OTRA MUJER

ANOTHER WOMAN. 1988. 79´. Color.

Dirección: Woody Allen; Guión: Woody Allen; Dirección de fotografía: Sven Nykvist;  Montaje: Susan E. Morse; Diseño de producción: Santo Loquasto; Vestuario: Jeffrey Kurland; Música: Miscelánea. Temas de Erik Satie, Jim Hall, J.S. Bach etc.; Producción: Robert Greenhut, para Orion Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Gena Rowlands (Marion Post); Mia Farrow (Hope); Ian Holm (Ken); Blythe Danner (Lydia); Gene Hackman (Larry Lewis); Betty Buckley (Kathy); Martha Plimpton (Laura); John Houseman (Padre de Marion); Sandy Dennis (Claire); Harris Yulin (Paul); David Ogden Stiers, Philip Bosco, Kenneth Welsh, Fred Melamed.

Sinopsis: Marion Post es una catedrática de filosofía que acaba de cumplir los 50. En busca de tranquilidad para trabajar en su nuevo libro, alquila un apartamento en el centro de Manhattan. A causa de un defecto en la salida de aire, puede escuchar las conversaciones que se producen en el despacho contiguo al suyo, lugar de consulta de un psicoanalista. Marion se siente intrigada por las palabras de una de las pacientes del doctor.

Aunque la puramente dramática no es la faceta de su arte que crítica y público prefieren, Woody Allen insistió en sus intentos por ser reconocido como autor serio con Otra mujer, obra con la que su mimetismo con Bergman llega a ser casi absoluto. Si exceptuamos los elementos geográficos, esta película podría pasar por una de las realizadas por el prolífico director sueco, aunque, de nuevo, no de las más conseguidas.

No cabe duda de que a Woody Allen le afectó sobremanera llegar a la cincuentena, pues todos sus films inmediatamente posteriores al año en cuestión (1985) se refieren, de manera más o menos explícita, a la crisis que ese hecho, inevitable desde que uno nace salvo que tenga el detalle de morirse antes, produce. Quien sufre este cambio traumático es aquí Marion, una prestigiosa catedrática de filosofía, casada en segundas nupcias con un cardiólogo, que empieza a trabajar en un nuevo libro, y el detonante de esas crisis son las revelaciones, que la protagonista escucha por casualidad, que una mujer llamada Hope hace a su psicoanalista. A través de ellas, Marion descubre el daño que su frialdad, su nivel de (auto) exigencia y su escasa predisposición para mostrar sus verdaderos sentimientos, han provocado y provocan entre quienes la rodean. Por suerte, la historia del arte está repleta de grandes obras que abordan los inconvenientes de hacer justo lo contrario, así que evitaré polemizar sobre las tesis de Allen, que se repiten en muchas de sus películas. El problema, una vez más, es que el retratista por excelencia de la clase alta intelectual neoyorquina no dice nada que Bergman no haya dicho mejor antes. Para acentuar el parecido, Allen incluso contrató a Sven Nykvist, cameraman de cabecera del cineasta escandinavo, con lo que las similitudes llegan incluso a lo cromático. Pocas veces el otoño de Nueva York ha parecido tan sueco en la gran pantalla, pero Allen cae en aquello que con tanta fortuna parodió en Zelig, la camaleónica transformación en otra persona. No puede decirse que la película sea mala, incluso contiene escenas muy logradas, pero por momentos parece más larga de lo que es, y la sensación que uno tiene es que los actores aportan más a los diálogos que viceversa. Ambientación y música están muy cuidados, se nota el esfuerzo empleado, pero repito: es una copia.

Una de las mayores virtudes de Otra mujer es la gran interpretación de Gena Rowlands, excelente actriz que en las obras dirigidas por su marido, John Cassavetes, había dado muestras de su notable talento. A su lado, dos actores también de altísimo nivel como Ian Holm y un Gene Hackman al que encuentro algo desaprovechado, así como una Mia Farrow en avanzado estado de gestación, cuya presencia en el film es más eliptica que real. El veterano productor metido a intérprete John Houseman, Blythe Danner y Harris Yulin me resultan asimismo convincentes, y ayudan a convertir el apartado actoral en el mejor de una película que, analizada de un modo global, sería un Bergman menor. Nunca Allen volvió a imitar de forma tan visible a su director fetiche, y su obra salió ganando con esa decisión.

 

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