ADIÓS AL REY

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FAREWELL TO THE KING. 1989. 109´. Color.

Dirección: John Milius; Guión: John Milius, basado en la novela de Pierre Schoendoerffer; Dirección de fotografía: Dean Semler; Montaje: Anne V. Coates y C. Timothy O´Meara; Música: Basil Poledouris; Diseño de producción: Gil Parrondo; Dirección artística: Bernard Hides; Producción: Albert S. Ruddy y André Morgan, para The Ruddy/Morgan Organisation-Film Plan Financing Number 1- Cine Location Services-David Hannay Productions-Southeast Asia Film Location Services Sdn. Bhd.(EE.UU.)

Intérpretes: Nick Nolte (Learoyd); Nigel Havers (Capitán Fairbourne); Frank McRae (Tenga); James Fox (Ferguson); Marius Weyers (Conklin); Gerry López (Gwai); Marilyn Tokuda (Yoo); Elan Oberon (Vivienne); Chang Wing Choy, Aki Aleong, William Wise, Wayne Pygram, Richard Morgan, Michael Nissman, John Bennett Perry.

Sinopsis: En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, un oficial inglés llega a Borneo para intentar reclutar a las tribus aborígenes para la lucha contra los japoneses. Allí, se encuentra con que una de esas tribus está dirigida por un desertor del ejército de los Estados Unidos.

Hubieron de transcurrir cinco años desde la que considero su peor película como director, Amanecer rojo, para que John Milius regresara a la dirección de largometrajes con Adiós al rey, adaptación de la novela homónima de Pierre Schoendoerffer. Amanecer rojo fue bien acogida por el público, debido muy probablemente a que se estrenó en pleno apogeo de la era Reagan, pero su discurso tan derechista hizo que Hollywood, que siempre ha pretendido ser mucho más liberal de lo que en realidad es, empezara a mirar con recelo a Milius, hecho que sin duda contribuyó a que el recibimiento de su siguiente película fuera mucho más discreto.

Si bien es cierto que con resultados menos distinguidos, Adiós al rey recupera muchos elementos de las dos obras más importantes de Milius, una como director, El viento y el león, y la otra como guionista, Apocalypse now. Con esta última, las similitudes a nivel argumental son notables, pues tenemos a un militar que se adentra en lo más profundo de las selvas del Sureste asiático para dar (esta vez por casualidad) con un estadounidense, desertor del ejército por más señas, que ejerce como rey de una tribu nativa. La inicial desconfianza del oficial británico, que viaja acompañado de su radiotelegrafista, hacia el renegado metido a rey aborigen muta en admiración al comprobar que ese hombre, que en la civilización occidental era un don nadie, se comporta como un verdadero rey, cuida de su pueblo y lo gobierna con benevolencia y firmeza. Sin embargo, la guerra está llegando a ese paraíso selvático, que puede estallar en pedazos en cuanto los enfrentamientos entre japoneses y aliados alcancen el hasta entonces aislado territorio.

Es obvio que el terreno favorito de John Milius es la épica, las historias de superhombres cuya moral se encuentra mucho más allá de las convenciones. Por eso, no duda en mirar hacia el pasado y los confines de la civilización para encontrar modelos que se adapten a su filosofía. En ocasiones, la ampulosidad y el afán de trascendencia traicionan a este excelente guionista, que además sabe aprovechar de manera destacable la salvaje belleza de las localizaciones. Por ejemplo, la escena nocturna en la que Learoyd acude a la cabaña en la que se encuentran sus uniformados prisioneros y, en cuclillas y bajo la lluvia, escucha sus palabras con rostro pétreo, es Milius en estado puro y consigue brillar también en lo estético, terreno en el que, al margen de alguna concesión al paisajismo de postal, la película es notable. De nuevo, la música de un compositor tan potente como Basil Poledouris encaja a la perfección en el universo épico de Milius, que podrá gustar más o menos, pero no es impostado. La muestra es que, al final, Fairbourne, que pese a simpatizar con la forma de vida de la tribu regida por Learoyd, nunca deja de ser un civilizado oficial británico, comprende que éste pertenece a la selva, y al que por elección es su pueblo. Aunque lo pretende, Adiós al rey, que se resiente de la falta de entidad de la mayoría de personajes secundarios, no alcanza la grandeza de los films de aventuras exóticas de David Lean o Richard Brooks que le sirven como modelos, pero en sus mejores momentos, casi todos concentrados en los primeros y últimos minutos de la película, se queda bastante cerca.

Del reparto, cabe destacar a un magnífico Nick Nolte, gran actor que por entonces estaba en el mejor momento de su carrera y que supo dotar al rey Learoyd de la grandeza, la solemnidad y el carisma que necesitaba. A su lado, el televisivo Nigel Havers consiguió la interpretación cinematográfica más distinguida de su larga carrera, en el papel de un militar tan elegante en sus maneras como firme en sus convicciones. Si exceptuamos a James Fox, actor de gran presencia, el resto del elenco no está a la altura de los protagonistas, y esto perjudica a la película porque le resta amplitud narrativa. Eso sí, con la escena en la que interviene John Bennett Perry interpretando al general McArthur, queda clara la admiración que John Milius siente hacia los jefes militares.

Vista hoy, Adiós al rey es una película que, aunque ya estaba fuera de tiempo en la época en la que se estrenó, merece ser valorada como uno de los últimos films importantes de aventuras bélicas. En cierto modo, y mucho más que la posterior, y mucho más mediocre, El vuelo del IntruderAdiós al rey es un anticipado, a causa del ostracismo que mencioné al principio, testamento cinematográfico de un hombre de indudable talento.

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