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MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO

KAZOKU WA TSURAIYO. 2016. 108´. Color.

Dirección: Yoji Yamada; Guión: Emiko Hiramatsu y Yoji Yamada; Dirección de fotografía: Shinji Chikamori; Montaje: Iwao Ishii; Música: Joe Hisaishi; Dirección artística: Tomoko Kurata; Producción: Hiroshi Fukazawa, para Shochiku (Japón)

Intérpretes: Isao Hashizume (Shuzo Hirata); Kazuko Yoshiyuki (Tomiko Hirata); Masahiko Nishimura (Konosuke Hirata); Yui Natsukawa (Fumie Hirata); Shôzô Hayashiya (Taizo Kanai); Tomoko Nakajima (Shigeko Kanai); Satoshi Tsumabuki (Shoto Hirata); Tanakosuke Nakamura (Kenichi Hirata); Ayumu Maruyama (Nobusuke Hirata); Yû Aoi (Noriko Mamiya); Nenji Kobayashi, Jun Fubuki, Takashi Sasano, Katsumi Kiba.

Sinopsis: La vida de una familia japonesa da un giro radical cuando la matriarca pide el divorcio a su marido después de casi medio siglo de matrimonio.

El director  Yoji Yamada, uno de los escasos cineastas japoneses vivos que gozan de un sólido prestigio internacional, se atrevió hace unos años a hacer una nueva versión de una de las mejores películas jamás rodadas en aquel país, Cuentos de Tokio. El resultado satisfizo a la crítica, cosa que no sucedió cuando Yamada decidió reunir de nuevo a la familia protagonista y rodar un nuevo film sobre ella en clave de comedia. Más de cuatro quisieron crucificar a  Yoji Yamada por tomar el nombre de Yasujiro Ozu en vano, lo que me hace tener la impresión de que, o se trata de gente que se toma a sí misma demasiado en serio, o que no entendió la película, o ambas cosas.

No estoy en su cabeza, lo cual es obvio, pero no me extrañaría que, una vez estrenada Una familia de Tokio,  Yoji Yamada se dijera a sí mismo: “Muy bien, ya hemos hecho la artística. Ahora, hagamos la auténtica”. Porque, si tengo que destacar una virtud de Maravillosa familia de Tokio por encima de las demás, ésta sería sin duda su realismo: la película es un divertimento, con lo que el tono que prevalece es el de comedia, hasta el punto de que el director se permite incluir no pocos momentos de humor chusco (llámenme cenutrio, pero a mí suelen hacerme gracia estas cosas), e incluso de subrayarlos mediante la música, pero, seamos honestos, las familias de verdad acostumbran a ser tan desastrosas como los Hirata, vivan en Tokio, en España o en Groenlandia. Reconozco a los personajes, les entiendo, me río de ellos (y con ellos, a veces)… Yamada se deja de disfraces y, salvo en la parte final (en la que, por cierto, vuelve a aparecer el clásico de Ozu) de veleidades artísticas y nos muestra al patriarca machista y borrachín, a la esposa sumisa y harta, que desencadena la tormenta al anunciar su intención de divorciarse, al hijo pusilánime con esposa-sargento, a la hija abnegada y de carácter dominante, al vástago tímido, volcado en el arte y poco preocupado por los asuntos terrenales… sí, sí, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Es cierto (y por ahí le duele a la progresía, me parece) que Yamada resuelve el embrollo de un modo muy conservador, pero oigan, tampoco con los valores imperantes en nuestra época nos va tan bien, ¿verdad?

De alguien que ha dirigido más de siete docenas de películas (la mitad de las cuales pertenece a una misma serie), lo mínimo que cabe esperar es mucho oficio, pero  Yoji Yamada posee algo más que eso. La película puede ser, en su mayor parte, desenfadada (y el montaje, así como la mencionada banda sonora, lo confirman), pero está rodada con mimo, no con descuido. Veo los planos que muestran al patriarca estupefacto ante el formulario de divorcio, o cómo filma la cámara a los personajes durante la caótica (e impagable) reunión familiar convocada para tratar tan espinoso asunto, y reconozco el talento del director. También me gusta esa mezcla de ternura y mala baba con la que traza el retrato de sus personajes (hay un espíritu paródico, cierto, en casi todo el film, pero pocos humanos se libran de no ser una parodia de sí mismos varias veces al día; eso, los más salvables), o cómo se muestra el contraste entre el amor floreciente (el que une a Shoto y su novia enfermera) con el caduco y mantenido por inercia (el del resto de las parejas que aparecen en el film).

Se nota para bien que el director ya conoce a los actores protagonistas, porque ese tono distendido que caracteriza a la película, y que la diferencia de la anterior colaboración de todos ellos con Yamada, se extiende al capítulo interpretativo. Isao Hashizume, el actor que interpreta al padre de familia, sobreactúa en ocasiones, pero rezuma realismo, y lo mismo he de decir de quien, en mi opinión, se lleva la palma de todo el reparto:  Tomoko Nakajima, actriz para mí desconocida que creo que hace un muy buen trabajo. Nota alta también para una sobria Kazuko Yoshiyuki, y decir, por último, que entre los secundarios, los personajes del detective y el doctor, que sí que son directamente paródicos, los interpretan unos actores muy en esa onda.

Mucho mejor película de lo que dice la cinefilia en exceso autoconsciente, Maravillosa familia de Tokio divierte y es capaz de conmover cuando toca. Dejemos a Ozu en su pedestal, que bien ganado se lo tiene, pero esto es otra cosa. Muy disfrutable.

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