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LOS MUNDOS DE CORALINE

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CORALINE. 2009. 96´. Color.

Dirección: Henry Selick; Guión: Henry Selick,  basado en la novela de Neil Gaiman; Dirección de fotografía: Pete Kozachik; Montaje: Christopher Murrie y Ronald Sanders; Música: Bruno Coulais; Diseño de producción: Henry Selick; Dirección artística: Phil Brotherton, Bo Henry, Tom Proost y Dawn Swiderski; Producción: Claire Jennings, Bill Mechanic, Mary Sandell y Henry Selick, para Laika Entertainment-Pandemonium-Focus Features (EE.UU.).

Intérpretes: Dakota Fanning (Voz de Coraline Jones); Teri Hatcher (Voces de la Sra. Jones y La Otra Madre); Jennifer Saunders (Voces de April Spink y de La Otra Spink); Dawn French (Voces de Miriam Forcible y de La Otra Forcible); Keith David (Voz del gato); John Hodgman (Voces del Sr. Jones y El Otro Padre); Robert Bailey, Jr. (Voz de Wyborne); Ian McShane (Voces del Sr. Bobinsky y El Otro Bobinsky); Aankha Neal, George Selick, Hannah Kaiser, Harry Selick, Marina Budovsky, Emerson Tenney, Jeremy Ryder, Carolyn Crawford.

Sinopsis: Coraline es una niña que se acaba de mudar y se siente olvidada por sus padres. En una pared de su nueva casa descubre el camino hacia un nuevo mundo, que es una versión mejorada del real.

Conocido en todo el mundo por haber dirigido esa maravilla burtoniana llamada Pesadilla antes de Navidad, Henry Selick realizó para el estudio Laika, otra de esas factorías que han ayudado a engrandecer el mundo de la animación, Los mundos de Coraline, un sombrío cuento de hadas que remite en muchos aspectos al clásico moderno mencionado. Rodada en 3-D, Coraline adapta una exitosa novela de Neil Gaiman en la que las huellas de los hermanos Grimm y, sobre todo, de Lewis Carroll, se encuentran a cada paso.

Suele decirse que el paso de la infancia a la edad adulta supone el descubrimiento de dos factores que, en buena medida, marcan las vidas de la gran mayoría de las personas: el sexo y la frustración. De esta última se alimenta Coraline, que narra la historia de una niña que empieza a no serlo y que se encuentra en un nuevo hogar sola, sin amigos y sin recibir apenas atención por parte de sus ocupados padres. La joven, por la que sólo se interesan un extraño muchacho que vive en los alrededores y su esquelético gato negro, descubre un nuevo mundo en los muros de su casa. Detrás de una pared hay un pasadizo que lleva a Coraline hasta una versión colorida y mucho más acorde a sus deseos de su vida real. Sus otros padres son atentos, considerados y no tienen otra prioridad que complacerla, el jardín es muy bello, sus vecinos gente peculiar pero de lo más agradable… sin embargo, en ese lugar habitado por criaturas con botones en lugar de ojos no es oro todo lo que reluce, y la niña no tarda en descubrir el lado oscuro de su otra madre cuando se empeña, pese a todas las bondades de ese mundo paralelo, en regresar a su existencia real, aunque sólo sea a ratos.

Por lo que se refiere a los aspectos técnicos, Los mundos de Coraline es una película magistral, algo que puede apreciarse desde los mismos títulos de crédito, en los que se muestra al espectador cómo se construye una muñeca de trapo. La cámara se mueve con exquisitez y Henry Selick se revela escena tras escena como el puto amo del stop-motion. Los logros visuales de este film impresionan, ya sea mostrando la belleza como el horror. Porque lo que empieza como un agradable cuento de hadas da un giro (un punto forzado en algunos aspectos, todo sea dicho) gótico en su parte final y se convierte en una película de terror en toda regla, de esas que los que piensan que los niños son idiotas (y disfrazan ese prejuicio con el barniz hipócrita del paternalismo) jamás recomendarían al público infantil. El film puede verse como una adaptación moderna de Alicia en el país de las maravillas con guarnición de Hansel y Gretel, pero no deja de ser una fábula moral en la que se nos advierte de la necesidad de adaptarnos a una realidad muchas veces frustrante sin refugiarnos en mundos paralelos muy brillantes en apariencia, pero que esconden maldades terribles. Esto puede ser la parábola de muchas cosas (de la adicción a las drogas, sin ir más lejos): como ni Selick, que hace una adaptación bastante libre que, sin embargo, gustó tanto a Neil Gaiman como a los fans de la novela, ni el mencionado autor de la misma son barceloneses, resulta aventurado decir que se anticiparon a lo que iba a resultar el mandato de Ada Colau, pero no puedo negar que en las escenas finales esa curiosa idea me vino a la cabeza.

La muy prolífica actriz Dakota Fanning, que ya había protagonizado años atrás una adaptación en clave adolescente de Hansel y Gretel, demuestra estar en su salsa dando voz a una despierta y caprichosa niña que descubre la maldad dentro de lo que creyó un mundo ideal. Esa maldad la encarna Teri Hatcher, actriz que nunca ha sido santa de mi devoción pero que cumple bien en el doble papel de madre desdeñosa y bruja mala. Destacar a Keith David, que pone voz al gato que se convierte en el ángel de la guarda de la protagonista, y a Ian McShane, que se convierte en la voz del personaje más excéntrico de una película que lo es en grado sumo.

Brillante en todos los aspectos, Los mundos de Coraline merece estar en la lista de los mejores films de animación de este siglo. La filmografía de Henry Selick no destaca por su extensión, y aún así en su trayectoria hay algún sonado traspìés, pero la que todavía es su última película estrenada como director posee una oscura belleza que la convierte en una siniestra maravilla.

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