SLEEPERS

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SLEEPERS. 1996. 144´. Color.

Dirección: Barry Levinson; Guión: Barry Levinson, basado en la novela de Lorenzo Carcaterra; Director de fotografía: Michael Ballhaus;  Montaje: Stu Linder; Música: John Williams; Diseño de producción: Kristi Zea; Dirección artística: Tim Galvin; Producción: Barry Levinson y Steve Golin, para PolyGram Filmed Entertainment-Baltimore Pictures- Astoria Films-Propaganda Films- Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Kevin Bacon (Nokes); Billy Crudup (Tommy Marcano); Robert De Niro (Padre Bobby); Ron Eldard (John); Minnie Driver (Carol); Vittorio Gassman (King Benny); Dustin Hoffman (Danny Snyder); Terry Kinney (Ferguson); Bruno Kirby (Padre de Shakes); Frank Medrano (Fat Mancho); Jason Patric (Shakes); Joe Perrino (Joven Shakes); Brad Pitt (Michael); Brad Renfro (Joven Michael); Geoffrey Wigdor (Joven John); Jonathan Tucker (Joven Tommy); Eugene Byrd (Rizzo); Jeffrey Donovan, George Georgiadis, Don Hewitt, Paul Herman, Wendell Pierce, John Slattery, Aida Turturro.

Sinopsis: La travesura de cuatro adolescentes del barrio neoyorquino de Hell´s Kitchen termina en un homicidio involuntario. Los muchachos son condenados a pasar un mínimo de un año en el reformatorio Wilkinson, lugar en el que sufrirán todo tipo de abusos.

Barry Levinson, director irregular que alcanzó la cumbre en su profesión con la sobrevalorada Rain man, logró su mejor trabajo cinematográfico con Sleepers, adaptación de un best seller de Lorenzo Carcaterra que, de acuerdo con el autor, está basado en hechos reales (la versión oficial es otra bien distinta, todo hay que decirlo). La película, una exaltación de la amistad masculina, de los peculiares códigos morales de los barrios duros y, a la vez, un duro retrato de los reformatorios juveniles estadounidenses, tuvo un moderado éxito, pero en mi opinión supone el mayor logro artístico de Levinson, que aquí cambió los paisajes de su Baltimore natal por los neoyorquinos y convirtió el film en un proyecto personal, al asumir también las funciones de guionista y productor.

Sleepers es un film compuesto de dos partes bien diferenciadas. En la primera, que se desarrolla en las postrimerías de la convulsa década de los 60, se nos explica la primera adolescencia de cuatro muchachos criados en uno de esos barrios en los que imperan los códigos de la calle, hasta que una travesura degenera en una estupidez de enormes proporciones que provoca la muerte de un transeúnte inocente. Para los muchachos, la verdadera condena no será la impuesta por el juez, sino las traumáticas experiencias que vivirán tras los muros del reformatorio. Esta primera parte me parece magistral, hasta el punto de que, por momentos, la historia de esos cuatro muchachos me transporta a una de mis películas favoritas, Érase una vez en América. La recreación histórica es muy acertada, y el retrato social no puede desprender más autenticidad. Llama la atención que, en un barrio en el que la corrupción y el chanchullo constituyen las habituales maneras de hacer, en que las esperanzas de sus moradores por ir hacia arriba en la escala social son más bien escasas, en que la Mafia sigue mandando lo suyo y los malos tratos conyugales son la rutina de muchos hogares, las protestas estudiantiles contra la guerra del Vietnam sean vistas como algo lejano, como una pataleta de estudiantes pijos de universidades caras. En Hell´s Kitchen, la experiencia de la guerra es otra: la de enterrar a los muchachos del barrio que fueron reclutados para la batalla contra el comunismo y regresan dentro de un ataúd. Dos personajes son decisivos para entender los códigos éticos que se muestran en la película: el padre Bobby, un sacerdote que protege a sus feligreses porque no es ajeno a las debilidades humanas y fue delincuente juvenil antes de convertirse en párroco, y King Benny, un gángster de la vieja escuela, que trabajó para Lucky Luciano y continúa siendo el personaje más poderoso del barrio. Pero una vida, o cuatro, pueden arruinarse en unos pocos y desastrosos minutos y, después de ellos, los jóvenes protagonistas conocerán el verdadero horror. Repito: esta primera parte es gran cine.

La segunda parte nos sitúa en 1981. Los cuatro muchachos son ya unos adultos marcados a fuego por la traumática experiencia vivida tras los barrotes de Wilkinson. Dos de ellos se han convertido en matones alcoholizados y drogadictos. Otro tiene un empleo poco cualificado en un periódico, e intenta llegar a reportero, y el cuarto ha conseguido una buena posición en el mundo del Derecho. Una noche cualquiera, los dos pistoleros se cruzan en un restaurante con su antiguo torturador, y le asesinan allí mismo. Este hecho da origen a un proceso judicial que no es sino la plasmación de un plan de venganza que el muchacho convertido en jurista lleva años tramando: que el juicio a sus dos amigos de infancia se convierta en un proceso contra los abusos que todos ellos sufrieron en el reformatorio. Las referencias a El conde de Montecristo son continuas, pero aquí el relato pierde parte de su magia, se enrevesa por momentos y no remonta de veras hasta la parte final. Incluso la labor de Levinson (que siempre fue un artesano aplicado, más que un cineasta brillante), que en la primera parte es impecable, baja el nivel, y su manera de filmar es menos inspirada. Eso sí, el excelente trabajo de Michael Ballhaus sigue patente a lo largo de toda la película, y lo mismo hay que decir de la banda sonora escrita por John Williams, en un trabajo a la altura de su enorme prestigio.

El reparto es multiestelar, y en él hay mucho bueno, y algunos puntos débiles. En general, la interpretación de los cuatro chavales (entre los que se encuentra el malogrado Brad Renfro) que dan vida a los protagonistas en su etapa adolescente da la talla. Kevin Bacon borda el papel de sádico carcelero, Robert De Niro ofrece una actuación acorde a lo esperable en alguien de su talento, y Vittorio Gassman… bueno, nunca dejó de ser un actor sensacional. Dustin Hoffman también se luce en el papel de un abogado alcohólico que ha llegado a tal punto de decadencia que incluso sufre para resultar convincente en su función de marioneta de su presunto oponente en el estrado, y Bruno Kirby es un secundario más que eficaz. En cuanto a los actores que dan vida a los protagonistas en su etapa adulta, destacar a un Brad Pitt que deja claro que había nacido para el estrellato. Jason Patric, un actor muy limitado, no está al nivel que requieren su personaje y la película. Billy Crudup y Ron Eldard sí cumplen con creces. Destacar la presencia de dos rostros que, años después, triunfaron a lo grande en la televisión: Aida Turturro y John Slattery. La actuación de ambos en esta película es de calidad. El personaje de Minnie Driver, actriz que no me entusiasma, está metido con calzador.

Sleepers es una obra maestra en su primera mitad, y una buena película, con momentos notables, en su parte final. En resumen, es una historia de amistad y venganza, narrada desde un plano ético que a cualquiera que haya crecido en un barrio humilde le será fácil de entender. Sin ser perfecta, es la mejor película de Barry Levinson, que supo convertir una historia ajena en un proyecto personal, rodearse de actores y técnicos de primera fila, y filmar los mejores setenta minutos de toda su carrera.

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