MUERTE DE UN CICLISTA

MUERTE DE UN CICLISTA. 1955. 86´. B/N.

Dirección: Juan Antonio Bardem; Guión: Juan Antonio Bardem, basado en una idea original de Luis Fernando de Igoa; Dirección de fotografía: Alfredo Fraile; Montaje: Margarita de Ochoa; Música: Isidro B. Maiztegui; Producción: Cesáreo González y Manuel J. Goyanes, para Cesáreo González Producciones Cinematográficas- Suevia Films-Trionfalcine-Guión Producciones Cinematográficas (España-Italia)

Intérpretes: Lucía Bosé (María José de Castro); Alberto Closas (Juan Fernández Soler); Carlos Casaravilla (Rafael Sandoval); Bruna Corrà (Matilde Luque Carvajal); Otello Toso (Miguel Castro); Alicia Romay (Carmina); Manuel Alexandre (Ciclista de la última escena); Julia Delgado Caro (Doña María); Matilde Muñoz Sampedro (Vecina del ciclista muerto); Mercedes Albert (Cristina); José Sepúlveda (Comisario); José Prada (Decano); Fernando Sancho, Manuel Guitián, Manuel Arbó, Antonio Casas, Emilio Alonso, Jacinto San Emeterio, Margarita Espinosa, Gracita Montes.

Sinopsis: Dos amantes atropellan con su coche a un ciclista en una carretera solitaria. Deciden ocultar el accidente para que no salga a la luz su relación adúltera.

Muerte de un ciclista, además de ser el film que consagró como cineasta a Juan Antonio Bardem, fue también la primera película española que obtuvo una importante resonancia internacional después de la Guerra Civil, tras obtener el Premio de la Crítica en Cannes, el más prestigioso de los festivales cinematográficos. Aún hoy, Muerte de un ciclista es uno de los films capitales del cine español.

Comunista convencido, Bardem creía que en la burguesía, y por extensión en las clases altas, estaba el origen de todos los males. Uno piensa, más bien, que la perversidad inherente al ser humano asoma con más facilidad cuanta mayor es la sensación de impunidad que tiene el individuo, pero Muerte de un ciclista es una magnífica película, se esté o no de acuerdo con el enfoque ideológico del director, al cual, en todo caso, hay que alabarle la valentía, dadas la época y el lugar. Con marcadas influencias del cine italiano, Bardem retrata una España hipócrita hasta el tuétano, en la que quienes más tienen viven completamente de espaldas a la realidad.  Cuando ésta les salpica de la manera más brutal, optan por ocultarla para no perder sus privilegios, y los problemas sólo aparecen cuando lo hacen el chantaje y la conciencia.

Bardem capta la injusticia, la desigualdad, la doble moral, el miedo (y también el desencanto de los más lúcidos de entre los vencedores de la guerra) de forma magistral. Él, que siempre fue acusado (en ocasiones, con toda justicia) de descuidar las formas en la puesta en escena, ofrece una de las películas que mejor uso hace de las posibilidades del montaje cinematográfico en toda la historia del cine español. Él, cuyo cine fue tildado (muchas veces con razón) de discursivo en exceso, silencia la materialización del chantaje y la salida a la luz del adulterio bajo las notas del flamenco. La fotografía es excelente, con algunos de los mejores planos de toda la obra de Bardem. La música, más funcional que brillante. Algunos de los diálogos son oro puro: si los referentes son el Neorrealismo italiano y el cine negro estadounidense (en ciertos aspectos, Muerte de un ciclista me recuerda a la primera versión cinematográfica oficial de El cartero siempre llama dos veces: las semejanzas con la primera versión real, que fue Obsesión, la ópera prima de Luchino Visconti, son todavía mayores), el mérito está en ofrecer una obra de alto nivel, con muy pocos medios y una censura omnipresente, que impuso el moralizante final de la película, más por condenar el adulterio que la muerte de un inocente, ya que éste era pobre.

Pese a toda la negritud moral que refleja la película, el director se permite la esperanza, basada en la toma de conciencia del protagonista masculino y en el inconformismo de la juventud (no en vano el film se hace eco de las primeras protestas estudiantiles de la posguerra). Que el cambio, que no fue ni mucho menos el soñado por Bardem, ni por otros muchos que tanto lucharon por él, tardara cuatro lustros en producirse, indica que el director se equivocaba al considerar el franquismo una causa, más que una consecuencia, pero es innegable que este enfoque aporta a la película una luz necesaria.

Alberto Closas ya era una estrella en Argentina cuando llegó a España para ponerse a las órdenes de Juan Antonio Bardem en esta película. Buen fichaje, no cabe duda. Closas fue un actor versátil, capaz de encarnar personajes mucho más complejos que el típico galán hispánico de la época. Aquí consigue dar vida de manera intachable a Juan, un hombre superado por las circunstancias, noble pero pusilánime. Lucía Bosé nunca me pareció una actriz destacada, pero aquí cumple bien con su rol de femme fatale. El plantel de secundarios funciona realmente bien, empezando por un gran Carlos Casaravilla que es a la vez sanguijuela y Pepito Grillo de la alta burguesía de la que vive.

Muerte de un ciclista no fue la primera piedra, pero sí quizá la mejor, de un cine español distinto, cercano a la realidad y con conciencia social. Sus valores cinematográficos y la profundidad de su mensaje la convierten en uno de los grandes tesoros del cine patrio, una obra poderosa que ni la censura logró destrozar.

 

 

 

 

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