CLOCKERS (CAMELLOS)

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CLOCKERS. 1995. 128´. Color.

Dirección: Spike Lee; Guión: Richard Price y Spike Lee, basado en la novela de Richard Price; Director de fotografía: Malik Hassan Sayeed;  Montaje: Sam Pollard; Música: Terence Blanchard; Diseño de producción: Andrew McAlpìne; Dirección artística: Tom Warren (Supervisor); Producción: Martin Scorsese, Jon Kilik y Spike Lee, para 40 Acres & A Mule Filmworks-Universal Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Harvey Keitel (Detective Rocco Klein); John Turturro (Detective Larry Mazilli); Delroy Lindo (Rodney Little); Mekhi Phifer (Ronald Strike Dunham); Isaiah Washington (Victor Dunham); Keith David (André); Pee Wee Love (Tyrone Jeeter); Regina Taylor (Iris Jeeter); Tom Byrd (Errol); Sticky Fingaz (Científico); Fredro (Go); Michael Imperioli (Detective Jo-Jo); Elvis Nolasco, Lawrence B. Adissa, Hassan Johnson, Frances Foster, Lisa Arrindell, Paul Calderón, Brendan Kelly, Mike Starr, Spike Lee.

Sinopsis: Un pequeño traficante de drogas muere asesinado en uno de los barrios más conflictivos de Nueva York. Cuando Victor Dunham, un modélico padre de familia, confiesa ser el autor del crimen, el veterano policía Rocco Klein decide investigar las circunstancias que rodearon el crimen.

Superado el paréntesis ligero que supuso Crooklyn, Spike Lee regresó a las temáticas potentes habituales en su filmografía con Clockers, película que adapta una novela de Richard Price, escritor que había colaborado en diversas ocasiones con Martin Scorsese. De hecho, el director italoamericano es uno de los productores de esta película, en la que sus huellas no son difíciles de percibir. Pasada la moda Spike Lee que invadió Hollywood a finales de los 80 y se disipó después de la polémica, y para mí fallida, Malcolm XClockers tuvo mucha menos aceptación de la que merecía.

Clockers es el primer largometraje de Spike Lee cuyo protagonista es de raza blanca, y también el primero en el que su continua denuncia del racismo ofrece una mayor variedad de matices. Los títulos de crédito iniciales, ilustrados con explícitas fotografías de hombres negros asesinados, avisan sobre lo que vendrá; las dos primeras escenas, en las que unos adolescentes muestran sus preferencias por los raperos adscritos al matonismo más extremo del género, y otra en la que diversos miembros de la policía emiten comentarios jocosos mientras asisten al levantamiento del cadáver de un hombre negro muerto de cuatro balazos, suponen un excelente punto de partida para una película que versa sobre la investigación policial de ese crimen. A Rocco Klein, un experto detective de la policía, le resulta extraño que el autor confeso sea un ciudadano hasta entonces ejemplar, y decide ver qué hay detrás de todo ello. Para sus compañeros, lo que ha ocurrido es el enésimo ajuste de cuentas entre los narcotraficantes de un barrio peligroso como pocos. Un pequeño traficante muerto, un asesino confeso… cosas de negros, caso resuelto. Klein no opina de la misma forma, y fija su atención en Strike, el hermano de Victor que trabaja, como mucha otra gente del barrio, para Rodney, el narcotraficante que todo lo controla. La víctima estafaba a Rodney, que es la presa que Klein quiere cobrarse, y el detective estrecha el cerco sobre él utilizando a Strike.

Spike Lee habla, como de costumbre, del racismo, pero también de los negros cuya manera de vivir no hace más que ratificar en sus prejuicios a quienes les consideran, sin distinción, seres primarios e incapaces de llevar una vida pacífica y digna. La discriminación crea ghettos, pero es elección de cada cual (y no precisamente fácil) el salir de él, o al menos intentarlo, mediante el trabajo duro y honrado, o a través del tráfico de drogas, la violencia y el crimen. El poder y la influencia de seres como Rodney, una especie de Mefistófeles de barrio que proporciona estatus y dinero fácil a cambio de una sumisión total a sus designios, le convierte en un imán para un sinfín de jóvenes con tan pocas oportunidades como capacidad de esfuerzo. Es Nueva York, es Río de Janeiro, es La Línea, es Barcelona. Con un guión preciso, las oportunas dosis de efectismo y mucho conocimiento del terreno que pisa, Spike Lee traza un inspirado retrato de la vida en esos lugares en los que cualquiera que ame su pellejo no debería vivir. Cineasta de cámara inquieta, a veces demasiado, y clara vocación realista, Lee es capaz de hacer una buena película de Martin Scorsese, y eso no es poca cosa. Discurso potente, colores vivos, incluso chillones, elaborado montaje y una banda sonora, compuesta por ese pedazo de trompetista llamado Terence Blanchard, de calidad.

Encabeza el reparto un Harvey Keitel en su mejor momento, que ofrece una fantástica interpretación en un papel que, en ciertos aspectos, viene a ser la antítesis de uno de sus roles más recordados, el policía en pleno hundimiento de Bad lieutenant. Rocco Klein, el personaje al que da vida Keitel es un policía bregado, pero íntegro, que sólo deja de serlo cuando esa integridad le supone un obstáculo para imponer su particular, pero muy razonable, sentido de la justicia. A su lado, John Turturro saca buena nota como detective de homicidios más típico que su compañero, y tanto un Delroy Lindo muy convincente en su papel de traficante desalmado, como el debutante Mekhi Phifer, que saca buen partido de un papel complejo y sabe mostrar todas las contradicciones de su personaje, están a la altura que exige la película. Isaiah Washington, Keith David y un Tom Byrd algo pasado de vueltas en sus primeras escenas completan un reparto que en todo momento ofrece sensación de autenticidad.

Que el nombre de Richard Price esté detrás de The Wire quiere decir algo: parte de lo que allí se encuentra estuvo antes en Clockers, una de las mejores películas de Spike Lee y un excelente film policíaco rodado con vigor e inspiración.

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