HUNGER

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HUNGER. 2008. 93´. Color.

Dirección: Steve McQueen; Guión: Enda Walsh y Steve McQueen; Director de fotografía: Sean Bobbitt;  Montaje: Joe Walker; Música: Leo Abrahams y David Holmes; Dirección artística: Brendan Rankin; Diseño de producción: Tom McCullagh; Producción: Robin Gutch y Laura Hastings-Smith, para Film4-Blast! Films-Northern Ireland Screen- Wales Creative IP Found (Irlanda-Reino Unido).

Intérpretes: Michael Fassbender (Bobby Sands); Liam Cunningham (Padre Moran); Stuart Graham (Raymond Lohan); Brian Milligan (Davey Gillen); Liam McMahon (Gerry Campbell); Lalor Roddy (William); Paddy Jenkins (Asesino); Karen Hassan. Helen Madden, Des McAleer, Rory Mullen, Ben Peel, Billy Clarke.

Sinopsis: En 1981, los presos del IRA llevaban a cabo diversas campañas para que se les concediera el estatus de presos políticos. La más radical de todas ellas fue la huelga de hambre liderada por Bobby Sands.

Después de una extensa carrera como realizador de cortometrajes, el londinense Steve McQueen dirigió Hunger, su primera película en formato largo, con la que consiguió llamar la atención de la crítica especializada y de la cinefilia más selecta. Se trata de un duro drama basado en hechos reales, en concreto en la huelga de hambre que hicieron los presos del IRA en 1981 para que se les reconociera la condición de prisioneros políticos.

Alguien que se dedica al cine y se llama Steve McQueen no podía ser malo. Este director se empeña en demostrarlo en una ópera prima en la que ya se adivina un estilo reconocible dentro de una película que contiene tres mediometrajes en su interior: el primero, que se inicia con la descripción del ritual matutino (ojeada a los bajos del coche incluida) de un funcionario de prisiones, explica la vida en una cárcel británica de máxima seguridad, llena de presos pertenecientes al IRA, en una época marcada por la reciente llegada al poder de Margaret Thatcher, defensora de la línea dura al abordar el conflicto del Ulster, y las huelgas llevadas a cabo por los reos antes de decidirse a elevar la apuesta. Este pasaje destaca por el predominio de lo visual, y marca el tono duro de la película: apenas hay palabras, algo lógico si nos referimos a seres, puestos frente a frente, a quienes su antagonismo ideológico ha reducido a un estado de pura animalidad, de individuos que han dejado de serlo y que sólo se interrelacionan para causarse dolor. En este punto, la película se centra en dos presos, uno recién llegado a la prisión y el otro ya con unos cuantos años de condena a las espaldas. Ambos participan en la huelga de las mantas (los reos se negaban a vestir el mismo uniforme que los delincuentes comunes y preferían ir cubiertos únicamente por una manta) y en la huelga sucia, que consistía en renunciar al aseo personal y embadurnar las paredes de las celdas con excrementos. La película da un giro en su segunda parte, que muestra el diálogo entre Bobby Sands, el terrorista que lideró las huelgas de hambre que sucedieron a las escritas con anterioridad, y un influyente párroco norirlandés. Aquí el predominio de la palabra es absoluto, y la cámara permanece en plano fijo durante más de un cuarto de hora. En la parte final, que describe la huelga de hambre, la narración se centra exclusivamente en Sands y retrata, sin mirar hacia otro lado, el proceso de degeneración que afecta a un cuerpo humano por la falta de alimento.

McQueen no rehuye las cuestiones espinosas, como las torturas a los presos o la absoluta incapacidad de éstos para ver más allá de su propio fanatismo. Deja que sea el espectador quien juzgue de acuerdo a lo que ve, que, a excepción de la escena de la entrevista entre Bobby Sands y el sacerdote, es mucho más que lo que oye. Se le pueda acusar con cierta razón de efectismo (por la dureza de algunos planos, no por la puesta en escena, que en general es muy sobria), pero sin dejar de reconocer que es difícil explicar ciertas situaciones quedándose en la orilla. Las pequeñas celdas y los largos pasillos de la prisión son un marco perfecto para hablar de la sinrazón del ser humano, de su nula capacidad para entender al otro. Un gobierno y una banda armada coinciden en el desprecio a la vida, mientras éste les sea útil para conseguir sus objetivos políticos. McQueen no es neutral, pero tampoco cuenta una historia de santos y pecadores que hoy no se creería nadie, y lo hace con precisión de relojero suizo: fotografía, música y montaje son eficaces dentro de un segundo plano;  como se ha dicho, las palabras sólo adquieren relevancia en la parte central de la película y, sin embargo, lo que podría ser un plomazo arty con coartada política se convierte en una película hipnótica.

Uno de los aspectos más llamativos de Hunger es el trabajo de Michael Fassbender, magnífico actor que sometió a su cuerpo a una verdadera tortura para hacer creíble el lamentable estado físico de Bobby Sands en los días previos a su muerte. Fassbender tiene mucho que ver en el hecho de que el visionado de Hunger constituya una experiencia, no precisamente cómoda, para el espectador. Por tanto, Steve McQueen puede sentirse afortunado por haber contado con un protagonista de tan alto nivel. Del resto del elenco, sólo Liam Cunningham, convincente en su papel de símbolo de esa parte del clero católico tan amiga del terrorismo, tiene algo más de unas pocas frases. El trabajo del resto de los actores es más físico e introspectivo que exhibicionista, lo cual ayuda a entender mejor un film que, en el fondo, habla de la sinrazón.

Gran ópera prima de un director de talento, Hunger se ha convertido por derecho propio en una de las películas de referencia en cuanto al muy cinematográfico conflicto irlandés.

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