GRIZZLY MAN

GRIZZLY MAN. 2005. 105´. Color.

Dirección: Werner Herzog; Guión: Werner Herzog; Dirección de fotografía: Peter Zeitlinger;  Montaje: Joe Bini; Música: Richard Thompson;  Producción: Erik Nelson, para Lions Gate Films-Discovery Docs-Real Big Production (EE.UU.-Alemania).

Intérpretes: Timothy Treadwell, Willy Fulton, Werner Herzog, Jewel Palovak, Carol Dexter, Val Dexter, Franc G. Fallico, Sam Egli, Kathleen Parker, Warren Queeney, Amie Huguenard, Sven Haakanson Jr.

Sinopsis: Documental sobre Timothy Treadwell, un hombre que pasó trece veranos seguidos viviendo entre osos pardos en un paraje inhóspito de Alaska.

En la filmografía de Werner Herzog destacan dos querencias: la que tiene hacia el documental, disciplina a la que ha dedicado la mayor parte de su obra como realizador, y su afán por retratar a personajes extremos, salvajes, al borde de la locura. Ambos elementos se unen en Grizzly man, retrato de un ecologista harto extravagante.

Para ser exactos, la personalidad de Timothy Treadwell (cuyo apellido real era Dexter) no se sitúa al borde de la locura, sino varios pueblos más allá. Su historia es la de tantos iluminados: a la mayoría les da por la mística o la patriótica, pero Treadwell encontró el sentido a su existencia en el ecologismo. Cuando una persona es consciente de su fracaso vital (y Treadwell era un fracasado de libro: sin oficio ni beneficio, alcohólico, drogadicto, sin ningún éxito profesional y con una vida amorosa poco envidiable), lo habitual es que le dé por reproducirse. A quienes no lo hacen, suele darles por cosas más raras… sin llegar al extremo de largarse con lo puesto a Alaska cada verano y vivir en pleno territorio del oso pardo. Ése era Treadwell: ingenuo, temerario, narcisista, deseoso de fama (aunque no de dinero) y profundamente desequilibrado. Pasó trece veranos entre osos, y registró con su cámara más de cien horas de su vida junto a los plantígrados. Herzog utiliza con fruición ese material, entrevista a amigos y conocidos de Treadwell (desde un forense idóneo para participar en Cuarto milenio a admiradoras del peculiar protagonista, pasando por un tipo de rostro pétreo que dice más de una verdad sobre el personaje), y reflexiona con lucidez sobre el hombre y su obra. No oculta cierta admiración por el Treadwell cineasta, que en verdad obtuvo imágenes de los osos pardos pocas veces vistas, por no decir ninguna. Pero la visión del mundo de Herzog es mucho más inteligente que la de su estrella, que como ecologista fue otro fracaso: más que el salvador de los osos que pretendía ser, fue más bien un invasor de su espacio, un intruso, temerario hasta el extremo y con una obsesión por humanizar a unas criaturas tan ajenas a nuestra especie que por momentos llega a ser risible. Porque lo paradójico (y Herzog acierta al subrayarlo) es que los mejores momentos del trabajo en Alaska de Treadwell, las mejores imágenes que obtuvo, en las que sí se aprecia una verdadera conexión con la naturaleza, son aquellas en las que no aparecen ni humanos ni plantígrados, sino los solitarios parajes agrestes de Alaska, así como algunas imágenes de Treadwell junto a los zorros que comparten hábitat con el oso pardo. La comunión del aventurero con esos animales es pura ilusión, no existió más allá de su mente. La plasmación de esta circunstancia no pudo ser más terrible: Treadwell fue devorado por un oso en 2003. La mujer que le acompañaba, Amie Huguenard (que apenas aparece en las grabaciones) corrió idéntico destino.

Herzog trata con delicadeza a un personaje que presenta varias similitudes con algunos de los protagonistas de sus filmes, como Lope de Aguirre o Fitzcarraldo. Prueba de ese respeto es que no incluye en el documental la cinta de audio que registró los últimos momentos de Treadwell y Amie Huguenard, pero sí su propia reacción al oírla, y también lo que sucedió cuando sus cadáveres fueron localizados. Alterna con eficacia las imágenes tomadas por su protagonista con las declaraciones de quienes le conocieron, y se beneficia de los sonidos profundos de la América salvaje que componen la notable banda sonora de Richard Thompson. Herzog presenta el triste final de su protagonista como algo inevitable: en sus últimas grabaciones se le nota cada vez más perturbado y paranoico, enfrentado no sólo a los cazadores furtivos, lo cual es del todo comprensible, sino incluso a los guardias forestales que vigilaban la zona. Porque Grizzly Man vivió su aventura en un parque natural protegido, lo que me lleva a pensar que convirtió su odio a la civilización (soy de los que piensan que detrás de un buen número de ecologistas se oculta una misantropía torpemente disimulada) en un despropósito de grandes proporciones, que además fue in crescendo hasta acabar en tragedia.

Grizzly Man emerge como un film poderoso, realizado por un director amigo de lo extremo.  Dudo que su visionado deje a alguien indiferente, y desde luego está muy alejado del típico documental de animales. Recomendable no sólo por sus valores cinematográficos, sino también por los motivos para la reflexión que plantea.

 

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