ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA

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ONCE UPON A TIME IN AMERICA. 1983. 251´. Color.

Dirección: Sergio Leone; Guión: Leonardo Benvenuti, Piero De Bernardi, Enrico Medioli, Franco Arcalli, Franco Ferrini y Sergio Leone, basado en la novela de Harry Grey The Hoods; Director de fotografía: Tonino Delli Colli;  Montaje: Nino Baragli; Música: Ennio Morricone. Dirección artística: Carlo Simi; Vestuario: Gabriella Pescucci; Producción: Arnon Milchan, para The Ladd Company-Embassy International Pictures-Producers Sales Organisation (EE.UU-Italia).

Intérpretes: Robert de Niro (David Noodles Aaronson); James Woods (Max Berkovicz); Elizabeth McGovern (Deborah); Tuesday Weld (Carol); James Hayden (Patsy Goldberg); William Forsythe (Philip Cockeye Stein); Darlanne Fluegel (Eve); Larry Rapp (Fat Moe); Amy Ryder (Peggy); Scott Tiler (Joven Noodles); Rusty Jacobs (Joven Max); Jennifer Connelly (Joven Deborah); Brian Bloom (Joven Patsy);  Noah Moazezi (Dominic); Adrian Curran (Joven Cockeye); Mike Monetti (Joven Fat Moe); Julie Cohen (Joven Peggy); Joe Pesci (Frankie Manoldi); Burt Young (Joe); Treat Williams (Jimmy Conway); Danny Aiello (Jefe de policía Aiello); Richard Bright (Chicken Joe); Richard Foronji (Policía Fartface); Louise Fletcher (Directora del cementerio); Robert Harper, Dutch Miller, Gerard Murphy, Mario Brega, James Russo, Marcia Jean Kurtz, Estelle Harris.

Sinopsis: Noodles es un niño pobre que vive en el barrio judío de Nueva York. Allí conoce a Max, y juntos organizan una banda que pasa de cometer pequeños robos a convertirse en poderosos gángsters durante la época de la Ley Seca.

Ya en la época en la que cosechaba éxitos con su trilogía del dólar, el director romano Sergio Leone mostró su interés en adaptar para el cine The hoods, la novela autobiográfica de Harry Grey sobre el gangsterismo judío en Nueva York. Tuvieron que pasar casi dos décadas entre la génesis del proyecto y su estreno en las salas. Demasiado tiempo, porque, parafraseando al personaje interpretado por Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, cuando Érase una vez en América llegó a las pantallas, después de un largo y dificultoso periplo, el cine ya se había hecho pequeño. La película fue incomprendida por el público, remontada y mutilada por sus productores e ignorada en los grandes premios cinematográficos, aunque un sector de la cinefilia la encumbró desde el principio, llegando a compararla con El Padrino. Al parecer, se rodaron unas diez horas de material, a partir de las cuales se hizo un primer montaje de cuatro horas y media de duración. La versión que en su momento circuló en VHS, y que también sirvió como base para la edición en DVD, dura alrededor de tres horas y cuarenta minutos; posteriormente se hizo un extended director´s cut, que es el que se comenta en esta reseña. Empezaré por decir que las escenas añadidas poseen interés y ayudan a entender una película narrativamente compleja.

Está claro que mis reseñas cinematográficas no pretenden ser objetivas. Esto, que es una constante, cobra aún más sentido cuando se trata de comentar Érase una vez en América, una de mis películas favoritas de toda la historia del cine. Nunca se es objetivo cuando se habla de aquello que se ama. En esta obra maestra, Sergio Leone pone lo mucho bueno que tiene su filmografía anterior (esto va para los críticos que desprecian los westerns del romano), y lo lleva a otra dimensión, la de la épica y la poesía. La relación entre el cine y los gángsters ha dado unos hijos maravillosos, casi siempre desde una óptica italoamericana. Érase una vez en América resulta excepcional ya en este aspecto, pues sus protagonistas son de origen judío, hijos de gentes que llegaron desde Europa a principios del siglo XX, huyendo de la miseria y las persecuciones. Uno de esos chicos es David Aaronson, Noodles, el protagonista de esta historia que, a través de continuos saltos temporales, aspira nada menos que a contar más de medio siglo de historia de los bajos fondos de un país en cuya génesis y desarrollo la violencia ocupa un lugar principal. Como podía esperarse en Leone, hay sangre y tiroteos, pero también hay mucho más. Me permito decir que las escenas enmarcadas en los años 20, en las que los protagonistas son preadolescentes, son insuperables. Nunca el cine ha mirado con tanta belleza y sensiblidad el paso a la edad adulta como en esta película tan triste y a la vez tan hermosa. Pondré un ejemplo: las más perfectas manifestaciones artísticas creadas por el ser humano han retratado de diversas formas el amor puro, ése que pertenece al mundo de lo ideal y que, para decepción de los verdaderos románticos, nunca llega a manifestarse en la vida real más que como un pálido reflejo de lo que soñamos; pues bien, la perfecta encarnación de ese amor puro son los ojos de Noodles espiando el baile de Deborah a través de esa rendija que, 35 años después, sigue ahí y produce el mismo efecto que la famosa magdalena proustiana. ¿Quién no se enamoraría de esa criatura llena de gracia? En todas las escenas juveniles se encuentra el germen de lo que ocurrirá después: de hecho, un discurso angular de la película, quizá el verdadero mensaje de toda ella, es que sólo la juventud es capaz de la pureza, en el amor y en la amistad. Después, todo se corrompe, en buena parte por culpa de la codicia. Puede decirse, incluso, que todas las escenas adultas narran el proceso de destrucción de lo bello, hasta llegar a un final que no es sino la constatación de todo lo bueno perdido.

