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YO, DANIEL BLAKE

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I, DANIEL BLAKE. 2016. 98´. Color.

Dirección: Ken Loach; Guión: Paul Laverty; Director de fotografía: Robbie Ryan;  Montaje: Jonathan Morris; Música: George Fenton;  Diseño de producción: Fergus Clegg y Linda Wilson; Producción: Rebecca O´Brien, para Sixteen Films-Why Not Productions-Wild Bunch-Les Films du Fleuve-Canal + (Reino Unido-Francia).

Intérpretes: Dave Johns (Daniel Blake); Hayley Squires (Katie); Briana Shann (Daisy); Dylan McKiernan (Dylan); Kate Rutter (Ann); Sharon Percy (Sheila); Kema Sikazwe (China); Steven Richens, Amanda Payne, Chris McGlade, Shaun Prendergast, Gavin Webster, Stephen Clegg, Micky McGregor, Dave Turner, Malcolm Shields.

Sinopsis: Daniel Blake es un carpimtero viudo que, tras sufrir un infarto, debe tramitar el subsidio por incapacidad. Atrapado en la maraña burocrática, se ve abocado a una situación desesperada.

Paradigma del cine social más combativo, Ken Loach no se ha ablandado con la edad. Yo, Daniel Blake, su mejor película en muchos años, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y puso sobre la mesa una cuestión hoy primordial en todo Occidente: el desmantelamiento del estado del bienestar.

Loach, que vuelve a colaborar con su guionista de cabecera, Paul Laverty, siempre fue más efectivo en su crítica social cuando conoce bien el terreno en el que ubica sus tramas. En el caso de esta película, el binomio Loach/Laverty se mueve en campo propio, pues su conocimiento de las interioridades (es decir, de las incongruencias y flaquezas) del escuálido sistema de protección social británico se revela profundo. Hablo de un sistema para el que todo aquel que solicita un subsidio es un maleante en potencia, alguien que intenta saltarse el sacrosanto deber de ser explotado en silencio que corresponde a todo obrero obediente. El director escoge como protagonista a un hombre chapado a la antigua, un carpintero de 59 años que, después de cuatro décadas de duro trabajo, sufre un ataque cardíaco y debe tramitar el subsidio de incapacidad. Por un lado, los médicos no le consideran apto para volver a trabajar, pero por el otro, esos linces que hacen las valoraciones de los peticionarios sin tener ni idea de medicina dicen que su dolencia es insuficiente para alcanzar el baremo que le da derecho a la prestación. Para no quedarse sin nada, Daniel ha de solicitar el subsidio de desempleo, lo que le sumerge en una espiral de estupideces y miserias burocráticas que harían palidecer a Kafka.

Loach, que en lo estilístico es de lo más austero, pero que aquí consigue no llegar al puro desaliño que lastra algunos de sus films, nos dice que sólo la solidaridad entre los desfavorecidos puede protegerles de las garras de un sistema corrupto, de un Estado voraz para recaudar (no en lo que a las clases altas se refiere) y muy cicatero a la hora de cubrir las necesidades básicas de quienes forman la base de la pirámide social. Daniel es un obrero de los de antes, trabajador incansable y rebelde ante las injusticias, pero sus principios están pasados de moda. Cuando ve que a una joven londinense, que acaba de llegar a Newcastle para poder ofrecer un techo a los dos hijos que cría sin ayuda de nadie, se le niega la posibilidad de sellar su tarjeta del desempleo por haber llegado a la oficina unos pocos minutos más tarde del horario establecido, monta en cólera. Después de su intervención, esa joven y sus hijos serán su nueva familia, y le ayudarán a afrontar su desigual batalla contra el sistema. No obstante, aquí no hay ni rastro de los elementos de comedia con los que Loach acostumbra a suavizar sus dramas sociales: Yo, Daniel Blake es un potente gancho de izquierda dirigido a la mandíbula de un orden establecido que, por conveniencia, por miedo o por pereza, todos hemos contribuido a crear y que tarde o temprano nos jode a todos, también a los indiferentes o a quienes prefieren centrarse en pamplinas como las religiones o las patrias. Esta dura película, que plantea sus tesis quizá con demasiada vehemencia pero parece tan bien documentada que produce verdadero terror, deja bien claro que el hecho de que, en muchas ciudades grandes o medianas, la diferencia en la esperanza de vida entre los habitantes de los barrios más pudientes y los más humildes se mida en lustros no es fruto de la casualidad, sino de un sistema que fomenta la desigualdad y de la mezcla de desidia e incompetencia de gran parte de aquellos que dicen servir al ciudadano. Es evidente que estamos ante una película que funcionará en la medida en la que lo haga su guión, que muy posiblemente sea el mejor que haya firmado Paul Laverty en su ya dilatada trayectoria.

Loach recurre a su habitual manera de elaborar los repartos, formados casi siempre por actores poco conocidos o semiprofesionales. Dave Johns interpreta de manera sobresaliente a un personaje conmovedor, de esos que desde la sobriedad consiguen dejar huella en el público. Hayley Squires da vida a otra de esas madres solteras que intentan salir a flote en circunstancias difíciles tan frecuentes en el cine de Loach. Estamos ante una actriz muy prometedora. El nivel de los secundarios es inferior al de los protagonistas, cosa a la que también contribuye que sus personajes estén compuestos en función de los principales, más que como entidades con un universo propio.

Yo, Daniel Blake es un panfleto, pero un panfleto cojonudo, que apunta donde debe y dispara con mucha precisión. Como dije al principio, lo mejor de Loach en lo que llevamos de siglo.

 

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