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EL OCASO

F.W. WALBANK. La pavorosa revolución: la decadencia del Imperio Romano en Occidente (The awful revolution: The decline of the Roman Empire in the West). Alianza Editorial. 160 páginas. Traducción de Doris Rolfe.

Incluso en nuestros tiempos,  la Roma imperial es, para muchos, símbolo de una era fascinante, de la que además pueden extraerse valiosas lecciones para entender los males del presente. Una de las preguntas más usuales que se hacen al respecto es: ¿cómo un imperio que llegó a ser amo y señor de buena parte del mundo conocido entró en crisis hasta terminar desapareciendo? El historiador británico Frank William Walbank intenta responder a esta pregunta tomando como punto de partida las tesis que Gibbon expuso en el siglo XVIII, superadas en algunos aspectos sin que ello suponga un menoscabo de su calidad e influencia en todos los estudios que con posterioridad se han publicado sobre esta debatida cuestión.

En un estudio que destaca por su capacidad de síntesis, Walbank acierta, en primer lugar, al demostrar en el tema que le ocupa un hecho de difícil cuestionamento, tanto en lo referente a individuos como a sociedades: que las huellas de la decadencia ya se encuentran impresas en los momentos de grandeza y esplendor, que un factor clave de las miserias reside en la incapacidad para evolucionar. En el caso de la civilización romana, esas huellas se encuentran ya en los tiempos de la República, cuyo último siglo (el que transcurre entre la destrucción de Cartago y la toma del poder absoluto por parte de Cayo Julio César) es toda una crisis en sí mismo. En la etapa imperial, hay un consenso generalizado en proclamar que, salvo excepciones representadas por los reinados de Calígula, Nerón o Tito, la era que empieza con la proclamación de Octavio Augusto y concluye con la muerte de Marco Aurelio es una era de esplendor. Y así fue, en muchísimos aspectos. No obstante, la propia organización económica del imperio, sostenida en una parte no desdeñable por el producto de los éxitos militares, llegó a su límite en cuanto el Imperio dejó de expandirse, y ello porque no podía llegarse más lejos con una economía basada en el esclavismo que, a causa de su propia naturaleza, apenas produjo innovaciones técnicas destacables en los cinco siglos que transcurrieron entre la proclamación de Augusto y la caída de Occidente. Así, de una industrialización necesaria pero imposible vistos los medios de producción empleados (y en ello también tiene mucho que ver el desdén que los romanos heredaron de los griegos por los oficios y el trabajo manual), se pasó a una ruralización que no tuvo que degenerar mucho para convertirse en el punto de partida del feudalismo. Si a esto le sumamos el desgaste (económico, político y social) que provocaban los continuos combates con las tribus bárbaras, una indiscutible decadencia moral, motivada por la creciente corrupción y reflejada incluso en lo artístico, y el triunfo de una religión proselitista, intolerante y despreciadora del mundo, el resultado es una lenta pero inexorable agonía, apenas interrumpida por los logros de emperadores como Septimio Severo, Diocleciano (cuyo edicto de precios contribuyó a retrasar lo inevitable), Constantino o Juliano.

Walbank, cuyo estudio es breve, claro y bien estructurado, entiende que las cuestiones complejas tienen respuestas complejas, analiza con rigor los distintos elementos que conforman una civilización de éxito y desmenuza las causas (muchas implícitas en el propio triunfo, repito) que motivaron la caída. A modo de ejercicio, el libro permite trazar las similitudes y diferencias entre la época estudiada y la nuestra, marcada también por un fuerte sentimiento de decadencia. Pero no caeré en el error de decir que el estudio del pasado es sólo interesante por su aplicación al presente: lo es, también, por el placer de aprender, y de comprender. A veces, uno encuentra tesoros escondidos en los estantes de las librerías de viejo: sin duda, este libro de F.W. Walbank merece entrar en esta categoría.

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