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LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU

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THE ISLAND OF DOCTOR MOREAU. 1977. 96´. Color.

Dirección: Don Taylor; Guión: Al Ramrus y John Herman Shearer, basado en la novela de H.G. Wells; Dirección de fotografía: Gerry Fisher;   Montaje: Marion Rothman; Música: Laurence Rosenthal; Diseño de producción: Philip Jefferies; Producción: Skip Steloff y John Temple-Smith, para American International Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Burt Lancaster (Dr. Paul Moreau); Michael York (Andrew Braddock); Nigel Davenport (Montgomery); Barbara Carrera (María); Richard Basehart (El que dice la Ley); Nick Cravat (M´Ling); The Great John L., Bob Ozman, Fumio Demura, John Gillespie.

Sinopsis: Un náufrago llega a una remota isla del Pacífico, en la que vive un científico que se dedica a hacer experimentos con hombres y animales.

El actor y director Don Taylor, cuya carrera puede considerarse más prolífica que brillante, dirigió en 1977 la segunda adaptación cinematográfica (y primera en color) de una de las novelas más recordadas de H.G. Wells, en la que el escritor británico aborda uno de sus temas preferidos, el de los límites éticos que deben imponerse a los avances científicos. La versión de Taylor no gozó de un excesivo favor crítico, y en todo caso es de peor calidad que el film anterior, rodado en 1933 y estrenado en España bajo el título de La isla de las almas perdidas.

El principal problema de esta segunda versión de La isla del doctor Moreau, y no estamos hablando de un problema menor, es que su guión es pobre. De esta buena novela podía haber salido una película de una calidad comparable a, por ejemplo, El planeta de los simios, pero ni quienes se encargaron de la adaptación cinematográfica de la obraSin duda, Lancaster merecía una película mejor estuvieron demasiado inspirados, ni Don Taylor es el Franklin J. Schaffner de sus mejores tiempos. Después de un buen prólogo, en el que vemos a dos náufragos alcanzar la isla del título, y a uno de ellos siendo devorado por unos animales misteriosos, la narración se muestra torpe a la hora de exponer de forma paulatina la naturaleza de los experimentos de Moreau, un personaje de porte aristocrático que se debate entre un talante reflexivo y el carácter del tradicional mad doctor del cine fantástico sin acabar de decidirse por uno de los dos aspectos. Al final, quizá por la propia comprensión, por parte de los creadores de la película, de las insuficiencias narrativas de la misma, todo se inclina por la acción y la aventura, con la rebelión de las criaturas de Moreau contra su creador y los planes de fuga del marinero Braddock como ejes centrales, pero sin dejar de desprender un aroma a película fallida en ningún momento.

En lo técnico, el film es solvente, aunque el recurso a la cámara en mano en las persecuciones a través de la selva, además de muy manido incluso en la época en la que se rodó la película, marea más que inquieta y produce un efecto, en todos los sentidos del término, pedestre. Por lo demás, la música de Laurence Rosenthal me parece más que correcta, y la fotografía utiliza de manera adecuada la belleza salvaje de las localizaciones escogidas. Don Taylor, ya lo he dicho, no es un prodigio, pero cumple como artesano aplicado, idéntica calificación que cabe atribuir a los encargados del maquillaje. Los problemas son otros: la falta de garra, el forzado e innecesario romance, el mal aprovechamiento que se hace del conflicto entre Moreau, convertido en una deidad para sus criaturas, y el espíritu rebelde de éstas, que termina por aflorar, o las tibias reflexiones acerca de la animalidad intrínseca en el ser humano, la superioridad de éste respecto al resto de criaturas de la Naturaleza y la necesidad de evitar que los científicos llenen el mundo de monstruos en nombre de la ciencia.

Lo mejor de la película es la interpretación de Burt Lancaster, actor de madurez soberbia que otorga a su personaje una entidad bastante superior a la que le dieron los guionistas, por presencia y por carisma. Sin duda, Lancaster merecía una película mejor. El resto del reparto se resiente aún más de ello, en parte porque cuesta encontrar un personaje bien definido: el marinero Braddock, interpretado por un Michael York que, una vez más, no me acaba de convencer, viene a ser el equivalente del Ned Land de 20.000 leguas de viaje submarino, pero no sale muy bien parado de las comparaciones. Por su parte, Barbara Carrera aporta su belleza exótica, y poco más, porque su personaje podría haber sido eliminado perfectamente. Nigel Davenport, buen actor, hace lo que puede con un papel de capataz alcoholizado que no da mucho de sí, y lo mismo cabe decir de un Richard Basehart al que podría haberse extraído más jugo como cabeza pensante (y, quizá por ello, el primero de los sumisos) de las criaturas de Moreau.

Entretenida, pero muy por debajo de lo que podría haber sido, esta segunda versión cinematográfica de las andanzas del doctor Moreau deja en muy buen lugar al film de 1933 que protagonizó Charles Laughton.

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