VACACIONES EN ROMA

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ROMAN HOLIDAY. 1953. 115´. B/N.

Dirección: William Wyler; Guión: Ian MacLellan Hunter, John Dighton y Dalton Trumbo, basado en un argumento de Dalton Trumbo; Dirección de fotografía: Franz Planer y Henri Alekan;   Montaje: Robert Swink; Dirección artística: Hal Pereira y Walter Tyler; Música: Georges Auric; Vestuario: Edith Head; Producción: William Wyler, para Paramount Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Gregory Peck (Joe Bradley); Audrey Hepburn (Princesa Ana); Eddie Albert (Irving Radovich); Hartley Power (Mr. Hennessy); Harcourt Williams (Embajador); Margaret Rawlings (Condesa); Tullio Carminati (General Provno); Paolo Carlini (Mario Delani); Claudio Ermelli (Giovanni); Paola Borboni, Alfredo Rizzo, Laura Solari.

Sinopsis: Harta de recepciones y protocolos, la joven princesa Anna, que está de visita en Roma, se fuga de palacio para conocer cómo vive la gente normal. Aturdida por un calmante que le han dado para dormir, se cruza con Joe Bradley, un periodista norteamericano que la acompaña en su escapada en busca de la exclusiva de su vida.

Después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del fascismo, el cine italiano vivió una explosión de talento cuyos ecos no tardaron en cruzar el Atlántico. Ya en los cincuenta, no pocas producciones norteamericanas hicieron el camino inverso y se rodaron en Italia, en busca de exotismo, cultura europea y menores costes. Los estudios de Cinecittà, construidos en la época de Mussolini, fueron el epicentro de ese desembarco, del cual surgieron grandes películas como Vacaciones en Roma. 

William Wyler, director de reconocido y bien ganado prestigio, regresó al continente que le vio nacer aprovechando una historia del represaliado Dalton Trumbo que se aleja un tanto de los esquemas habituales de este escritor. Vacaciones en Roma es una comedia romántica a la vez que un cuento de hadas; de hecho, es casi el cuento de la Cenicienta, pero al revés. La capital italiana, para muchos una de las ciudades más bellas del mundo, sirve de magnífico escenario para el romance entre el periodista cínico y la princesa díscola, que ansía, como todos los jóvenes, ser libre y escapar, aunque sólo sea por un día, de la jaula (aunque en este caso sea de oro) en la que vive. Joe Bradley es un reportero de tres al cuarto, más interesado en jugar al poker que en su trabajo. Al salir de una de esas partidas, se encuentra a una bonita joven, en apariencia borracha, acurrucada en un banco del parque. Bradley la lleva a su minúsculo apartamento (gran escena la del traslado de la muchacha desde la cama al diván), y se queda asombrado al comprobar que la chica que ha recogido es nada más y nada menos que la princesa Anna, que oficialmente se encuentra indispuesta y ha cancelado la rueda de prensa que Bradley debía cubrir. El periodista sabe que está ante la oportunidad de su vida, y se convierte en un vendedor de fertilizantes que acompañará a quien dice ser una colegiala en fuga en una jornada inolvidable por las calles de la Ciudad Eterna.

Wyler, al igual que otros directores clásicos como Ford, Hawks o Wilder, era capaz de moverse con idéntica soltura en el drama y en la comedia, y aquí aprovecha el carisma de sus protagonistas, el encanto de la ciudad de las siete colinas y el espléndido guión para construir una de las mejores comedias románticas de la historia del cine, prodigio de gracia, sensibilidad y estilo. Incluso a quienes no nos creemos los cuentos nos gusta que existan, sobre todo los de primera clase. Los momentos humorísticos son brillantes (el peculiar modo de practicar la pesca del fotógrafo Radovich, las intervenciones del casero de Bradley, en especial cuando cree que la invitada del periodista no es más que una prostituta), y la trama romántica se sostiene muy bien, apoyada en unos certeros diálogos y en una actriz cuyo encanto está fuera de duda. Wyler, cuya técnica es indiscutible (sólo hay que ver el travelling inverso que acompaña a Bradley en la espléndida escena final), nunca deja de ponerla al servicio de una historia que divierte y emociona como sólo los buenos cuentos pueden hacer. La fotografía es un bello homenaje a la ciudad que sirvió de marco a la película, y la música es sin duda una de las mejores que Georges Auric (La bella y la bestia, Moulin Rouge, Lola Montes) compuso para el cine.

Nunca he creído que Gregory Peck sea un actor de primera fila, pero sí he de reconocer su buen ojo a la hora de escoger proyectos. Éste le llegó después de que el papel hubiese sido rechazado por Cary Grant, pero Peck supo hacerlo suyo y resultar convincente. Lo de Audrey Hepburn, en su primer papel protagonista, es de otro mundo: su nombre es sinónimo de encanto, de estilo, de delicadeza. La princesa Anna es un personaje hecho a su medida: ninguna otra actriz la hubiera interpretado mejor que ella, una actriz cuya carrera fue mucho más grande en calidad que en cantidad. Como ella misma. Entre los secundarios, gran Eddie Albert en su papel de fotógrafo caradura pero de buen fondo, hilarante Hartley Power en la escena en la que Bradley le explica la rueda de prensa que la princesa no dio, y excelente Claudio Ermelli como casero del periodista.

Hay cuentos infumables y cuentos maravillosos. Vacaciones en Roma pertenece a la segunda categoría, la de los que es bonito que existan. Aunque sólo sean cuentos.

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