LOS DUELISTAS

Resultat d'imatges de the duellists 1977

THE DUELLISTS. 1977. 103´. Color.

Dirección: Ridley Scott; Guión: Gerald Vaughan-Hughes, basado en el relato The duel, de Joseph Conrad; Dirección de fotografía: Frank Tidy; Montaje: Pamela Power; Música: Howard Blake; Diseño de producción: Peter J. Hampton; Dirección artística: Bryan Graves; Vestuario: Tom Rand; Producción: David Puttnam, para Enigma Productions-Paramount Pictures (Reino Unido-EE.UU.)

Intérpretes: Keith Carradine (D´Hubert); Harvey Keitel (Feraud); Diana Quick (Laura); Edward Fox (Coronel); Cristina Raines (Adèle); Robert Stephens (General Treillard); Albert Finney (Fouché); Tom Conti (Dr. Jacquin); John McEnery (Chevalier); Alun Armstrong (Lacourbe); Meg Wynn Owen (Léonie); Stacy Keach (Narrador); Maurice Colbourne, Gay Hamilton, Jenny Runacre, Alan Webb, Arthur Dignam, Matthew Guinness, Pete Postlethwaite.

Sinopsis: A comienzos del siglo XIX, dos jóvenes oficiales del ejército napoleónico se baten en duelo. Como éste queda inconcluso, se va repitiendo a lo largo de los años, en lugares diferentes, mientras los duelistas van ascendiendo en el escalafón militar.

El primer largometraje del británico Ridley Scott es, todavía hoy, una de sus mejores películas. Scott llevó a la gran pantalla la adaptación de un conocido relato de un autor, Joseph Conrad, que en general ha sido muy bien tratado por el cine. Los duelistas logró un notable éxito y supuso el trampolín para una carrera que empezó de modo fulgurante.

El propio Ridley Scott reconoce la influencia decisiva que sobre su ópera prima tuvo Barry Lyndon, una de las obras maestras peor entendidas de Stanley Kubrick. Los duelistas, que se centra en el longevo antagonismo entre dos oficiales del ejército de Napoleón, no posee la profundidad de su referente pero, a partir de un inicio espectacular, consigue situarse como un referente del cine de época. Scott no se anda con remilgos: la película empieza con un duelo, en el que Feraud asesta una herida casi mortal a un pariente de un militar de alto rango. De ahí se deriva su arresto, que D´Hubert se encarga de comunicarle. Este encuentro es el detonante de todo lo que vendrá: Feraud, herido en su orgullo y dueño de un exagerado sentido del honor (y de un notable desprecio hacia su propia vida, dicho sea de paso), se muestra tan reacio a asumir su castigo, y tan impertinente con el mensajero, que la cosa concluye con un nuevo duelo, esta vez entre ambos. De la contienda no surge un vencedor claro, hecho que aprovechará Feraud para perseguir a su oponente a lo largo de los años, y a través de todo el continente europeo, con el único fin de saldar cuentas. El motivo de la disputa queda borrado por el tiempo: queda el duelo en sí mismo, que cíclicamente viene a interrumpir la paz, y el progreso militar, de D´Hubert.

La gran virtud de Ridley Scott como cineasta, que queda patente ya desde su primera película, es la estética. Incluso en sus películas más flojas (y tiene varias que merecen tal calificativo) el atractivo visual se sitúa por encima de la media. Cuando la historia acompaña, y el contenido está a la altura de la forma, el resultado es más que notable. Esto es lo que ocurre con Los duelistas, film en el que la belleza de las imágenes (que en algunas escenas, como las que muestran la debacle del ejército napoleónico bajo los rigores del invierno ruso, es estremecedora) va más allá del mero esteticismo. El director tiene la virtud de no resultar repetitivo en los duelos, rodados de manera espectacular y que siempre se producen en lugares y situaciones diferentes, al tiempo que consigue que las escenas que los separan sean mucho más que simples tiempos muertos. Retrato de una época convulsa y a la vez descripción de unas conductas que a los ojos del hombre contemporáneo pueden resultar incomprensibles, en Los duelistas todo esta bien trabajado: los personajes, los diálogos, la ambientación, el vestuario, la iluminación, la música, las coreografías de hombres y espadas… los saltos en el tiempo muestran la evolución de D´Hubert; la de Feraud, en cambio, es inexistente: ambos protagonistas progresan por sus méritos militares, pero la capacidad de adaptación de Feraud a los brutales vaivenes sociales y políticos de su época es nula. La decadencia de D´Hubert es física; la de su enemigo íntimo, en cambio, es mental, y se da por permanecer anclado en sus principios mientras todo cambia a su alrededor de un modo vertiginoso, y también por su manifiesta incapacidad para ponerse en el lugar del otro.

El duelo actoral es también de alto nivel: Keith Carradine pasaba por su mejor momento profesional, y se nota. Enfrente, pocos actores son capaces de interpretar con tamaña convicción a un ser testarudo y dotado de un valor rayano en la inconsciencia como Harvey Keitel, actor que brilla más cuando da vida a personajes ubicados en el extremo. Entre los secundarios, destacable labor de Diana Quick y agradecidísima presencia de algunos actores de prestigio como Edward Fox, Robert Stephens y un Albert Finney cuya breve intervención es inmejorable. Finney interpreta a Fouché, rey de la supervivencia política y personaje que por sí solo daría para una gran película, o varias. Antológica es la explicación que le da a D´Hubert acerca del porqué de su condición de guardián de la lista de represaliados tras la caída de Napoleón Bonaparte: “De no ser así, yo estaría en ella”.

Los duelistas significó el principio de una carrera, la de Ridley Scott, que empezó de manera soberbia (sus dos siguientes películas son obras maestras) para caer después en una espiral descendente de la que pocas veces se ha recuperado. Su ópera prima no llega a ser Barry Lyndon, pero es de las pocas películas rodadas con posterioridad al film de Kubrick que juegan su misma liga y consiguen que las comparaciones no sean odiosas.

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