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CONFESIONES DE UNA MENTE PELIGROSA

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CONFESSIONS OF A DANGEROUS MIND. 2002. 113´. Color.

Dirección: George Clooney; Guión: Charlie Kaufman, basado en la novela autobiográfica de Chuck Barris; Dirección de fotografía: Newton Thomas Sigel;   Montaje: Stephen Mirrione;  Diseño de producción: James D. Bissell; Música: Alex Wurman; Producción: Andrew Lazar y Jeffrey Sudzin, para Miramax (EE.UU).

Intérpretes: Sam Rockwell (Chuck Barris); Drew Barrymore (Penny); George Clooney (Jim Byrd); Julia Roberts (Patricia Watson); Rutger Hauer (Keeler); Maggie Gyllenhaal (Debbie); Jerry Weintraub (Larry Goldberg); Michael Ensign (Simon Oliver); Michael Cera, Jennifer Hall, David Hirsh, Robert John Burke, Daniel Zacapa, J. Todd Anderson, Brad Pitt, Matt Damon, Krista Allen, James Urbaniak, Chuck Barris.

Sinopsis: Chuck Barris es un joven ambicioso y obsesionado por el sexo que sueña con triunfar en el mundo de la televisión. Durante los años 60, consigue vender una de sus ideas a una de las principales cadenas, al tiempo que es reclutado por la CIA para ser un asesino a su servicio.

Para su debut en la dirección, George Clooney hizo algo que caracteriza a las personas inteligentes: rodearse de tipos con talento. Una historia atractiva, basada en la autobiografía de una controvertida celebridad televisiva que afirmaba haber sido un asesino a sueldo de la CIA, adaptada por uno de los mejores guionistas del cine contemporáneo, un grupo de técnicos muy cualificados y un plantel de actores en el que abundan las caras conocidas y los amigos del director. El resultado de todo ello es Confesiones de una mente peligrosa, una película a reivindicar.

En lo que al género se refiere, el film es bastante inclasificable. Comedia dramática con muy mala leche podría ser una definición adecuada para lo que Clooney nos ofrece. Es cierto que Charlie Kaufman se quejó del tratamiento que el director dio a su guión, pero también que muchos rasgos típicos de este guionista se reconocen con facilidad: los saltos en el tiempo, una indisimulada misantropía y un siempre presente poso de amargura tienen mucho que ver con Kaufman, demasiado para pensar que Clooney hiciera un destrozo considerable con su libreto. Más allá de esto, tenemos a un personaje que se desprecia a sí mismo (somos lo que fuimos en la infancia, nos guste o no), y que desprecia aún más al resto del mundo. Chuck Barris, sin embargo, fue un genio en lo referente a aprovechar sus defectos: consiguió ser el rey de la telebasura (todo un adelantado a su época) mientras, según su propio relato (no corroborado oficialmente) ejercía en sus ratos libres de ejecutor en la cruzada contra el comunismo. El autorretrato de Barris es inmisericorde: el protagonista se nos presenta como un ser patético, manipulador, sentimentalmente mutilado y muy hábil para conseguir que los demás saquen al exterior lo peor de sí mismos. Fue capaz, además, de componer éxitos pop, crear diversos éxitos televisivos y asesinar a 33 personas; algo así como un cruce entre Narciso Ibáñez Serrador (la comparación no es caprichosa) y Patrick Bateman. No está mal para un judío de Pennsilvania que, a los once años, intentaba convencer a su primer amor para que le hiciera una felación con el argumento de que su pene sabía a fresas.

En sus películas posteriores, Clooney peca a veces de excesivamente discursivo (por no decir cargante); esto no ocurre en su ópera prima. Le salvan las escenas de acción y los constantes toques de humor, a veces muy negro. Para ser sincero, no entiendo a las personas que dicen que Confesiones de una mente peligrosa les aburre, o que no sienten interés por la vida de Barris. Tal vez las suyas sean apasionantes, pero no creo que sea el caso. La película no aburre en absoluto, está muy bien escrita y rodada (hay que destacar la solvencia con la que filma Clooney, impropia en un debutante) y lo que cuenta es interesante, aquí y en Sumatra. Nos habla del triunfo y del fracaso, de la Guerra Fría, de la resbaladiza naturaleza del amor, del ansia de sexo, del poder y su forma de actuar, de cómo la gente canaliza su necesidad de atención hacia el ridículo televisado, de las maneras de sacar la cabeza y tener éxito en un mundo de locos… y lo hace bien, con ingenio, lucidez y pocos paños calientes. La fotografía es muy buena, el montaje lo mismo, y la música está bien escogida.

Uno de los méritos de Clooney fue darle el papel protagonista a Sam Rockwell, destacable actor que no suele desaprovechar sus ocasiones para el lucimiento. Ésta era de las buenas, y su Chuck Barris da todo lo que el personaje podía ofrecer, que es mucho. El director se reserva un importante papel secundario, el del agente del Gobierno que recluta y adiestra a Barris, cuyas apariciones tienen un marcado tono angélico (o diabólico, que eso va a gustos), pero lo mejor es que consigue que dos actrices a las que no soporto, Drew Barrymore y Julia Roberts, estén bien. La segunda chirría un poco como femme fatale, hasta su magnífica escena final. Rutger Hauer demuestra lo buen actor que es, y dejo para el final la breve pero rutilante intervención de Krista Allen, quien además de ser una de las mujeres más sexys que estos ojos han tenido la suerte de ver, le dice al protagonista justo lo que necesita oír. Los cameos de Matt Damon y Brad Pitt no pasan de la anécdota, pero aportan un punto divertido.

Lo dicho, un film a recuperar. Comedia y tragedia a la vez, facturado de manera envidiable por un tipo que también lo es, George Clooney.

 

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