EL AÑO DE LAS LUCES

EL AÑO DE LAS LUCES. 1986. 104´. Color.

Dirección: Fernando Trueba; Guión: Rafael Azcona y Fernando Trueba, basado en una historia de Manolo Huete; Dirección de fotografía: Juan Amorós;  Montaje: Carmen Frías; Música: Francisco Guerrero; Diseño de producción: Josep Rosell; Producción: Andrés Vicente Gómez, para Iberoamericana Films (España).

Intérpretes: Jorge Sanz (Manolo); Maribel Verdú (María Jesús); Verónica Forqué (Irene); Manuel Alexandre (Emilio); Chus Lampreave (Doña Tránsito); Rafaela Aparicio (Rafaela); Santiago Ramos (Pepe); José Sazatornil Saza (Don Teódulo); Violeta Cela (Vicenta); Diana Peñalver (Paquita); Lucas Martín (Jesús); Juan de Pablos, Pedro Reyes, Pilar Marco, José María Cañete, Gabriel Latorre, Antonio Sequeira, Isabel Ordaz.

Sinopsis: Nada más acabar la Guerra Civil, Manolo, un joven madrileño, marcha junto a su hermano menor a un preventorio situado en la frontera con Portugal por motivos de salud. Allí vivirá el despertar sexual y tendrá su primer amor.

En la primera mitad de los años 80, Fernando Trueba se consagró como abanderado de una generación de cineastas surgidos en los albores de la democracia y que intentó, con mayor o menor fortuna,  darle un barniz más moderno y elevado a la comedia española. Después de varios éxitos, Trueba modificó en algo sus esquemas con El año de las luces, película coescrita con el guionista más importante del cine español, Rafael Azcona, y basada en un episodio biográfico del actor Manolo Huete. El tono era algo más dramático de lo habitual hasta entonces en el director madrileño, y la acción se trasladaba a los tristes años que sucedieron a la victoria fascista en la Guerra Civil.

El film es una arquetípica historia de iniciación, que halla sus aspectos diferenciales en el lugar (un preventorio ubicado en la provincia de Zamora, cerca de la frontera con Portugal) y la época (1940) en que desarrolla la acción. Trueba y Azcona nos muestran un país triste y pobre, en el que casi todo lo que hace que la vida merezca la pena es pecado y está prohibido. La fachenda hispánica tacha la película de parcial y maniquea, pero uno sabe que la guerra la perdieron los buenos. O, puestos a conceder, los menos malos. Los vencedores construyeron un país ensimismado, ignorante y cobarde o, más exactamente, devolvieron a España a su tradición secular. Al espectador de El año de las luces no le cuesta entender lo difícil que podía ser para un quinceañero en plena explosión hormonal vivir en la España nacional-católica de entonces, donde todo lo relacionado con el sexo, aunque fuera de lejos, se entendía como una autopista al infierno que ríanse de la de AC/DC.  Gracias a Pascual, un soldado que acompaña a su hermano, teniente del Ejército, Manolo entiende que eso que le prohíben, eso tan sucio, no lo prohíben por malo, sino por placentero. Ya en el preventorio, el muchacho se masturba todo lo que puede (incluso lleva una pormenorizada contabilidad de su gimnasia sueca) gracias a lo que ve, y sobre todo a lo que imagina, de Vicenta, la jefa de enfermeras. Además, descubre la cultura de verdad de la mano de Emilio, un anciano que vivió en París y enciende velas a la gloria de un señor al que echo de menos en la Barcelona de hoy, y que se llamó Buenaventura Durruti. Un día, Vicenta se marcha a otros parajes. Su sustituta, María Jesús, se convertirá en el primer amor de Manolo, ése que casi nunca se repite, y nunca se olvida.

Técnicamente, El año de las luces es la mejor película rodada por Fernando Trueba hasta la fecha. Los paisajes zamoranos y el interior del preventorio están filmados con mimo. En el tono, predomina la comedia: el film es una reivindicación de los placeres de la vida y una denuncia contra quienes utilizan el poder para castrarnos, no siempre en sentido figurado. El guión está a la altura de lo que podía esperarse de sus autores: fluye con la suavidad de la nostalgia, encadena situaciones entre divertidas y tristes (como la vida misma), y consigue ser jovial pese a todo. A los militares y los curas que lo joden todo, por ser más precisos.

Jorge Sanz siempre me pareció un actor justito, de mayor presencia que talento. Por entonces, su rostro era omnipresente en el cine español. No diré que lo haga mal, pero palidece frente al resto de intérpretes, incluyendo a una jovencísima Maribel Verdú, de la que enamorarse no tiene mérito alguno. Me encanta Chus Lampreave, que borda el papel de cacatúa franquista castradora; a Verónica Forqué me la creo a ratos, Santiago Ramos cumple bien, y la pareja que forman Manuel Alexandre y Rafaela Aparicio está entre lo mejor del elenco. Espléndido, como de costumbre, José Szatornil, aquí en el papel de un cura que intenta evitar a escopetazos que las palomas se le caguen encima en pleno oficio.

Vista hoy como una especie de ensayo general del que todavía hoy es el mejor largometraje de ficción de su director, Belle EpoqueEl año de las luces es, a mi juicio, la primera película importante de Fernando Trueba: posee encanto, mensaje, entretiene y está rodada por un cineasta al que se le nota para bien su creciente preocupación por la estética, o su simple mejoría técnica. Acertada crónica de un amor inolvidable en una España muy olvidable.

 

 

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