HANNIBAL

HANNIBAL. 2001. 129´. Color.

Dirección: Ridley Scott; Guión: David Mamet y Steven Zaillian, basado en la novela de Thomas Harris; Dirección de fotografía: John Mathieson; Montaje: Pietro Scalia; Música: Hans Zimmer; Diseño de producción: Norris Spencer; Dirección artística: David Crank; Producción: Ridley Scott, Dino De Laurentiis y Martha De Laurentiis, para Universal Pictures-Metro Goldwyn Mayer (EE.UU.)

Intérpretes: Anthony Hopkins (Hannibal Lecter); Julianne Moore  (Clarice Starling); Gary Oldman (Mason Verger); Ray Liotta (Paul Krendler); Frankie Faison (Barney); Giancarlo Giannini (Inspector Rinaldo Pazzi); Francesca Neri (Allegra Pazzi); Zeljko Ivanek (Cordell); Hazelle Goodman (Evelda Drumgo); David Andrews (Agente Pearsall); Francis Guinan, James Opher, Enrico Lo Verso, Ivano Marescotti, Mark Margolis, Giannina Facio.

Sinopsis: Mientras la agente Starling tiene problemas en el FBI por el fiasco de una misión antidroga, un millonario desfigurado por Hannibal Lecter ofrece una recompensa por su captura.

Una década después del rotundo éxito de El silencio de los corderos, Hollywood tuvo la idea de recuperar al doctor Hannibal Lecter, convertido gracias a aquella película en el gourmet caníbal más famoso del celuloide, aprovechando que el novelista Thomas Harris había publicado otras novelas sobre el personaje. De los artífices de la excelente primera entrega sólo repitió Anthony Hopkins en el papel de Lecter. Visto el resultado de Hannibal, muy inferior en todos los aspectos a su predecesora, es de alabar el olfato de quienes prefirieron no implicarse en el proyecto.

El principal problema de Hannibal es el desaprovechamiento del talento de quienes participaron en ella, y del importante presupuesto empleado. Empezando por el principio, el guión es flojo: por lo que sé, del libreto de David Mamet (autor de calidad que suele decaer en los proyectos de encargo) se aprovechó poco, y Steven Zaillian, guionista irregular donde los haya, no supo imprimirle al texto la fuerza que requería. Ni los diálogos tienen el suficiente empaque, ni la mayoría de las escenas poseen capacidad de enganchar al espectador. Si a esto le sumamos que al frente del proyecto estuvo Ridley Scott, cineasta tan dotado de talento visual como incapaz de sostener una película en lo narrativo, nos queda un producto deslavazado, comercial en el peor sentido de la palabra y que desaprovecha sus cualidades en busca del efectismo. El prólogo, que narra una operación del FBI contra unos narcotraficantes, muestra las virtudes y defectos de la película: bien resuelto en las imágenes, discurso manido e irrelevante.

En Hannibal aparecen dos personajes perversos, cuyas acciones provocan el reencuentro entre dos viejos amigos, Lecter y Clarice Starling. Por un lado está Paul Krendler, un trepa sin escrúpulos que torpedea a la agente del FBI; por otro, Mason Verger, un multimillonario pederasta que quedó horriblemente desfigurado por obra y gracia de Lecter y que planea vengarse de él utilizando su dinero como reclamo para cazarrecompensas incautos. Lecter vive oculto en Italia, disfrutando del arte y la buena vida, hasta que un ambicioso policía florentino con amigos en la Mafia le localiza y le obliga a resucitar su muy artístico estilo a la hora de asesinar gente. Consciente de que es Verger quien ha puesto precio a su cabeza, Lecter decide regresar a los Estados Unidos (para estar en la lista de los delincuentes más buscados, lo consigue con una facilidad pasmosa) para ajustar cuentas.

Una vez más, una película de Ridley Scott se queda en poco más que un vistosísimo escaparate. La tarea de auténticas estrellas en sus áreas, como John Mathieson, Pietro Scalia o Hans Zimmer (cuya banda sonora está entre lo mejor de la película) queda lastrada por la escasa consistencia de la historia y por la apuesta del director por la truculencia y la casquería (el final de los personajes interpretados por Gary Oldman y Ray Liotta es un ejercicio de mal gusto cinematográfico), dada su incapacidad para crear tensión de manera menos viscosa.

En la cuestión actoral, más talento desaprovechado: Anthony Hopkins parece muy a gusto volviendo a encarnar a Lecter, y vuelve a hacerlo muy bien, aunque al final esté a un paso de caer en la autoparodia; Julianne Moore aguanta con esa tremenda calidad que tiene la pesada carga de sustituir a Jodie Foster en el papel de Clarice Starling: pocas actrices conseguirían evitar el naufragio total de la forma en la que ella lo hace. Gary Oldman queda oculto tras una apariencia horrorosa, pero nos queda el consuelo de escuchar su privilegiada voz. En cuanto a Ray Liotta, imagino que le pagarían una buena pasta por hacer lo que hace; Giancarlo Giannini demuestra otra vez que es un actor limitado, Zeljko Ivanek que es un secundario de entidad y el resto… pasa por allí.

Olvidable secuela, que da la razón a quienes piensan que Ridley Scott sufrió un terrible accidente después de hacer Blade runner y desde entonces ha sido reemplazado por un holograma.

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