LA VISITA

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THE VISIT. 2015. 94´. Color.

Dirección: M. Night Shyamalan; Guión: M. Night Shyamalan; Dirección de fotografía: Maryse Alberti;  Montaje: Luke Ciarrocchi; Música: Miscelánea. Piezas de Les Baxter, Donizetti, Tchaikovsky, etc.;  Dirección artistica: Scott Anderson; Diseño de producción: Naaman Marshall; Producción: Marc Bienstock, Jason Blum y M. Night Shyamalan, para Blinding Edge Pictures-Blumhouse Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Olivia DeJonge (Becca); Ed Oxenbould (Tyler); Deanna Dunagan (Abuela); Peter McRobbie (Abuelo); Kathryn Hahn (Madre); Celia Keenan-Bolger, Samuel Stricklen, Patch Darragh, Jorge Cordova, Benjamin Kanes.

Sinopsis: Becca y Tyler, dos adolescentes, van a pasar una semana a casa de sus abuelos, a quienes no conocen. Una vez instalados, no tardan en comprobar que sus anfitriones son gente de lo más extraña.

Después de años en los que calidad y la aceptación de sus películas no hacía más que menguar, el director recuperó parte del encanto de sus primeras obras con La visita, film de terror de bajo presupuesto que no es otra cosa que una versión moderna del cuento de Hansel y Gretel.

En esta ocasión, Shyamalan apuesta por el terror psicológico, prescindiendo de elementos sobrenaturales y adornando el conjunto con toques de humor negro. La ingeniosa propuesta formal, consistente en que la película se nos presenta como el documental que Becca, una joven con pretensiones artísticas, rueda sobre la visita a unos abuelos a quienes, a causa de serias rencillas familiares, no ha visto jamás, puede provocar mareos puntuales en el espectador más clásico, pero consigue lo que pretende, que no es otra cosa que dar miedo. Con guiños a monumentos del género como El resplandor HalloweenLa visita sumerge al público en un inquietante crescendo (a Shyamalan pueden reprochársele varios defectos, pero posee una envidiable capacidad de crear tensión), en el que desde un principio se percibe que nada va ser tan idílico como se suponía, pero donde los elementos terroríficos van dosificándose con maestría hasta desembocar en una claustrofóbica pesadilla desencadenada por dos ancianos cuya frágil apariencia es sólo un espejismo.

La pérdida de status de Shyamalan dentro de la industria cinematográfica le ha dejado fuera de las grandes producciones, de los holgados presupuestos y de los repartos de campanillas, pero el hombre tiene talento y, como Orson Welles en Macbeth, consigue mucho con muy poco. La visita acojona, a base de acumular golpes de efecto y de atemorizar con elementos absolutamente cotidianos; y todo eso tiene mérito, porque uno ya tiene sus añitos, se ha tragado centenares de películas de terror y, siendo sinceros, creía que, después de soportar el procés durante varios años, ya estaba curado de espantos. Pero con una videocámara, una joven que se cree Bergman, un chico blanco que querría ser negro, una casa solitaria y dos abueletes muy tarados el director logra que el espectador se adentre en su pesadilla (en la que, como en la vida misma, no faltan los detalles jocosos), y sienta algo de ese miedo que nada tiene que ver con litros de sangre y casquería y que, precisamente por eso, se percibe como más real.

No hay música original (detalle que, a mi juicio, juega a favor de una película como ésta), la puesta en escena es eficacísima, y el montaje un completo acierto, siendo un elemento primordial en el buen resultado de la película. En cuanto al reparto, he de decir que Ed Oxenbould, el actor que interpreta al hermano menor de Becca, me resulta pelín insufrible, quizá por esos rapeos que, eso sí, sirven al director para soltar unas sanas dosis de cachondeíto. Mucho mejor Olivia DeJonge, pero a quien destaco sobre todos los demás es a Deanna Dunagan, genial en el papel de anciana perturbada. Kathryn Hahn, la actriz que interpreta a la madre de los pequeños, me convence sólo a medias, aunque confieso que me hizo gracia el perfil de su personaje, una casi cuarentona con sensación de fracaso, que navega entre la depresión y un fingido optimismo y que cree que su siguiente pareja tendrá la receta para su felicidad. Shyamalan no vive en una nube…

Gran película, que servirá para que los fans de su director recuperen el orgullo, y para que sus detractores esperen con renovada impaciencia su nuevo tropiezo. A mí me gusta que los cineastas con talento hagan obras a su altura, y por ello confieso que he disfrutado mucho (aunque disfrutar no sea ni de lejos la palabra exacta) viendo La visita.

 

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