está en La tortuga roja, film arriesgado en tanto prescinde de las palabras y lo juega todo a la carta de las imágenes y la música, con resultados más que satisfactorios. El trabajo de
Michael Dudok De Wit es pulcro y, a la vez, inteligente y fácil de comprender para el espectador acostumbrado a la exhuberancia de la animación digital, y a que se lo den todo bien masticadito.

La película tiene dos partes: la primera es la historia de un náufrago, de un joven que sobrevive de milagro a una tempestad y va a parar a una isla desierta. En esta parte, el director subraya, utilizando planos largos, la soledad del individuo y su insignificancia frente a la Naturaleza salvaje. El hombre ansía volver a la civilización, y para ello construye una balsa de madera, que es echada a pique por las embestidas de una desconocida criatura submarina. Lo mismo ocurre con la segunda nave, y con la tercera… hasta que el hombre descubre que la causante de sus sucesivos naufragios es una gigantesca tortuga roja, que un buen día se adentra en la isla para sufrir la venganza del náufrago. Sin embargo, la tortuga oculta un secreto, cuya revelación abre la segunda parte del film. En ella,
Michael Dudok De Wit reflexiona sobre la Creación desde un punto de vista adánico, aunque de corte más espiritual que estrictamente religioso. En la vida del hombre solitario aparece la mujer y, con ella, la perpetuación de la especie. Podría decirse que esta parte, aunque a mi parecer es inferior a la primera, excepto en lo que se refiere a las bellas y poéticas escenas finales, viene a ser una especie de El lago azul, pero en bueno. Desde una perspectiva global, La tortuga roja narra la historia de un hombre que, primero, lucha contra la Naturaleza, y después aprende a integrarse en ella.

Y no, no hacen falta palabras para que la historia llegue con nitidez al espectador. Los personajes se limitan a emitir, muy de vez en cuando, sonidos inarticulados, y eso es más que suficiente, gracias a la sensibilidad y buen gusto de que hace gala el director, y a la excelente, y bien dosificada, música de Laurent Pérez Del Mar, compositor francés que demuestra talento, De hecho, toda la película es una pequeña joya, una lograda pieza de artesanía en un mundo cada vez más robotizado, que nos habla de la vida y la muerte con sencillez, pero no con simpleza. El metraje que abarca desde la tempestad inicial hasta la aparición en pantalla de la tortuga me parece excelente. Después, el nivel baja un poco (aunque la escena del tsunami demuestra que no se necesitan enormes despliegues para hacer entender el horror de esos fenómenos naturales extremos), hasta recuperar al final los altos vuelos.

En definitiva, una pequeña gran película, que deja claro que, al margen de la jubilación del genio Hayao Miyazaki, el cine de animación necesita como el agua a Ghibli, aunque sea coaligándose con talentos de otros continentes.

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