EL RENACIDO

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THE REVENANT. 2015. 154´. Color.

Dirección: Alejandro González Iñárritu; Guión: Alejandro González Iñárritu y Mark L. Smith, basado parcialmente en la novela de Michael Punke; Director de fotografía: Emmanuel Lubezki;  Montaje: Stephen Mirrione; Música: Ryuichi Sakamoto y Alva Noto;  Diseño de producción: Jack Fisk;  Dirección artística: Michael Diner e Isabelle Guay (Supervisión); Diseño de vestuario: Jacqueline West; Producción: Alejandro González Iñárritu, Steve Golin, Arnon Milchan, Mary Parent, Keith Redmon y James W. Skotchdopole, para Regency Enterprises-New Regency-M Productions- Anonymous Content- Ratpac Entertainment- Appian Way-Monarchy Enterprises (EE.UU.).

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Hugh Glass); Tom Hardy (John Fitzgerald); Domhnall Gleeson (Capitán Henry); Will Poulter (Bridger); Forrest Goodluck (Hawk); Paul Anderson (Anderson); Kristoffer Joner (Murphy); Joshua Burge (Stubby Bill); Duane Howard (Elk Dog); Christopher Rosamund (Boone); Lukas Haas (Jones); Melaw Nakehk´o, Fabrice Adde, Arthur Redcloud, Robert Moloney, Brendan Fletcher, Tyson Wood.

Sinopsis: Hugh Glass es un explorador que guía a una expedición a través de rutas deshabitadas de Norteamérica. Muchos hombres perecen por un ataque de los indios, y poco después Glass queda al borde de la muerte por el ataque de un oso. La traición de Fitzgerald, uno de los miembros de la expedición, acaba con el asesinato del hijo mestizo de Glass, y con éste abandonado a su suerte. A partir de ese momento, los dos únicos objetivos del explorador son la supervivencia y la venganza.

Después de hacer saltar la banca con su anterior film, Birdman, el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu viró hacia la épica con El renacido, una historia de supervivencia que narra las aventuras del explorador Hugh Glass a principios del siglo XIX. Un aluvión de premios saludó el nuevo tour de force de Iñárritu, que le situó en la intersección entre Terrence Malick y el Tarantino de Los odiosos ocho.

En un entorno salvaje y hostil, como el de los pioneros que colonizaron los Estados Unidos de Norteamérica, cobra todavía más sentido la célebre frase de Thomas Hobbes que dice que el hombre es un lobo para el hombre. De eso va la película. Iñárritu, en una tesis que ya es una constante en su obra, muestra que el hombre blanco, cruel y codicioso, es más lobo aún, pues los únicos gestos de nobleza y solidaridad los encontramos, excepción hecha del capitán que comanda la expedición en la que el protagonista ejerce de explorador, de la mano de indígenas. No comulgo con esta especie de racismo a la inversa, aun siendo consciente de las atrocidades cometidas por el hombre blanco, no sólo en la colonización de Norteamérica. Llámenme misántropo, pero creo que todos los humanos estamos hechos de la misma pasta, y lo único que nos diferencia es el nivel de conocimientos adquirido y la capacidad para ejercer sobre los débiles nuestra maldad natural. Dicho esto, la película narra el devenir de los miembros de una expedición que, tras adentrarse en territorio indio, se dispone a regresar al mundo civilizado con un buen número de pieles de animales, con cuya venta puede obtenerse bastante dinero. Sin embargo, una emboscada de los indios hace que la expedición pierda a la mayoría de sus hombres, y que el resto se vea obligado a huir para no correr idéntico y sangriento destino. En un bosque, Glass, el explorador, es atacado por un oso pardo, y queda al borde de la muerte. En vista de su penoso estado, y de la escasez de hombres y víveres, se decide que un grupo, formado por dos muchachos, uno de los cuales es el hijo mestizo de Glass, y un individuo mezquino y cruel apellidado Fitzgerald, se quede con él a la espera de recibir ayuda o, si muriese, se encargue de darle sepultura. Lo que hace Fitzgerald es engañar a uno de los muchachos, asesinar al hijo de Glass y abandonar a éste, moribundo, en mitad del bosque helado. Desde ese momento, el explorador lucha por sobrevivir, con el objetivo de vengarse del asesino de su hijo.

Iñárritu narra una historia de supervivencia en condiciones extremas y deseo de revancha con extremo preciosismo, de modo que su colaboración con Emmanuel Lubezki vuelve a ser un ejercicio visualmente fascinante. Es cierto que algunos de los larguísimos planos-secuencia que Iñárritu planifica y ejecuta con maestría no parecen tener otra justificación que el puro virtuosismo, pedantería disculpable en un panorama cinematográfico en el que prima en exceso el montaje fragmentado, y que a la película le sobra metraje y no hubiera estado de más un último recorte en la sala de edición, pero la suma de las mencionadas cualidades con unos magníficos efectos visuales convierte a El renacido en una obra mayor. La música, compuesta en su mayor parte por Ryuichi Sakamoto, me parece bastante buena, pero no produce el mismo impacto que las imágenes. En ellas, la belleza inhóspita de los paisajes, la de la sangre sobre el hielo y el paroxismo de unos rostros llevados por la climatología y las circunstancias a la pura animalidad, no se olvidan fácilmente.

El renacido le dio a Leonardo DiCaprio su perseguido Oscar, y hay que decir que se lo ganó a pulso, por lo certero de su labor y por las condiciones extremas en que se desarrolló el rodaje. Otra cosa es que en ningún momento el otro gran protagonista de la película, Tom Hardy, esté peor que él. De hecho, en algunas de las escenas que comparten (su primer diálogo, por ejemplo) opino que Hardy le come la tostada a DiCaprio, como se la comería al 95% de los actores vivos.  Así de mayúscula es su labor. Del resto, me quedo con Domhnall Gleeson y Christopher Rosamund, dentro de un tono general  notable.

Con un cuarto de hora menos de metraje (las ensoñaciones, o delirios, del protagonista me sobran casi en su totalidad, para ser sinceros) estaríamos hablando de una verdadera obra maestra (la primera hora para mí lo es, sin duda), que Alejandro González Iñárritu aún no posee en su filmografía, pero lleva todo el camino de conseguirla. Gran cine de un director cuyo talento casi está a la altura de su hipertrofiado ego.

 

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