PURO VICIO

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INHERENT VICE. 2014. 145´. Color.

Dirección: Paul Thomas Anderson; Guión: Paul Thomas Anderson, basado en la novela de Thomas Pynchon; Dirección de fotografía: Robert Elswit;  Montaje: Leslie Jones; Música: Jonny Greenwood;  Diseño de producción: David Crank; Dirección artística: Ruth De Jong; Producción: JoAnne Sellar, Daniel Lupi y Paul Thomas Anderson, para Ghoulardi Film Company-IAC Films- Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Joaquin Phoenix (Larry Doc Sportello); Josh Brolin (Detective Bigfoot Bjornsen); Owen Wilson (Coy Harlingen); Katherine Waterston (Shasta Fay Hepworth); Reese Witherspoon (Penny Kimball); Benicio Del Toro (Sauncho Smilax); Jena Malone (Hope Harlingen); Maya Rudolph (Petunia); Martin Short (Dr. Rudy Blatnoyd); Jordan Christian Hearn (Denis); Eric Roberts (Mickey Wolfmann); Serena Scott Thomas (Sloane); Michael Kenneth Williams (Tariq Khalil); Hong Chau (Jade); Joanna Newsom, Jeannie Berlin, Vivienne Khaledi, Christopher Allen Nelson, Yvette Yates, Sam Jaeger, Timothy Simons, Jillian Bell, Michele Sinclair, Sasha Pieterse, Jefferson Mays, Keith Jardine, Peter McRobbie, Martin Donovan.

Sinopsis: En el Los Ángeles de finales de los 60, un detective adicto a la marihuana recibe la visita de su ex-novia, que le pide que investigue la desaparición de su actual pareja, un magnate inmobiliario.

Tenía que ser uno de los grandes nombres del cine contemporáneo, Paul Thomas Anderson, quien se atreviera a llevar al cine una novela del excéntrico, y nada cinematográfico, Thomas Pynchon. Puro vicio (traducción errónea, para variar) pasa por ser la obra menos retorcida de su autor (quien esto escribe no la ha leído: sí lo hice con V, que me gustó mucho pero que, si hablamos de cine, considero que es del todo inadaptable), pero sólo hay que ver la película para comprender que el relato es de una complejidad que lo aleja del público mayoritario. El resultado generó división de opiniones, como no podía ser de otra forma. La mía es que, en varios aspectos, Puro vicio es la película más floja de las dirigidas por Paul Thomas Anderson, lo que equivale a decir que es bastante buena.

La virtud y el pecado de Anderson, según confesión propia, es su férrea voluntad de ser fiel a la novela (al parecer, cambia el final, quizá por dejar su sello en alguna parte). Si he de definir la película en una sola frase, diría que es cine negro psicodélico. La historia del detective outsider a quien se le encarga investigar una desaparición es todo un clásico desde los tiempos de Chandler y Hammett; lo que ocurre es que el protagonista de Pynchon/Anderson fuma tanto como sus ilustres precedentes, pero no es precisamente el tabaco la sustancia que contamina sus pulmones y gobierna su cerebro. Como en El sueño eterno, una trama a priori sencilla va adquiriendo complejidad hasta convertirse en difícil de seguir: en Puro vicio, se suceden las apariciones (y desapariciones) de una extensa galería de personajes secundarios, cada uno más cerca del desquiciamiento que el anterior, cuya relación con la historia principal no queda clara, en el mejor de los casos, hasta las escenas finales. La dispersión mental de todos los personajes, en muchos casos acentuada por el abuso de psicotrópicos, se contagia a la narración, que se percibe como un puñado de escenas sueltas, algunas muy brillantes, cuyo nexo de unión no va mucho más allá de la presencia del detective Doc Sportello, un individuo al que algún crítico ha definido, de un modo muy exacto, como una mezcla entre el Jake Gittes de Chinatown y el Jeffrey Lebowski de los Coen. Al final, las claves del relato cuadran de un modo que considero satisfactorio (no ocurre lo mismo con algunas de las subtramas, como la del barco), pero es fácil que el espectador se pierda antes de eso. Anderson, cineasta de personalidad muy marcada tras su aparente eclecticismo, parece menos interesado en ofrecer un relato accesible (cosa que, tomando a Pynchon como base literaria, era muy difícil de por sí) que en ofrecer una visión alucinógena del final de una época dorada: si en Boogie nights se explicaban el esplendor y la decadencia del cine pornográfico, en Puro vicio falta el primer aspecto, y predomina lo nostálgico: la explosión de la contracultura de los 60 tocaba a su fin, víctima de sus contradicciones y fagocitada por un sistema de enormes tragaderas y mefistofélica capacidad de corromperlo todo y a todos. Nixon ya estaba ahí; Anderson mima a sus protagonistas, todos ellos perdedores con encanto, pero retrata los ambientes y personajes identificados con  el sistema con una muy adecuada mordacidad. Resulta curioso, y más en un cineasta con tendencia al exceso, pero toda esa alucinogenia narrativa, todo ese (no tan) antiguo esplendor ahogado en drogas y dinero, se nos muestra con sobriedad, sin ceder a los clichés visuales de la psicodelia ni añadir más elementos de dispersión a unos personajes bastante idos y a una historia en la que es más fácil perderse que engancharse. Habituales de Anderson, como Robert Elswit (que vuelve a colaborar con el director tras el paréntesis de The Master) o el músico Jonny Greenwood, tiene un protagonismo menor que en otras cintas: incluso se eluden las canciones más emblemáticas de la época de la psicodelia y el flower power en la banda sonora. Imagino que todo esto habrá sido del agrado de Thomas Pynchon, allá donde esté, pero dudo que contribuya a expandir audiencias. Eso sí, el montaje está cuidado hasta el extremo, como es habitual en Anderson, y lo mismo ocurre con el vestuario y la escenografía. La clave de la película, a mi juicio, se resume en que en la molona California de los 60 ya se había puesto el sol. Aún no ha amanecido.

Nadie como Joaquin Phoenix para los papeles de tío colgado. Una vez más, este actor se encuentra en su salsa dando vida a Doc Sportello, un detective politoxicómano que navega entre el escepticismo y el afán por no perder lo mejor de su pasado, y que pese a su cuelgue consigue mantener un ápice de lucidez… que no se contagia al resto de personajes, en especial a los masculinos. Entre los secundarios abundan intérpretes que debutan a las órdenes de Anderson: destaco a Josh Brolin, que protagoniza algunos de los momentos más delirantes de la película, a Katherine Waterston, que es una actriz notable, y al único e inimitable Benicio del Toro. Reese Witherspoon y Owen Wilson son dos actores que suelen cargarme, pero bajo el mando del hombre que pasará con letras grandes a la historia del cine por haber hecho una buena película protagonizada por Adam Sandler todo es más sencillo, y ambos cumplen con buena nota. El interminable reparto se completa con veteranos resucitados como Eric Roberts o Martin Short, quienes seguramente interpretan a los dos personajes más desquiciados -cada cual a su modo- de todo el elenco, con permiso de Bigfoot Bjornsen, actores notables como Peter McRobbie, cantantes de nivel como Joanna Newsom e incluso una diva del porno.

Puro vicio no es una obra maestra, pese a venir de un cineasta especializado en facturarlas, pero creo que es lo mejor que puede hacerse con una novela de Thomas Pynchon en el cine. En resumen, una muy buena película para quien sepa disfrutarla, en la que Paul Thomas Anderson demuestra su gran talento al salir airoso de un desafío no apto para directores de medio pelo.

 

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