Debemos al enciclopedista francés Denis Diderot la fórmula de la libertad humana:
«EL HOMBRE SÓLO SERÁ LIBRE CUANDO EL ÚLTIMO REY SEA AHORCADO CON LAS TRIPAS DEL ÚLTIMO SACERDOTE».
Debemos al enciclopedista francés Denis Diderot la fórmula de la libertad humana:
«EL HOMBRE SÓLO SERÁ LIBRE CUANDO EL ÚLTIMO REY SEA AHORCADO CON LAS TRIPAS DEL ÚLTIMO SACERDOTE».
Frase horrorosa. De ese tipo de pensamiento sale el Terror de la Revolución Francesa, los Gulags de Stalin, Auschwitz, el genocido en Gaza y tantos otros desastres. Y conste que me gusta leer a Diderot, pero esto…
Discrepo de nuevo. Todos esos desastres, y otros que todos conocemos, han sido perpetrados por seres que obraron como los reyes de los que hablaba Diderot, gracias a las malas artes de multitud de sacerdotes, o especímenes similares vestidos de fanáticos doctrinarios, o de eficades burócratas ejecutores del delirio asesino. Creímos, y en esto el autor de la frase sí que yerra, que la tiranía era una cuestión de clase (y, en consecuencia, que la Ilustración y el fin de las monarquías absolutas acabaría con ella), pero en verdad es una cuestión de especie. Las masacres no son ya, o no lo son casi nunca, obra de un megalómano aupado al poder por herencia o designio divino, sino por seres de distinta clase a estos, pero de idéntica naturaleza, elegidos democráticamente y convertidos en semidioses por «el pueblo», lo que les da la licencia para cometer en su nombre las mayores tropelías, como los monarcas absolutos de antaño. A mi juicio, Diderot se equivoca en el diagnóstico, pero no en el remedio.
Coincido en todo su análisis, salvo en que el crimen y la crueldad sean el remedio. Quien se cree con derecho a destripar y ahorcar acaba convirtiéndose en lo mismo que quiere combatir: en un tirano. Por otra parte, la generalización implícita en la frase de Diderot (todo rey y todo sacerdote es malo) carece de matices, pero en la realidad hay más colores que el blanco y el negro. Un cordial saludo.
Ahí está el gran problema: quienes se valen de su posición para sojuzgar a los demás, no renunciarán a sus privilegios de manera pacífica, pero ¿quién desarmará después a sus verdugos para evitar que se conviertan en aquello que combatieron? Hasta hoy, la respuesta a esta pregunta es, a nivel de civilización, un fracaso absoluto.