LOCKE

LOCKE. 2013. 85´. Color.

Dirección: Steven Knight; Guión: Steven Knight; Dirección de fotografía: Haris Zambarloukos;  Montaje: Justine Wright; Vestuario: Nigel Egerton; Música: Dickon Hinchliffe; Producción: Guy Heeley, Paul Webster, Charles Auty, Stephen Fuss, Lesley Wise y Sarah Micciche para Hutson Productions- IM Global- Shoebox Films (Reino Unido).

Intérpretes: Tom Hardy (Ivan Locke); Olivia Colman (Bethan); Ruth Wilson (Katrina); Andrew Scott (Donal); Ben Daniels (Gareth); Tom Holland (Eddie); Danny Webb, Alice Lowe, Silas Carson, Lee Ross, Kirsty Dillon.

Sinopsis: La misma noche en la que tendrá lugar una importante obra que él debe supervisar, Ivan Locke conduce hacia Londres para tratar de reparar un desliz del pasado que pone en peligro la estabilidad de su vida.

Steven Knight, renombrado guionista británico, presentó hace unos meses su segunda película como director, Locke, una obra minimalista en la que, en tiempo real, se explica la historia de un hombre durante un trayecto en coche que cambiará su vida. Un coche por la carretera, un actor y un puñado de voces que nos explican quién es ese hombre y qué le ha llevado hasta la encrucijada en la que se encuentra. Al principio de la historia, Ivan Locke tiene un buen trabajo, una esposa, dos hijos y una casa. Su sentido de la ética le obliga a hacer lo que considera correcto, a pesar de que eso conlleva poner en riesgo todo lo que ha conseguido en la vida. Locke es, por lo tanto, un film sobre los dilemas morales y la forma en la que nos enfrentamos a ellos.

Como capataz de obras, Ivan Locke debe, en ocasiones, ausentarse de su domicilio durante semanas, o incluso meses. En una de esas ausencias, Locke le es infiel a su esposa por primera y única vez en quince años. El asunto se enturbia cuando su ocasional amante, una cuarentona solitaria, queda embarazada y decide seguir adelante con la gestación. Ivan, que de niño vio cómo su padre abandonó a su familia, decide no ser como él y viajar hasta Londres para asistir al nacimiento de la criatura, el cual, por aquellas casualidades de la vida, se adelanta y viene a producirse la misma noche en la que tienen que ultimarse los preparativos de la obra más importante en la que Ivan haya trabajado, y la misma noche en la que había planeado ver junto a sus hijos el partido de su equipo de fútbol favorito. Locke decide dejar todo eso de lado e ir hacia el lugar al que su sentido de la ética le obliga a dirigirse.

Como guionista y director, Steven Knight se enfrentaba al complicado reto de hacer interesante un film cuyo único escenario es el interior de un automóvil, y cuyos diálogos son exclusivamente telefónicos. La posibilidad de aburrir estaba muy presente, pero Knight consigue esquivar el tedio y construir una película inteligente, que se ve con interés y que además hace pensar. El acabado técnico del producto es, además, excelente, demostrando que minimalismo y feísmo no tienen por qué ser sinónimos: la fotografía es muy buena, la música no le va a la zaga y el trabajo de montaje, que anoche mismo obtuvo el premio mayor en la gala del cine europeo, es de muchos kilates.

Una película como Locke funciona en la medida en que lo haga su protagonista: Tom Hardy, de quien ya tenía buena opinión por su trabajo en la magnífica El Topo, hace una interpretación sencillamente perfecta. Hardy parece entender del todo las motivaciones de su personaje, y consigue expresarlas de una manera tan convincente como contenida. Un diez. Locke, además, es una prueba de que el doblaje en el cine es una maldición: al verla, es necesario destacar las actuaciones de unos intérpretes, como Ruth Wilson o Andrew Scott, a quienes ni siquiera vemos en pantalla.

Muchas veces, en el cine y en la vida, menos es más. Locke es una brillante muestra de ello.

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