LA TÍA TULA

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LA TÍA TULA. 1964. 109´. B/N.

Dirección: Miguel Picazo; Guión: Luis S. Enciso, José Miguel Hernán, Manuel López Yubero y Miguel Picazo, basado en la novela de Miguel de Unamuno; Dirección de fotografía: Juan Julio Baena; Montaje: Pedro del Rey; Música: Antonio Pérez Olea; Decorados: Luis Argüello; Producción: Francisco Molero, Nino Quevedo y José López Moreno, para Eco-Surco (España)

Intérpretes: Aurora Bautista (Tula); Carlos Estrada (Ramiro); Carlos Sánchez Jiménez (Ramirín); Mari Loli Cobo (Tulita); Irene Gutiérrez Caba (Herminia); Laly Soldevila (Amalita); Manuel Granada (Tío Pedro); José María Prada (Sacerdote); Enriqueta Carballeira, Paloma Lorena, Emilia Zambrano, Julia Delgado Caro, Coral Pellicer.

Sinopsis: Tras la prematura muerte de su hermana, Tula, una mujer soltera próxima a los cuarenta años de edad, acoge en su casa a su cuñado y sus sobrinos. Tula ejerce de madre para los pequeños, pero no contempla, pese a las habladurías, la posibilidad de casarse con Ramiro.

La Tía Tula, ópera prima del recientemente fallecido Miguel Picazo, está considerada como el mejor exponente del movimiento que, hace medio siglo, fue bautizado como Nuevo Cine Español. Adaptación de la mejor novela del gran intelectual Miguel de Unamuno, el film obtuvo numerosos premios y goza aún hoy de un bien ganado prestigio entre los cinéfilos.

Se dice, con razón, que Unamuno era un ensayista también cuando escribía novelas, lo que afecta a la amenidad de algunas de sus obras de ficción. No es el caso de La tía Tula, que es una pieza literaria redonda. El mérito de los guionistas, entre los que se encuentra el propio director de la película, radica en hacer una adaptación rabiosamente contemporánea sin prostituir el espíritu de la novela de Unamuno. Por decirlo de otra manera, la adaptación cinematográfica es modélica como tal y, al tiempo, ofrece un retrato crítico de la España de provincias que la acerca a las obras mayores de Juan Antonio Bardem, para incidir en la necesidad, que tanto puede entenderse en clave personal como nacional, de librarse de las ataduras y los corsés establecidos como única opción de no ser devorado por ellos. El drama de Tula es el de quienes pretenden llegar a la liberación a través de algo tan poco liberador como la castidad, y también el de alguien incapaz de adaptarse a las circunstancias y de evolucionar con ellas.

A Miguel Picazo no se le nota en nada su condición de debutante. El film, en apariencia sencillo en lo formal, está construido en base a largas secuencias que requieren buena planificación, claridad de ideas a la hora de ponerla en práctica y habilidad en la dirección de actores. La estética puede ser austera, pero no pobre. El sentido de lo narrado es claro: Tula esconde su fobia al sexo vistiéndola de negación al sometimiento al hombre, cuando en la práctica es la esposa perfecta de su época, salvo en el catre. Las personas con fobia al sexo se obligan a apagar el deseo que despiertan en los demás (comportamiento que es toda una paradoja biológica), lo que para no pocos de sus semejantes es el afrodisíaco perfecto. Es aquí donde radica el drama. Lo irracional es la represión, el hecho de ver obscenidad en todas partes, la visión del sexo como algo sucio y a evitar. Tula es todo esto, en carne y hueso. Incapaz de aceptar otro punto de vista que el suyo propio, su desgracia se desencadena cuando los demás optan por fórmulas menos antinaturales que la que ella ve como la única posible. Lo que no se gana (y ella puede hacerlo con un medio tan socialmente admitido como el matrimonio) se acaba por perder.

Más de una vez he oído a Aurora Bautista decir que cuando leyó el guión de La tía Tula supo que esa iba a ser su mejor película. Acertó, como lo hizo al dar vida a un personaje complejo e ideal para el lucimiento. El argentino Carlos Estrada le da buena réplica, en el papel de un hombre al que el raciocinio le dura lo que tarda en vencerle el instinto. Entre los secundarios, hay nombres, como el de Irene Gutiérrez Caba, que siempre supieron estar a la altura de su prestigio, actrices de reconocido buen hacer como Laly Soldevila y presencias de las que dejan su impronta en la pantalla, como la de José María Prada.

La tía Tula es uno de los títulos imprescindibles del cine español, además de la mejor película de un director de carrera intermitente e irregular.

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