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LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA

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THE ANDROMEDA STRAIN. 1971. 127´. Color.

Dirección: Robert Wise; Guión: Nelson Gidding, basado en la novela de Michael Crichton; Director de fotografía: Richard H. Kline;  Montaje: Stuart Gilmore y John W. Holmes; Música: Gil Mellé; Diseño de producción: Boris Leven; Dirección artística: William Tuntke; Producción: Robert Wise, para Universal Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Arthur Hill (Dr. Jeremy Stone); David Wayne (Dr. Charles Dutton); James Olson (Dr. Mark Hall); Kate Reid (Dra. Ruth Leavitt); Paula Kelly (Karen Anson); George Mitchell (Jackson); Ramon Bieri (Mayor Manchek); Kermit Murdock (Dr. Robertson); Richard O´Brien (Grimes); Peter Hobbs (General Sparks); Eric Christmas, Mark Jenkins, Peter Helm, Carl Reindel, Richard Bull.

Sinopsis: En una apartada población de Nuevo México se produce, después de estrellarse allí un satélite de la NASA, un extraño fenómeno que provoca la muerte de todos sus habitantes, a excepción de un bebé y un anciano. Un equipo de científicos es reclutado para averiguar las causas del suceso.

La última obra importante de Robert Wise, un cineasta que supo dar el salto desde la serie B a las grandes superproducciones, y que firmó varias películas de enorme éxito, fue La amenaza de Andrómeda, film que mezcla la fábula catastrofista con la ciencia-ficción y que adapta la novela de Michael Crichton, autor cuya obra ha dado bastante juego en el séptimo arte. Wise, que además produjo el film, pudo permitirse hacerlo a su gusto, y el resultado es una de las películas más rigurosas a nivel científico que ha dado Hollywood en toda su historia.

El pánico a una hecatombe planetaria es uno de los elementos que marcan buena parte de la cultura de los años 60. Además, el éxito de 2001: una odisea del espacio contribuyó de manera enorme a que la ciencia-ficción, género relegado durante años a un segundo término, revelara su potencial para captar al gran público sin sacrificar la divulgación científica en pos del espectáculo. Sin la coexistencia de ambos factores hubiese sido imposible que La amenaza de Andrómeda hubiese visto la luz, al menos tal y como fue planteada. Es evidente que Robert Wise pretende concienciarnos acerca de los peligros de ir jugueteando con armas biológicas de enorme poder destructivo, pero lo hace desde una perspectiva eminentemente científica, obviando los clichés de Hollywood: la película es densa, pues desentraña los métodos de trabajo que un puñado de científicos sin glamour (esa clase de individuos que salvará el mundo cuando a la inmensa mayoría de mastuerzos que lo habitamos nos dé, seguramente por incompetencia, por cometer una trastada letal) durante cuatro días en los que una amenaza biológica pone en riesgo la supervivencia de buena parte de la población terrestre. Estas mentes privilegiadas deben, en ese período de tiempo, identificar, aislar y combatir a un microorganismo llegado del espacio exterior, que de expandirse podría redecorar la Tierra de modo definitivo.

Es de alabar que Wise, sin dejar de aprovechar el documentado trabajo de Michael Crichton, consiga convertir en apasionante la película, y muestre al público que los héroes llevan batas blancas y suelen pasarse la mayor parte del tiempo mirando a través de un microscopio. La influencia de 2001 es enorme (de los efectos especiales se encarga Douglas Trumbull, que hizo la misma función en el film de Kubrick) y abarca tanto a la escenografía como a la frialdad de la mirada del director, que casi siempre opta por planos fijos, aunque se permite utilizar en ocasiones la pantalla partida, recurso muy en boga en aquellos tiempos. El guión, además de poseer una coherencia aplastante, se aparta del referente en cuanto a la abundancia de diálogos, que consiguen clarificar al espectador los aspectos más técnicos de la investigación y son, en ocasiones, muy ingeniosos, en especial aquellos en los que interviene el personaje de la doctora Leavitt, quizá el mejor conseguido de todos. El debut en la gran pantalla del jazzman Gil Mellé como compositor de bandas sonoras se decanta por lo atonal y lo electrónico, en línea con una película de lo más cerebral, pero que nunca aburre: Wise, que empieza mostrando los devastadores efectos producidos por la caída del satélite en una población de lo más corriente, juega con maestría con el aislamiento y la premura de tiempo con la que trabajan los científicos, crea tensión desde la distancia y evita al máximo los lugares comunes. El que sí utiliza (la lucha contra el reloj del doctor Hall por desactivar el mecanismo de autodestrucción de la base que, en contra de lo inicialmente previsto, haría que el microorganismo se multiplicase nada más alcanzar la superficie terrestre) está resuelto con mucho oficio y un saludable punto de ironía. El espectador medio actual, ése que mide su capacidad de concentración en segundos y cree ser algo más que un número insignificante, dirá que La amenaza de Andrómeda es lenta y aburrida, pero Wise hizo esta película para seres intelectualmente curiosos, para aquellos que quieren comprender en qué consiste el método científico.

Al margen de prescindir del romance y de otros innecesarios estereotipos, Wise dobló la apuesta al optar por un reparto carente de estrellas, en un loable afán por no distraer al espectador de lo que realmente importa. De todo el elenco, formado en buena parte por veteranos intérpretes especializados en roles secundarios, sobre todo televisivos, quien brilla de manera más intensa es la británica Kate Reid, que está perfecta dando vida al personaje más rico de la película. Arthur Hill es otro de los puntos fuertes a nivel interpretativo, mientras que a James Olson lo veo más justito. David Wayne, uno de esos actores de quienes se recuerda más el rostro que el nombre, hace una buena labor, al igual que ese habitual secundario del western llamado George Mitchell.

 

La amenaza de Andrómeda es una muy notable película de ciencia-ficción, que destaca por la importancia que le da a la primera de esas dos palabras. Dado que la acción no transcurre en el futuro, sino en la época en la que fue rodada la película, la posibilidad de quedar anticuada se reduce muchísimo, y casi medio siglo después de su estreno me sigue pareciendo un film imprescindible en su género.

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