AFTER

AFTER. 2009. 112´. Color.

Dirección: Alberto Rodríguez; Guión: Rafael Cobos, basado en un argumento de Rafael Cobos y Alberto Rodríguez; Dirección de fotografía: Alex Catalán;  Montaje: José M. G. Moyano; Música: Julio de la Rosa;  Dirección artística: Pepe Domínguez; Producción: Gervasio Iglesias y José Antonio Félez, para Tesela Producciones Cinematográficas- La Zanfoña Producciones (España).

Intérpretes: Tristán Ulloa (Manuel); Guillermo Toledo (Julio); Blanca Romero (Ana); Jesús Carroza (Jesús); Cristina Domínguez (Alicia); Daniel Grao (Luis); Marta Solaz (Irene); Alicia Rubio (Laura 230); Aroa Rodríguez, Maxi Iglesias, Álvaro Monje, Valeria Alonso, Cristina Domínguez, Fernando Soto.

Sinopsis: Tres amigos, con edades en la frontera de los cuarenta años, quedan una noche para cenar después de mucho tiempo sin verse. La velada se convierte en una espiral de alcohol, drogas y sexo.

Después de un largo paréntesis tras su aclamada 7 vírgenes, el director sevillano Alberto Rodríguez volvió al largometraje con After, en la que su mirada se dirige hacia otra generación (la suya, en concreto) y clase social, dejando de lado los barrios humildes y centrándose en la clase media acomodada.

Más de una vez se ha dicho que After es una especie de Menos que cero a la española. Hay similitudes entre el film de Rodríguez y la novela de Brett Easton Ellis, pero si en ésta los retratados eran jóvenes de clase alta, aquí la edad de los protagonistas sube un escalón y la pirámide social lo desciende. El trío de amigos que forman Manuel, Julio y Ana se incluye en una generación que, diga lo que diga su carnet de identidad, en muchos aspectos se ha quedado anclada en la adolescencia. Son hedonistas, inmaduros, caprichosos y están, en lo sentimental, a medio construir, pero ya no son jóvenes.

Alberto Rodríguez se rodea, una vez más, de su equipo habitual de colaboradores, entre los que destaca el guionista Rafael Cobos. Entre ambos, construyen una película nocturna, en la que lo más revelador ocurre cuando llega el día. Estructurada en tres partes, cada de ellas centrada en uno de los vértices del triángulo protagonista, la película no deja espacio para la duda a la hora de mostrar que ninguno de ellos está satisfecho con la vida que lleva, en apariencia llena de confort: Ana se siente sola y es incapaz de obtener de los hombres otra cosa de sexo, porque no deja de ser una persona fría y dominante que podrá hacerse desear, pero no querer; Manuel está casado con una mujer que tiene un hijo de una pareja anterior: el niño le odia, tendencia que se acentúa cuando Gula, el perro de la familia, se escapa, y eso descorazona a un hombre abúlico y desorientado; Julio, alto ejecutivo cuya especialidad es enviar a la gente al paro, intenta suplir su soledad con pornografía y esos chats de internet de ligue fácil y olvido más fácil todavía. Estos tres elementos se lanzan a mostrar su complejo de Peter Pan en una noche de farra salvaje.

El director construye un film pesimista, a tono con la omnipresente canción de Micah P. Hinson que lo ilustra, en el que, cuanto más empeño ponen los protagonistas en divertirse, menos lo consiguen, y menos divertidas resultan para el espectador unas andanzas más bien tristes, en las que, de modo progresivo, Manuel, Julio y Ana van perdiendo la poca dignidad que pudieran tener mientras dejan claro que, por mucho que beban, se droguen o follen, lo que han perdido es la alegría. Seguir haciendo lo de antes, o intentar recuperarlo, es estúpido si no eres el de antes. Los protagonistas ya son los puretas de las discotecas, y su lado salvaje es más bien patético, mecánico, forzado, impostado. Desean a toda costa que les quieran, cuando ellos no son capaces de querer a nadie, y el abuso de sustancias, legales e ilegales, sólo consigue sacarles (como suele ocurrir en la mayoría de los casos: los psicotrópicos, como tantas otras cosas, no son para cualquiera) lo peor de sí mismos. Lo bueno es que todo esto se dice, pero sin sermonear. La película es un pelín larga, hay situaciones que se repiten en demasía, pero su tono y su acabado me convencen sobremanera. Alberto Rodríguez y Álex Catalán retratan con acierto España la nuit: la cámara se mueve con elegancia a través de los rostros, el sudor y la oscuridad: no duda, pero baja la mirada cuando ya hemos visto suficiente.

Buena nota para los protagonistas: el más flojo, sin llegar a fastidiar el invento, es un Tristán Ulloa que me parece un actor de tantos; Guillermo Toledo hace una gran interpretación, acreditando que, cuando tiene buenos personajes, sabe lucir (quizá debería hablar sólo en esos momentos, por otra parte), y la debutante Blanca Romero está de notable alto, a un nivel que hacía presagiar una carrera de más enjundia. En cuanto a los secundarios, me quedo con un habitual del director, Jesús Carroza, en el papel de camello de poca monta y mucho sentido del humor.

Tiene fallos en el ritmo, acusa un exceso de metraje y en el guión hay altibajos, pero After es un film bien hecho y de verdad, prueba de que Alberto Rodríguez es un destacable cineasta, incluso cuando no está del todo inspirado.

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