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UN MUNDO DE FANTASÍA

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WILLY WONKA & THE CHOCOLATE FACTORY. 1971. 98´. Color.

Dirección: Mel Stuart; Guión: Roald Dahl, basado en su relato Charlie & the Chocolate Factory; Dirección de fotografía: Arthur Ibbetson;  Montaje: David Saxon; Dirección artística: Harper Goff; Música: Leslie Bricusse y Anthony Newley; Producción: David L. Wolper, para Wolper Pictures, Ltd. – Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Gene Wilder (Willy Wonka); Peter Ostrum (Charlie); Jack Albertson (Abuelo Joe); Roy Kinnear (Mr. Salt); Julie Dawn Cole (Veruca Salt); Leonard Stone (Mr. Beauregard); Denise Nickerson (Violet Beauregarde); Nora Denney (Mrs. Teevee); Paris Themmen (Mike Teevee); Ursula Reit (Mrs. Gloop); Michael Bollner (Augustus Gloop); Diana Sowle (Madre de Charlie); Aubrey Woods, David Battley, Günter Meisner, Peter Capell, Dora Altmann.

Sinopsis: Willy Wonka, un excéntrico confitero célebre en todo el mundo, lleva años encerrado en su fábrica en busca de nuevas creaciones. Un día, decide que los cinco agraciados que encuentren un tíquet dorado en su tableta de chocolate podrán visitar su factoría.

La relación de Roald Dahl con el cine y la televisión es extensa, tanto por su labor como guionista como por las numerosas adaptaciones de que han sido objeto sus obras literarias. Ambas facetas se dan la mano en Un mundo de fantasía, primera versión cinematográfica de uno de los relatos infantiles más conocidos del autor galés, Charlie y la fábrica de chocolate. La dirección de la película corrió a cargo de Mel Stuart, director cuya carrera se centró fundamentalmente en el ámbito televisivo y que venía de obtener un éxito con su anterior largometraje, Si hoy es martes, esto es Bélgica. Sin embargo, Un mundo de fantasía fue un fracaso de taquilla, seguramente porque en su época fue considerado un film demasiado adulto para los niños y demasiado infantil para los adultos. En todo caso, la calidad de esta película ha sido reivindicada con largueza y con los años ha conseguido ser conocida y admirada por muchos aficionados al cine, hecho al que sin duda contribuyó sobremanera el remake dirigido por Tim Burton hace unos años.

Un mundo de fantasía se divide en dos mitades perfectamente diferenciadas, aunque unidas por la ilusión del joven Charlie por conseguir uno de los cinco pases que le abrirían la puerta a cumplir el sueño de su vida: visitar la fábrica de Willy Wonka. En la primera, vemos cómo es la miserable vida del muchacho, que vive con su madre, viuda y encargada de mantener a la familia, y con sus cuatro abuelos, que llevan años sin levantarse de la cama. Charlie reparte periódicos después de la escuela para contribuir a la economía familiar, pero su día a día no es otro que la pobreza. Hasta que encuentra el quinto y último tíquet dorado, y se marcha junto a Joe, su abuelo más querido, a la mansión-fábrica de Wonka. Éste es un personaje excéntrico, que vive consagrado a sus creaciones y tiene a un ejército de enanos (los umpa-lumpas) a su servicio. Charlie conoce a los otros cuatro chicos agraciados, todos ellos pijos, consentidos e insufribles (si alguien hiciera por aquí una versión de este cuento, sin duda uno de los críos querría ser presidente del Barça), y todos ellos se introducen en un mundo que, más que un paraíso, es una carrera de obstáculos: obseso de sus dulces, Wonka convierte cada estancia de su fábrica en un rosario de prohibiciones que acaba con la expulsión de quienes las obvian. Charlie es el único muchacho que, pese a incumplir una de las órdenes, llega hasta el final del recorrido.

Como casi todas las historias infantiles de Dahl, Un mundo de fantasía es un cuento oscuro, que bajo su apariencia fantástica nos habla de la realidad de un  modo nada complaciente: el relato de la vida de un niño pobre, la descripción del resto de repelentes infantes (genial la del niño alemán, sin duda herencia del pasado del autor como combatiente en la Segunda Guerra Mundial), y en especial el recorrido por la fábrica de Wonka, se alejan (a mi juicio, para bien) del paradigma de película para niños, pues poseen la enorme virtud de no idealizar. Es cierto que el film se resiente de que su presupuesto no le da para impresionar con las maravillas que promete, de su formato teatral, de una dirección algo plana y de la endeblez de buena parte de sus números musicales (inciso: me gusta poco ese género. De hecho, creo que, salvo contadas excepciones, la mejor forma de filmar un musical es la que hizo Billy Wilder en Irma la dulce: suprimir todas las canciones), pero es lúcido, muy divertido a su retorcida manera -no me extraña que a Tim Burton le encante esta historia- y altamente disfrutable por personas plurineuronales de cualquier edad.

Gene Wilder, actor que no me convence muy a menudo, es un perfecto Willy Wonka, y sabe transmitir muy bien la excentricidad, el genio y el poso de amargura de su personaje. Jack Albertson también luce en el papel de anciano entrañable, y se agradece que Peter Ostrum no ejerza de niño repelente: los otros pueden serlo, pues así lo exige su papel, pero una criatura que no se distinguiera de las otras podría destrozar la película. Bien Roy Kinnear como sufrido progenitor de una niña que incita al infanticidio, y destacable la inquietante presencia de Günter Meisner.

Un  mundo de fantasía es una de esas películas a las que ese implacable juez llamado Tiempo ha hecho justicia. Un caramelo envenenado que recomiendo paladear, y la enésima muestra del talento de Roald Dahl como creador de historias. Ah, y hay moraleja, pero mola.

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