EL GIGANTE DE HIERRO

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THE IRON GIANT. 1999. 85´. Color.

Dirección: Brad Bird; Guión: Tim McCanlies y Brad Bird, basado en el libro de Ted Hughes The iron manDirección de fotografía: Steven Wilzbach; Montaje: Darren T. Holmes; Música: Michael Kamen; Diseño de producción: Mark Whiting; Dirección artística: Alan Bodner; Producción: Allison Abbate y Des McAnuff, para Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Eli Marienthal (Voz de Hogarth); Harry Connick, Jr. (Voz de Dean); Jennifer Anniston (Voz de Annie Hughes); Vin Diesel (Voz del Gigante); Christopher McDonald (Voz de Kent Mansley); John Mahoney (Voz del General Rogard); M. Emmet Walsh (Voz de Earl Stutz); James Gammon, Ollie Johnston, Jennifer Darling, Frank Thomas, Bill Farmer.

Sinopsis: A finales de los años 50, cuando los soviéticos han conseguido lanzar al espacio el Sputnik, una nave extraterrestre aterriza en la Tierra. Su único tripulante es un robot de grandes dimensiones, que entablará amistad con un niño del lugar donde ha ido a parar, un pueblo costero de Maine.

Aunque Brad Bird ya había hecho algunos trabajos importantes en la pequeña pantalla, su salto a la dirección de largometrajes lo hizo con El gigante de hierro, película con la que la Warner quiso aportar su granito de arena a la efervescencia de la animación que acaudillaban los estudios Pixar, artífices del film que inició esa fiebre, Toy Story. La ópera prima de Brad Bird, menos infantil y más seria que las películas de animación que triunfaban en la época, quedó un tanto oscurecida en su momento, pero hoy queda como uno de los grandes hitos de la animación  del fin de siglo.

Si hemos de empezar subrayando lo obvio, El gigante de hierro es un canto a la amistad, pero sobre todo es una apología de la diferencia: mientras la inmensa mayoría de los adultos, inmersos en la paranoia anticomunista de un país herido en su orgullo después de que los soviéticos le metieran un gol por toda la escuadra en la carrera espacial, por sus obras se dedica a dar motivos al gigantesco robot para que borre de la faz de la Tierra a todo bicho viviente, la criatura llegada del espacio se revela como un ser agradecido (todo su periplo terrestre se explica por la gratitud que siente hacia el niño que le salvó de morir electrocutado) y lleno de buenos sentimientos, y los únicos humanos a los que no habría que enviar a otra galaxia sin billete de vuelta son ese niño, huérfano de figura paterna, amante de los cómics y dotado de un rico mundo interior, un joven que es a la vez chatarrero y artista conceptual, y la comprensiva madre del niño. Y el peor de los adultos es un agente del Gobierno, uno de esos perros guardianes de los poderosos que, con su celo, lo único que consiguen es amplificar las barbaridades que éstos cometen a diario. Así pues, estamos ante una revisión muy crítica de la tantas veces idealizada Norteamérica de los años 50, en la que la triste huella dejada por el maccarthismo seguía bien presente.

Apoyado en una técnica mucho más tradicional que la que Pixar estaba imponiendo en el mundo de la animación, Brad Bird hace gala de una pericia impropia de un director primerizo a la hora de plasmar una historia que no tiene una escena prescindible, ni siquiera floja: todo lo que vemos aporta algo en una película que, al margen de las bondades ya mencionadas, posee el don de ser muy entretenida, con momentos de humor, guiños al público infantil y una trama muy adulta… por antiadulta: cuando los protagonistas son de verdad libres y pueden disfrutar de la vida es cuando están alejados de las siempre prejuiciosas miradas de los mayores, que en el último extremo son capaces de destruirlo todo con tal de tener razón. Una razón nacida del fanatismo, para más inri. Sin duda, Ted Hughes y los guionistas de El gigante de hierro poseen buen ojo a la hora de juzgar a sus semejantes. El siempre tendente a la hipérbole Michael Kamen sabe ser contenido cuando toca, y explotar su vena rimbombante sólo en aquellas escenas en las que la narración lo exige, y el montaje es un ejemplo de buen hacer.

El reparto es de lo más peculiar. Destaco, sobre todo, a ese pedazo de artista llamado Harry Connick, Jr., que pone su voz al adulto mejor tratado en la película, precisamente porque es, de largo, el menos adulto de todos ellos. Buen trabajo de Eli Marienthal poniendo voz a Hogarth, el niño protagonista. En cuanto a Jennifer Anniston, decir que consigue aquí uno de sus escasos trabajos importantes para la gran pantalla, aunque su desempeño no pasa de correcto. Y Vin Diesel, que es cualquier cosa menos un actor, consigue al menos que el robot suene creíble. Los malos de la función, Christopher McDonald y, en menor medida en cuanto a maldad pero no en cualidades interpretativas, John Mahoney, cumplen con nota alta.

El gigante de hierro es una de las películas imprescindibles del cine de animación del último cuarto de siglo, lo cual es mucho decir. Entretenimiento de excelente calidad para jóvenes, y mucho contenido para disfrute de los adultos con seso. Cine de gran nivel con una profunda carga ética, en menos de hora y media. Para no perdérsela.

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