EL FIN DEL MUNDO

CORMAC McCARTHY. La carretera (The Road). Debolsillo. 210 páginas. Traducción de Luis Murillo Fort.

En los últimos años abundan las historias apocalípticas, ya sea en literatura, cine o televisión. No somos pocos los que nos preguntamos cómo sería un mundo que se derrumba, o cómo actuaríamos en el caso de vernos atrapados en él. Una de las ficciones más potentes sobre esta cuestión es La carretera, escrita por uno de los novelistas estadounidenses más destacados de nuestro tiempo, Cormac McCarthy.

Un nexo común entre los escritores norteamericanos que prefiero es la concisión estilística. McCarthy posee este don, uno de los más preciados en literatura, y lo pone al servicio de una historia angustiosa, la de un padre y un hijo que vagan, con poco más que lo puesto, a través de una carretera convertida en un depósito de desechos y cadáveres, restos de un mundo que años atrás entró en barrena.  Ellos, que representan el afán de supervivencia del ser humano incluso en las circunstancias más terribles, se aferran a la esperanza de llegar al sur, y allí encontrar un entorno menos hostil, o cuanto menos habitable. Mientras, cada día es agónico, cada comida puede ser la última, y cada encuentro con otros supervivientes, una trampa mortal.

Dicen que McCarthy, cuya biografía es todo un enigma, vivió como un vagabundo durante algunos años. Tal vez sea así, porque el autor parece pisar terrenos familiares cuando habla del hambre (cuya sensación consigue comunicar al lector con la misma fuerza con la que lo hizo Knut Hamsun en la novela del mismo nombre), de la búsqueda de cobijo o de la tentación de dejar de resistirse al caos y zambullirse en él en dirección a la nada. Los protagonistas se consideran a sí mismos los portadores del fuego, guardianes de lo poco que pueda quedar de nuestra civilización. Caminan en la oscuridad y se refugian del frío mientras piensan que, quizás, no haya más fuego que el suyo, destinado a apagarse cualquier día. McCarthy no explica el porqué: su novela empieza mucho después del derrumbe, cuando apenas queda nadie que recuerde cómo era el mundo anterior a la hecatombe. En La carretera no hay virus mortales, ni zombies: sólo angustia, oscuridad y una desesperada lucha por la supervivencia. Cuando el chico ve por primera vez el mar, su padre sólo puede decirle: “Siento que no sea azul”. Nada es ya como era: la duda es si alguna vez volverá a serlo. El autor expresa esta angustia de manera rotunda, sin dispersarse jamás ni dar un respiro al lector.

Leer La carretera puede ser una experiencia desasosegante, pero muy satisfactoria en lo literario. Cormac McCarthy es uno de los portadores del fuego de la buena literatura.

 

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