La banda sonora de Ennio Morricone, también una de las mejores de la historia, merece capítulo aparte. No se trata sólo de la impresionante calidad de sus composiciones originales, que consiguen que la virtuosa cámara de Leone se mueva al son de sus melodías, sino lo que hace con canciones imperecederas como Amapola (créanme, conozco a tipos duros que, desde que vieron la película, son incapaces de escuchar esta pieza sin emocionarse) o Yesterday. Sí, el genio romano cascarrabias posee la fórmula de lo sublime.

Leone, sus técnicos y su equipo de guionistas crearon una maravillosa pieza artística, en la que los gestos, los sonidos (ese teléfono que marca el punto de ruptura) y las miradas dicen muchísimas cosas, en la que el detallismo y la minuciosidad se extreman, en la que la violencia marca de la casa también es capaz de poesía (la muerte de Dominic), en la que, en suma, los reencuentros sólo pueden ser dolorosos. Cuando Noodles regresa a Nueva York, después de haber estado escondido 35 años por haber delatado a sus amigos a la policía, al ver su rostro demacrado y en sus ojos llenos de cansancio, sabemos que lo que se nos va a explicar es la historia de una derrota. No sólo la suya, sino la de todo un grupo de individuos que, saliendo de la miseria, llegaron a tenerlo todo y terminaron perdiéndolo. Por eso, el plano final de Noodles me parece una ironía, en una película en la que, pese a todo, también hay momentos de humor y unos diálogos fuera de serie. “Acostarme temprano”, contesta un viejo Noodles cuando Fat Moe le pregunta qué ha hecho durante su larga ausencia. Eso, por no hablar del Cantar de los cantares en versión Deborah…

Una película excepcional merece un reparto excepcional, y Leone lo tuvo. Lo encabeza un Robert De Niro que deja claro por qué es uno de los grandes actores dramáticos del último medio siglo. Cuando está dentro de un registro parco, como sucede en esta película, De Niro es insuperable. Tengo que volver a esa rendija, porque ahí sus ojos cansados recuperan el brillo… en el resto del reparto, dos puntos comunes: todos están muy bien, y ninguno, salvo quienes intervienen de forma muy episódica como Joe Pesci, estuvo nunca mejor. James Woods, que es un actor como la copa de un pino, hace el papel de su vida en la piel del inteligente, intrigante y despótico Max Bercovicz, cuyas manos manejan todos los hilos; Elizabeth McGovern, buena actriz cuyos inicios de carrera fueron tan esperanzadores como decepcionante su posterior desarrollo, es una gran Deborah adulta, una mujer que antepone el éxito a todo lo demás (nótese la frialdad con la que baila Amapola con Noodles la noche antes del trágico final de su historia de amor). Otra mujer que está magnífica es Tuesday Weld, cuyas réplicas a Wood y De Niro son sobresalientes. Entre los secundarios, un Treat Willims más que correcto,  que lidera una subtrama sindical que podría parecer prescindible… de no ser porque explica en buena manera el final de la historia, unos destacables Joe Pesci, Burt Young y Danny Aiello, y un buen trabajo general de todo el elenco, en la que es la mejor dirección de actores de toda la filmografía de Leone. Los jóvenes intérpretes que dan vida a los protagonistas en su adolescencia cumplen con muy buena nota. Entre ellos brilla con luz propia una jovencísima Jennifer Connelly. Creo que ya lo he dicho, pero ¿quién no se enamoraría de ella?

Sergio Leone jamás concibió Érase una vez en América como su testamento cinematográfico, pues su prematuro fallecimiento le pilló preparando otros proyectos que, por desgracia, no pudieron ver la luz. De todos modos, una carrera no puede tener un final mejor que con una obra maestra absoluta. Qué manejo del tiempo y la tensión, qué maravillosa utilización de la música, qué maestría a la hora de alternar esos primeros planos tan suyos con bellísimas (y también desgarradas, como la de Noodles en la solitaria playa) tomas generales… no está mal para un tipo al que muchos, que a saber qué habrán hecho de productivo en su vida, sólo veían capaz de hacer westerns polvorientos en Almería. Termino: nunca pongo notas a las películas en mi blog pero, por si no ha quedado claro, ésta es un diez.

 

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