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TORREMOLINOS 73

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TORREMOLINOS 73. 2003. 91´. Color.

Dirección: Pablo Berger; Guión: Pablo Berger; Dirección de fotografía: Kiko de la Rica;  Montaje: Rosario Saínz de Rozas; Música: Nacho Mastretta;  Producción: Tomás Cimadevilla, Mohamed Khashoggi,  Bo Ehrhardt y Lars Bredo Rabek, para Estudios Picasso- Telespan 2000- Nimbus Film Productions (España-Dinamarca).

Intérpretes: Javier Cámara (Alfredo López); Candela Peña (Carmen); Juan Diego (Don Carlos); Fernando Tejero (Juan Luis); Mads Mikkelsen (Magnus); Malena Alterio (Vanessa); Ramón Barea (Romerales); Tom Jacobsen (Eric); Mari-Anne Jespersen (Frida); Bjarne Henriksen (Lauritz); Nuria González (Señora de Romerales); Mariví Bilbao, Germán Montaner, Jaime Blanch, Máximo Valverde, Thomas Bo Larsen, Carmen Machi, Tina Sáinz.

Sinopsis: Acosado por las deudas, un matrimonio de la España tardofranquista acepta rodar películas pornográficas caseras que serán distribuidas en los países escandinavos.

El director vasco Pablo Berger regresó de su periplo estadounidense para rodar su primer largometraje, Torremolinos 73, una comedia agridulce, basada en hechos reales y ambientada en los años 70, que arrasó en el palmarés del Festival de Málaga y tuvo también una buena acogida entre el público español.

Empezaré diciendo que la ópera prima de Pablo Berger no es ninguna españolada, sino una película que habla de ellas, que no es lo mismo. Para la inmensa mayoría de los españolitos que ya tenían una cierta edad cuando el franquismo daba sus últimos coletazos, aquellos fueron años de trabajo duro y mal pagado, de televisión en blanco y negro, de veraneos con la familia en un coche lleno de niños y trastos, y de denodados esfuerzos por recoger las migajas del desarrollismo y la sociedad de consumo. Alfredo y Carmen son dos personas como tantas otras: él vende enciclopedias, o más bien lo intenta; ella es ayudante de peluquería y desea tener hijos más que ninguna otra cosa en el mundo. Lo que ganan no les llega ni para el alquiler, pero las cosas siempre pueden ir peor: la venta de enciclopedias ha caído en picado, y el empleo de Alfredo corre serio peligro. Así se lo comunica Don Carlos, un aprovechado editor, que propone a sus empleados una forma de ganar dinero muy peculiar en la España de entonces: con la excusa de obtener material para una enciclopedia audiovisual sobre la reproducción humana, el editor ofrece a sus empleados la posibilidad de rodar sus encuentros sexuales, que serán comercializados en los países escandinavos. En Alfredo y Carmen, dos personas que se quieren, pronto el escándalo y los prejuicios morales ceden frente a la necesidad de dinero y la posibilidad de huir de las estrecheces.

Es de alabar la concisión con la que Berger expone las circunstancias que empujan a Alfredo y Carmen a pasar de ser un casto matrimonio español a rodar películas pornográficas. Con una saludable mezcla de ternura y mala uva, el director nos presenta a unos personajes que, sin dejar de ser singulares, son el reflejo de otros muchos. A Alfredo no tarda en engancharle eso del cine, en especial el de Bergman, y poco a poco va planteándose hacer vídeos más artísticos. Todo marcha bien hasta que Carmen descubre dos cosas que le cambiarán la vida: que es una celebridad entre los pajilleros de Escandinavia, y que el hombre al que ama es estéril y no podrá darle los hijos que tanto desea. Ajeno a la zozobra de su esposa, Alfredo se sumerge en la escritura de su primer guión cinematográfico, Torremolinos 73, que Don Carlos acepta producir.

Con una banda sonora que no puede ser más idónea, una puesta en escena muy cuidada y el saber hacer de Kiko de la Rica, Berger nos brinda un caramelo amargo cuya moraleja es que a veces los deseos se hacen realidad de maneras muy extrañas. Siempre con un pie en lo culto y otro en lo pulp, la película rinde homenaje al porno setentero (mucho más honesto y artísticamente reivindicable que la gimnasia rasurada y recauchutada que domina el género desde hace años) con esas impagables imágenes del butanero y la enfermera cachonda, y se permite hacer chistes a costa de Bergman, las coproducciones y la España eterna para acabar dejando en el espectador un poso de tristeza. En el fondo, Torremolinos 73 es un film sobre lo mucho que se dejan por el camino para que sus deseos se cumplan aquellos que nunca lo tuvieron fácil. La grandeza de Alfredo y Carmen es que el viraje favorable de su fortuna no les convierte en seres mezquinos, como casi todos los que les rodean.

Las alabanzas a la labor de la pareja protagonista están más que justificadas: Javier Cámara, actor excelente cuando no cae en la sobreactuación y la autoparodia, resulta ser el Alfredo perfecto y sabe encontrar todos los recovecos de un personaje muy bien escrito. Con todo, la mejor interpretación de la película es la de Candela Peña, una actriz a la que el cine español ha desaprovechado durante demasiado tiempo y que borda su papel de Carmen, dándole toda la ternura y la profundidad emocional que requiere. Grande, una vez más, Juan Diego, poderoso Mads Mikkelsen interpretando a una versión cutre de Max Von Sydow  y, a un nivel inferior a los citados, encontramos a algunas estrellas televisivas de la época como Fernando Tejero y Malena Alterio. Mencionar las breves pero jugosas apariciones de Carmen Machi y Tina Sáinz, actriz que intervino en algunos de los grandes éxitos de la comedia española de los 70.

Muy buena película, muestra del talento de un director poco prolífico pero de mucha calidad. Tierna, cruel, nostálgica sin edulcorantes y con más aristas de las que aparenta, Torremolinos 73 posee un indudable encanto.

 

 

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